El agente sanitario que se convirtió en el guardián de las reliquias en Paso de los Indios
"Los estaba esperando más temprano con tortafritas". Instantes después de que las agujas del reloj se claven al mediodía, Juan Sánchez abre la tranquera enrejada de su casa y nos da la bienvenida a Paso de los Indios, el paraje neuquino situado a la vera del río Neuquén, a 55 kilómetros de Cutral Co y lindero al yacimiento El Mangrullo.
El sol de octubre acaricia amable, mientras un brisa hace lucir la rasgada bandera argentina que flamea desde el mástil de su jardín. Con un ademán y entre chistes, nos invita a pasar a su vivienda donde reina la sencillez, entre los alegres compases camperos que se hacen sentir desde un viejo y enorme parlante en la entrada. Su fiel compañero perruno aguarda atado a que finalice la visita. Juan explica que no quiere que agarre a las gallinas que deambulan por los alrededores, ni que se vaya y esté luego tratando de seguirle el rastro.
Luego de contar que estuvo hasta la una y media de la mañana moliendo pan que le trajo su "compañera" y de agradecer el alivio de las tres nevadas que trajo el invierno en medio de la sequía, Juan ofrece mate y tortafritas, antes de disponerse a hablar de su amor por ese paraje que resiste con su presencia y la de dos familias de crianceros, más allá de las crecidas del río, la partida de la emblemática balsa, el éxodo de sus ex vecinos y los proyectos truncos de Chihuido II (para contener el bravo Neuquén), que lo condenan a quedar sumergido en las profundidades.
Oriundo de Cutral Co, Juan llegó a la zona en 1971, cuando tenía 11 años. "Fui criado en una estancia La Blanca, que está acá a 15 kilómetros. En ese entonces era de los Algarte. Ahí trabajó mi padre 22 años hasta que se vino de balsero acá y nos vinimos a vivir a la casa blanca de Vialidad", indicó, señalando la deteriorada vivienda ubicada a unos metros, camino al río. "Ahí mi madrecita -por lo menos- conoció una buena casa porque en la estancia vivíamos re pobres. Esa es la verdad. De sol a sol trabajaba mi padre. Hambre no sé si pasamos, pero que vivíamos pobres, vivíamos pobres. No sé como hacían para comprar ropa, porque apenas alcanzaba para comer", lamentó.
"Cuando llegué, trabajé de chivero en la orilla del frente", agregó haciendo alusión a un puesto que siguen usando los crianceros, ubicado a metros de una de las torres metálicas erigidas por el personal de Agua y Energía para medir el caudal del Neuquén.
"Antes había mucho movimiento. Había unas 12 o 14 familias -incluso en la otra orilla del río-, por la actividad de Agua y Energía, Vialidad y la balsa que permitía cruzar. La escuela en un momento funcionó acá, en este lugar que ahora es mi casa. Pero se terminó la balsa y se terminó todo. Hace unos quince años se la llevó el río y luego la dinamitaron para que no se atrancara allá, en la compuerta del cerro. En la balsa iba una familia, un matrimonio con un niño y se los llevó la correntada. Yo lo vi. Por suerte los pudieron salvar, pero la balsa siguió. Luego la sacaron y la gente se fue yendo. Ahora estoy yo y dos familias. Dicen que quedamos los mejores", remató entre risas.
De puesto en puesto para promover la salud
Aunque ya se jubiló, Juan sigue oficiando - cada tanto- como agente sanitario, un oficio que aprendió a los 18 años, cuando personal de salud de la provincia lo convocó para que se formara en Cutral Co.
"Terminé el curso y me mandaron a Octavo Pico, ahí en el Meridiano 10, en el límite de Neuquén, La Pampa, Río Negro y Mendoza. Ahí me llamaron a revisación para el Servicio Militar y arranqué para Neuquén. Por suerte no me tocó, zafé por número bajo. Habré estado unas dos semanas y no volví mas, me vine para acá. Extrañaba mucho a mis padres", contó antes de describir los gajes y el sacrificio de esa actividad, que en un primer momento la realizó a caballo y más tarde en moto.
"En el curso de agente sanitario nos enseñaban de todo, hasta hacer un parto. Nunca lo hice gracias a Dios. Uno en verdad está para que la mujer no llegue a tener el parto domiciliario, que antes era muy común. Una vez vino una familia de Añelo y la mujer, a punto de parir. Así que la tuvimos que llevar a Cutral Co. ¡Los dolores que tenía! Nosotros le decíamos que aguante y lo tuvo ahí nomás de llegar al hospital", recordó.
"Mi trabajo no era solo acá", advirtió. "Recorría desde acá hasta cerro Bandera, cerca de Cutral Co y Portezuelo. Yo me iba a caballo a Cutral Co y me quedaba en los puestos. ¿Dónde me iba a bañar por ahí? Si me encontraban bañando en una aguda, el tiro que me metían. Si me bañaba yo, después no podían tomar agua los animales. Por eso digo que se sufría. Uno le iba a enseñar a la gente cómo tenía que vivir, estando -a lo mejor- en peores condiciones que ellos. Y cansado de andar a caballo. No era fácil. Lo único que podía llevar era el aparato de la presión, pastillas para los perros. Y si tenía que comunicarme con el hospital, ¿cómo hacía? Ahora hay vehículos por todos lados, celulares. Algunos tienen de los importados, yo tengo este", dijo, sacando un viejo y pequeño modelo de un Nokia color negro. "Yo lo uso para mandar mensajes y hablar. Por lo menos no tengo que estar gritando de algún médano como antes", esgrimió con gracia.
"Hacer docencia en materia sanitaria para modificar costumbres y promover hábitos que no estaban arraigados, no era fácil. Si bien Juan era bien recibido por "los paisanos" tenía que apelar a sus habilidades sociales para romper con las resistencias culturales. "Ahora hay casas lindas en el campo, hechas por Provincia. Antes eran casas hechas con chapa, así nomás. Y la gente viviendo adentro. No veías una letrina, un baño. Así que tenía que enseñarle a la gente donde hacerlo, en qué dirección para que no dé olor y no contamine el agua. Era toda una enseñanza. Por ejemplo, potabilizar el agua, incentivar las vacunas, el control de los embarazos. La gente no lo hacía", manifestó.
"Ahora cambió todo. Quizás te ven llegar en moto y te meten un tiro porque no saben quién sos. Y es entendible, con los problemas que hay...", deslizó al referirse a las numerosas situaciones de inseguridad que también afectan a la ruralidad.
Uno de los momentos que quedaron marcados a fuego en la memoria de Juan fue cuando ayudó a un hombre a llegar al Hospital de Cutral Co para que salvar la vida de su hijo, en medio de un ataque de convulsiones: "Lo llevamos en un 'Jeepito' de Agua y Energía. Se nos moría. Iba el chofer, el padre, el chiquito en brazos y yo atrás. En un momento el padre me hizo una seña como que se había ido. Eso fue a 20 kilómetros del hospital. Así que lo sacamos, le hicimos respiración boca a boca y volvió. Se salvó. Hoy uno de los hijos de ese hombre vive por acá".
"Así fue mi vida, bastante sacrificada. Ahora los agentes sanitarios tienen mucho más estudio que uno. Yo tengo la primaria nomás. Ahora estoy jubilado, pero igual sigo. Por ahí la gente me pide algo. En mi cacharro está el aparato de la presión. Si tengo que controlar, no tengo problema. No es mi obligación, pero yo lo hago por la gente", remarcó.
Con el corazón en la tierra, guardián de la reliquias
En medio de una recorrida por Paso de los Indios, Juan nos muestra joyas de épocas pasadas que permanecen intactas como si el tiempo se hubiera detenido. Se trata de viejas edificaciones, con una valor histórico que agradecen su vigilancia del vandalismo, mientras aguardan a ser reconocidas como patrimonio cultural neuquino.
Por el camino nos encontramos con las ruinas de un viejo "bolichongo de campo" donde Juan solía jugar a los dados y celebrar San Sebastián con sus ex vecinos. También señala una base de cemento en la que en su momento había dos casillas prefabricadas de Vialidad que cobijaron a sus padres. "Cuando se jubiló mi papi, se fue a Picún (Leufú) y me quedé con mi hermano en esa casa", comentó.
Juan sigue concibiendo a Paso de Indios como su hogar, más allá de la soledad que pesa cuando cae el sol. "Antes yo salía a los puestos y se me hacía corto el día. Acá es medio fulero a la noche, con la oscuridad hay que meterse para adentro si o si. Por lo menos, ahora está el tele. Uno puede mirar tele y se hace más entretenido. Así es la vida acá, así es la vida del paisano. Yo hago recados, trabajo con soga. Sobar una lonja es un momento de pasar el rato. El otro día le hice un cinto a un muchacho. No sé si queda bien, pero es firme y para el trabajo de campo, anda", señaló con humildad.
"La soledad es lo peor. Tengo a mis hijos en Centenario, Añelo y Cutral Co y a mi compañera por acá. Los voy a ver, pero tengo que volver porque acá tengo mis cosas. No puedo irme y abandonar todo, si es lo que tengo. Gracias a Dios tengo mi sueldo. Para como se vivía antes, yo sé que estoy mejor que mis padres, por ejemplo. Y me siento bien acá. Tengo mi rancho, gracias a Dios estoy tranquilo. Estoy desde chiquillo acá, y acá estoy nomás, no sé hasta cuándo irá a ser", concluyó.
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