El amor de película de María y José detrás de un sueño: crear la capital en el desierto

José Edelman y María Esther Shapiro se conocieron en 1891 en el barco que los traslada desde Rumania a la Argentina, cuando eran dos adolescentes. Llegaron a Neuquén un año antes de la fundación de la capital y vivieron en carpa con sus cuatro pequeños hijos mientras imaginaban una vida eterna en la Patagonia.

Mario Cippitelli - cippitellim@lmneuquen.com.ar

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Neuquén, 7 de septiembre de 1905

“¿Hace frío afuera?”, preguntó María Esther.

“No mucho, pero ahora está lloviznando”, le contestó José mientras le acariciaba la frente para constatar que la temperatura no hubiera aumentado.

“Por lo menos no tendremos que regar las plantas”, bromeó ella. José la miró con ternura y tomó un paño de agua fría para colocárselo en la cabeza.

María Esther estaba pálida y demacrada. Su salud había empeorado en los últimos meses, producto de una doble pulmonía que contrajo durante el invierno anterior debido al intenso frío que soportó mientras vivía en una carpa junto a su marido y sus cuatro pequeños hijos. Los últimos días los había pasado en la cama ya que prácticamente no tenía fuerzas suficientes ni para levantarse.

“Quiero que me prometas algo”, dijo María Esther. José le acercó su mano a la boca para interrumpirla. “Vas a estar bien”, le dijo con un susurro.

“Quiero que me prometas que cuidarás de los chicos y que serás un hombre feliz”, insistió ella. José contestó con un suspiro, se paró y caminó hacia la ventana. El cielo de la mañana estaba de color gris oscuro y la llovizna caía en forma delicada sobre la tierra arenosa. “Son las últimas peleas del invierno; no falta nada para que llegue la primavera”, dijo él.

“Y para el cumpleaños de la ciudad”, agregó ella.

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José Edelman y María Esther Shapiro tenían sus orígenes en Rumania. Sus familias habían llegado a la Argentina en el vapor Pampa, en 1891, junto a otros inmigrantes de origen judío. En ese barco se conocieron y se enamoraron. Y allí prometieron acompañarse para siempre. Él tenía 18; ella, 13.

El primer destino que tuvieron las familias fue la provincia de Entre Ríos, en una colonia cercana a la ciudad de Villaguay. En esta localidad se casaron dos años después y tuvieron sus dos primeros hijos: Samuel y Ángel.

Pero su estancia en este lugar duraría poco. En busca de mayor progreso y futuro para la familia, José y María Esther decidieron viajar a Buenos Aires, donde vivieron en Santa Catalina, partido de Lomas de Zamora.

El matrimonio llevaba una vida feliz y tranquila, lejos de su Rumania natal. En tierras bonaerenses nacieron dos hijos más: Adolfo y, finalmente, la pequeña Rebeca.

Todo parecía indicar que este terruño sería el definitivo en su agitada vida aventurera que había comenzado en aquel vapor, pero el destino quiso que los Edelman se embarcaran en un desafío mucho más grande en la despoblada y perdida Patagonia.

En el otoño de 1903, José tuvo la oportunidad de conocer a Carlos Bouquet Roldán, un dirigente cordobés que frecuentaba una sociedad teosófica a la que también concurrían su cuñado, el ascendente político José Figueroa Alcorta, el terrateniente Casimiro Gómez, José Fava, un inmigrante de origen italiano, y un farmacéutico que se llamaba Ferrucio Verzegnazzi.

En esas largas reuniones que se hacían para hablar de religión y filosofía, Bouquet Roldán, recientemente designado gobernador del territorio de Neuquén, les comentó la idea de levantar una ciudad en el medio del desierto. Les contó que el objetivo era trasladar la capital desde Chos Malal hacia la zona de la confluencia de los ríos Limay y Neuquén, aprovechando la llegada del ferrocarril. Casimiro Gómez, quien años antes ya había adquirido tierras en ese paraje porque sabía que el tren generaría un inevitable desarrollo, dijo que estaba de acuerdo. El resto de los presentes dudó en un primer momento, pero finalmente todos aceptaron.

Ese mismo día José llegó apurado a su casa para contarle la propuesta a María Esther: Construir una ciudad desde cero y en el medio del desierto.

“¿En La Patagonia? ¿Me parece a mí o vos estás cada vez más loco?, le preguntó, mientras lo abrazaba. “¿Por qué no?”, contestó José.

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“Y acá estamos… en el medio del desierto”, dijo María Esther con un hilo de voz y la cara empapada por la fiebre.

“Y con el proyecto para que se desarrolle una gran ciudad”, le contestó José con una sonrisa, mientras le cambiaba el paño de la frente por otro recién sacado de una tina con agua fría.

Dos días antes, el médico del pueblo había visitado la casa de los Edelman para examinar a María Esther.

El especialista sabía que se trataba de un cuadro grave respiratorio cuyo desenlace parecía inevitable. Se lo había dicho a José, de manera discreta, cuando se retiró del domicilio, aunque siempre intentaba convencer a su paciente de que tuviera fuerzas para reponerse. Le decía que era una cuestión de fe, que podía lograrlo.

“Si no hubiera hecho tanto frío, tal vez hubiese sido todo distinto”, murmuró la mujer. Su marido la acarició y la besó. “Con fiebre y todo estás muy hermosa, como cuando te vi por primera vez en el barco”, le dijo. Ella sonrió.

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En 1904, Neuquén era apenas un pequeño caserío.

En 1904, Neuquén era apenas un pequeño caserío.

José había llegado por primera vez al pueblo de la Confluencia el 20 de febrero de 1904. Lo hizo en solitario para ver el lugar donde se instalaría junto a su familia. Ese día, al bajar en la estación, quedó sorprendido por el paisaje que lo recibía. Bouquet Roldán tenía razón con eso de fundar una ciudad en el desierto porque el lugar que lo recibía era un páramo.

Miró hacia su alrededor y pudo apreciar el galpón de cargas del ferrocarril. Más allá, en pleno arenal, asomaba un puñado de viviendas humildes y rústicas, construidas a pulmón.

Algunas huellas abiertas por el paso de los carros marcaban lo que parecían ser las calles del pueblito. El lugar era un paisaje seco, de dunas y cañadones.

Pero José era un hombre de temple. Ya sabía lo que era el destierro y lo sacrificado que era emprender una nueva vida. Lo había experimentado en su lejana Rumania, el lugar que dejó con sus padres, en Villaguay, donde había llegado con María Esther, y en Buenos Aires, su último lugar de aventuras.

Ahora se abría un nuevo camino, el de pionero. Después de todo, en este lugar estaba todo por hacer y había mucha gente que estaba dispuesta a acompañarlo, no solo su esposa y sus hijos. También otros familiares y amigos.

Su cuñado, Ángel Shapiro, era uno de ellos. Igual que José, había aceptado la propuesta de fundar un pueblo nuevo y junto a su joven esposa había emprendido viaje hacia Chos Malal, para acompañar a Bouquet Roldán en todos los preparativos del traslado de la capital. Sus amigos, Casimiro Gómez, Ferrucio Verzegnazzi y José Fava, también se habían sumado al proyecto. Era una aventura alocada, pero estaba bien acompañado.

Un mes después de aquel primer viaje, en la misma estación arribó el tren que traía a María Esther y a sus cuatro hijos. José vivió un momento de enorme felicidad al saber que se había reencontrado con sus seres queridos. “¿Y la ciudad?”, preguntó uno de chicos. “¡Hay que hacerla!”, le contestó el padre con una sonrisa.

En el medio de ese pueblo polvoriento los Edelman levantaron una carpa que les cedió Bouquet Roldán. Sería la morada provisoria que tendrían. Ya habría tiempo para construir su propia vivienda. Era cuestión de que el gobierno se hiciera de las tierras suficientes, diseñara el proyecto sobre cómo se levantaría la nueva capital y trasladara ese mismo año la sede desde Chos Malal.

El clima era seco y caluroso, pero soportable y no parecía muy distinto al de los lugares donde los Edelman habían vivido. Las mañanas eran frescas y las tardes parecían agobiantes.

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Lo que no sabían era que en Neuquén los inviernos eran duros, y que el que se avecinaba sería uno de los más crudos de los últimos años.

Comenzaron a notarlo durante los primeros meses del otoño, con vientos helados que llegaban del oeste, las lluvias que humedecían el suelo hasta convertirlo en una laguna y las heladas de la madrugada que congelaban árboles, plantas y todo lo que estuviera al aire libre.

José y María Esther se habían organizado para vivir esos meses duros hasta que llegara el buen tiempo. En la carpa, dormía el matrimonio y la pequeña Rebeca. En un carro adaptado que pertenecía a la gobernación, lo hacían los tres hijos varones. Braseros, mantas, bebidas calientes. Nada parecía suficiente para soportar semejantes temperaturas.

El 12 de junio, Bouquet Roldán instaló su carpa al lado de la de los Edelman. Desde ese lugar comenzó a diseñar el proyecto de la futura ciudad y a dar las directivas a través del telégrafo para el traslado de la capital. En todo momento, el gobernador los alentó a no bajar los brazos. Les decía que pronto el nuevo pueblo en el medio del desierto estaría en marcha y que el sueño finalmente se concretaría. Les pedía que aguantaran, que tuvieran esperanzas, que era cuestión de tiempo.

El invierno finalmente pasó, pero María Esther no salió indemne de aquellos fríos y se enfermó. El médico le diagnosticó una pulmonía severa con problemas respiratorios que se agravarían con el correr de los meses.

Como estaba previsto, el 12 de septiembre de 1904 se fundó la nueva capital del territorio de Neuquén y a partir de allí comenzó la subdivisión de lotes para construir casas, chacras, abrir calles y crear espacios públicos.

En abril de 1905, José adquirió un terreno amplio en el medio del desierto para comenzar a levantar su propia vivienda y un pequeño galpón de zinc. El esfuerzo por construir la casa fue enorme, teniendo en cuenta que su familia no podía atravesar un nuevo invierno a la intemperie. En el lugar también plantó álamos para frenar los vientos, tamariscos para fijar la arena suelta y armó una pequeña quinta que ayudara al sustento familiar.

La vivienda era humilde, pero servía de refugio. La calefacción con leña finalmente le daría al hogar el calor que necesitaba la familia. Los chicos podrían dormir plácidamente, más allá del frío, y María Esther podría recuperarse de su enfermedad.

Pero María Esther no se recuperó.

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“Ya casi no llueve”, dijo José, mientras se dirigía a la ventana y abría una de las hojas para que entrara un poco de aire. “Respirá… sentí el olor a lluvia que te va a hacer bien”, le dijo a su esposa.

Con dificultad, María Esther quiso incorporarse en la cama, pero no lo logró. Estaba demasiado débil y lucía ojerosa y más pálida que nunca. José se acercó, se sentó a su lado y le acarició el rostro, tratando de esconder sus propias emociones.

“No voy a poder acompañarte en este proyecto… Esta vez, no”, susurró la mujer. José quedó en silencio.

“Me da pena no poder seguirte porque te amo. Y me da pena también saber que te dejaré solo con los niños. ¿Qué será de ellos?”, preguntó entre lágrimas.

“Van a ser buenas personas. Ese también es mi proyecto”, le contestó José con inocultable tristeza.

Una brisa de aire fresco con olor a tierra mojada ingresó a la habitación. Había parado de llover y de a poco el cielo se estaba despejando. En la huerta que había plantado José ya se podían ver unos tímidos retoños que esperaban el llamado de la primavera.

En las afueras, hombres y mujeres transitaban por las calles, cumpliendo sus rutinas de trabajo, sus quehaceres cotidianos. El caserío tomaba cada vez más vida y comenzaba a tener forma de pueblito, después de casi dos años de sacrificio.

Era realmente injusto que la historia de amor que habían comenzado José y María Esther cuando eran adolescentes terminara de una manera triste y sorpresiva. Nadie había tenido en cuenta esa posibilidad. Se habían prometido que seguirían juntos para siempre.

Sin embargo, el desenlace fue inevitable.

María Esther Shapiro murió ese 7 de septiembre de 1905 a los 27 años, cinco días antes de que los neuquinos festejaran el primer cumpleaños de la capital.

La noticia conmocionó a todo el pueblo, especialmente a las familias que, como los Edelman, habían llegado casi en la misma época persiguiendo el sueño de los pioneros.

Para José, la muerte de su esposa fue un golpe tremendo que lo dejó solo junto a sus cuatro hijos. Pero él siguió adelante como pudo.

Testimonios familiares indican que aquel inmigrante rumano se quedó en Neuquén esperando la ciudad que tanto había soñado, que un incendio destruyó su casa el 18 de septiembre de ese mismo año y que tuvo que empezar de nuevo, como cuando recién llegó con su familia. Sostienen que aún en la desdicha y la tristeza instaló la primera imprenta del pueblo, que fundó un diario junto al periodista Abel Chaneton y hasta intentó rehacer su vida con otra compañera de aventuras, con quien también tuvo tres hijos.

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Angel Edelman, uno de los hijos de José y María Esther, fue el primer gobernador constitucional de Neuquén.

Angel Edelman, uno de los hijos de José y María Esther, fue el primer gobernador constitucional de Neuquén.

Su descendencia sobrevivió pese a los inconvenientes y todos se convirtieron en destacadas personas de la vida social y política de Neuquén. Particularmente Ángel, el segundo varón, que había nacido en Entre Ríos, tendría una participación trascendental en la historia neuquina. En 1958 se convertiría en el primer gobernador constitucional de la provincia y marcaría un horizonte para quienes le siguieron años después.

José continuó con numerosos emprendimientos con el mismo empeño de los locos que desafían las utopías y de los tozudos que imaginan que nada es imposible, hasta que una enfermedad terminó con su vida. Tenía tan solo 53 años.

José Edelman y María Esther Shapiro son parte de una historia neuquina que pocos conocen y son el espejo del sacrificio de tantos pioneros que llegaron a este rincón olvidado de la Patagonia. Pero también son los protagonistas de un relato romántico que comenzó cuando ambos dejaron su Rumania natal. De aquella historia amor de dos inmigrantes adolescentes que se enamoraron en el barco, se prometieron compañía eterna y dejaron todo por aquel maravilloso y alocado proyecto de construir una ciudad en el medio del desierto.

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(El relato está inspirado en fragmentos del libro “Recuerdos Territorianos”, de Ángel Edelman, “Pioneros judíos del Desierto”, de Ricardo Koon, y artículos periodísticos).

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