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La Mañana Plaza Huincul

El Ángel que descendió a los infiernos tras un brote psicótico

Nadie advirtió los episodios previos y una madrugada de julio de 2008, terminó rompiendo con la realidad y se desató la tragedia en Plaza Huincul. Mató a su cuñada de 18 puñaladas y a su hermano le dio una estocada a milímetros del corazón que casi le cuesta la vida. Un guardiacárcel y los forenses fueron claves.

La madrugada del 5 de julio de 2008, el barrio Otaño, de Plaza Huincul, se transformó en un caos de gritos, corridas, sirenas y las luces ambulancias y móviles policiales que despertaron a toda la manzana donde vivía la familia Tobares Burgos.

Todo lo que ocurrió puertas adentro y en el jardín fueron escenas propias de una película de terror. La historia estuvo llena de condimentos morbosos, excesos de rumores y marchas reclamando justicia por parte de la familia y amigos de Sandra Viviana Burgos, la víctima fatal del ataque. El final de la historia llegó tres años después, con el viejo sistema procesal, y dejó a todos perplejos y a dos familias destruidas.

En el camino, el sistema de salud mostró sus jirones y miserias a la hora de abordar al acusado, mientras que desde la cárcel y del gabinete de Psiquiatría y Psicología Forense se trabajó con ojo clínico y eso permitió que tanto la fiscalía como la defensa comprendieran la complejidad de lo que había ocurrido, literalmente, en la cabeza del asesino.

Un pibe muy atlético

En este tipo de tragedias hay pequeños episodios, indicadores que no suelen advertir los familiares y amigos; son actitudes tan sencillas y absurdas que no se les presta mayor atención, pero cuando cada uno de esos elementos se va acumulando y poniendo en contexto, solo un profesional puede advertir que hay un huracán en formación.

Miguel Ángel Tobares nació en Villa Mercedes, San Luis, en noviembre de 1983, y como su padre trabajaba en el municipio de Tres Esquinas, vivían en dicha la localidad.

Él era el menor de tres hermanos. El mayor, Carlos (33), y la del medio, Carolina (31), estaban radicados desde hacía una década en Cutral Co y Plaza Huincul, donde ejercían la docencia y tenían una constante participación en el gremio ATEN. Los Tobares eran muy respetados y apreciados en la comarca petrolera.

Ángel en esos años vivía con sus padres en Tres Esquinas, donde las posibilidades laborales no abundaban. Era un joven veinteañero abocado de lleno al deporte. No solo estudiaba el profesorado de Educación Física, sino que practicaba atletismo, hacía salto en largo y carreras de velocidad, y además era uno de los cracks de la primera división del Club Juventud de Justo Daract.

En su historial personal se confirmó que no consumía alcohol, mucho menos psicofármacos y drogas.

Sus padres tenían un kiosco bar al que muchos conocidos en la localidad concurrían a primera hora de la mañana a desayunar mientras hojeaban el diario y, a la tarde, vecinos del lugar armaban una ronda y, entre cervezas y vinos, se sumían en una suerte de “polémica en el bar” donde se pasaba de la política al fútbol y todo un cambalache de temas.

En 2007, los padres de Ángel tuvieron unos problemas de salud que les impidieron atender el negocio, por lo que el joven experimentó la dura tarea de estar a la cabeza de la familia para sostener a los padres y administrar el negocio familiar, que demandaba muchas horas, por lo que tuvo que resignar otras actividades que realizaba. Esa situación estresante, se intuyó luego a la distancia, pudo haber generado un primer episodio, tal vez por lo frustrante que fue en su vida.

“Venite para acá”

Una vez que se recuperaron los padres, el hermano mayor tuvo algunas comunicaciones con Ángel, que lo escuchó un tanto bajoneado. Le propuso junto con su hermana que se fuera para la comarca petrolera, le contaron que ellos tenían muy buena inserción laboral y que podrían ayudarle a conseguir trabajo.

La hermana de Ángel, por la que sentía un gran aprecio, lo terminó de convencer, y el joven y su novia resolvieron aventurarse juntos. Por primera vez afrontaba una experiencia de tal magnitud con su novia, que no solo incluía vivir en pareja y comenzar de a poco una familia, sino cambiar de provincia en forma radical.

Ángel se instaló en la casa de Carlos, que estaba casado con Sandra Viviana Burgos y tenían un hijo. Lo recibieron con los brazos abiertos y con muchas ganas de darles una mano para que consiguieran trabajo.

Pero Ángel les puso la primera condición. “Ni bien tenga trabajo suficiente nos mudamos, para no incomodarlos”, les dijo a su hermano y su cuñada, que de inmediato le aclararon que podían permanecer el tiempo que necesitaran para adaptarse a la comunidad y conseguir trabajo, y después vendría un lugarcito para alquilar.

Los contactos de la familia Tobares y el cariño que le tenían le permitieron a Ángel comenzar a trabajar, antes del mes de estar en la zona, en el CPEM 6 de Cutral Co como precepto y, una semana después, tomó las horas de educación física de la escuela primaria 119.

Los Tobares se abrazaban con afecto, con alegría por cada hora de clase que se sumaba en el trabajo de Ángel. “Viste que te dije”, le repetía Carlos sonriente mientras lo zamarreaba y abrazaba.

El futuro les arrojaba buenas señales a Ángel y su pareja, y todo gracias a la ayuda de los hermanos que tanto le habían insistido.

Hasta aquí, Ángel estaba entusiasmado con los grupos de alumnos que le habían tocado y la pareja se había ilusionado con hacer el profesorado de Geografía, en la comarca, para poder dictar clases una vez que se recibiera. La dicha les sonreía y todo era sueño.

La madre y el hermano de Liliana Burgos, .jpg

El drama

En medio de tanta prosperidad, algo se saldría de su curso natural. En julio de 2008, Ángel comenzó a experimentar, internamente, una serie de temores y síntomas de persecución que no compartió con nadie. Se trataba de hechos aislados que le ocurrieron con distintas personas que se mostraron extrañadas, pero no mucho más, por lo que no se podía hilvanar qué le ocurría.

Esto llevó a pensar, en su entorno, que no eran más que episodios pasajeros que no iban más allá de algo “raro”, “extraño”, pero para nada peligroso.

La madrugada del 5 de julio, todo se desmadró. Ángel comenzó a sentir mucho temor de un momento a otro y Liliana Burgos, esposa del hermano, fue la primera en observar que estaba nervioso, alterado pidiendo llamar por teléfono a su hermana y que le abrieran la puerta que daba a la calle.

Hubo unos hechos singulares que Ángel interpretó como que estaba acorralado, los nervios lo llevaron a balbucear y no podía desbloquear el celular. Cuando su cuñada lo quiso abrazar para darle tranquilidad y contención, el joven se sintió amenazado, por lo que tomó un cuchillo y la apuñaló.

Los gritos de la pareja de Ángel despertaron a Carlos, que cuando apareció en escena no alcanzó a hacer nada porque su hermano giró y le dio una estocada en la zona del torso, en sentido ascendente, que casi le afecta el corazón.

De inmediato, abrió la puerta de la casa que estaba con llave y en el jardín que da a la calle le asestó varias puñaladas más a Liliana, que murió, según la autopsia de 18 puñaladas, ante la mirada atónita de una vecina que dio aviso a la Policía.

En medio de esa sangrienta y macabra escena, Ángel repetía: “No me atiende, Carolina no me atiende”. Nada de lo que hacía y decía tenía sentido.

Ni bien llegó la Policía, tres efectivos redujeron al joven profesor de Educación Física, que no comprendía por qué lo detenían.

Viviana fue descubierta sin vida en el lugar y Carlos fue trasladado de urgencia al hospital, donde estuvo en estado reservado y al borde de la muerte.

Lo simple y lo complejo

El accionar del fiscal Santiago Terán y la Policía fue bastante sencillo: atraparon a un hombre con el arma homicida en la mano, un cadáver a sus pies y otro hombre desangrándose dentro de la casa.

De inmediato se ordenó su detención y se lo acusó, con el Código viejo, por homicidio simple -en un principio se contempló la alevosía por la cantidad de puñaladas-, en concurso real con lesiones graves por la estocada al hermano.

La pareja de Ángel quedó en shock, durante mucho tiempo solo pudo brindar información básica y presentaba muchas limitaciones a la hora de narrar tanto lo ocurrido como la vida diaria que llevaban. Intentar ahondar más allá era casi imposible.

Si hay algo que hemos aprendido a lo largo de los años, es que los crímenes que se producen puertas adentro de una casa pueden derivar en un sinfín de hipótesis y rumores que promueven la caída en desgracia de la familia, no solo por la muerte sino por todas las versiones que se entretejen en la manzana que residían, el almacén, la verdulería, la escuela, la comisaría y de las cuales hasta se suelen hacer eco los medios de comunicación. A todo esto, se sumaron muchas marchas en reclamo de justicia por Viviana Burgos.

El caso de Plaza Huincul tuvo algunos rumores desdeñables que se entretejieron en torno al crimen y que solo sirvieron para que los familiares de las víctimas padecieran aún más el drama que les había tocado en suerte.

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El viejo penitenciario y los forenses

Ángel Tobares estuvo detenido y a la espera del juicio, en el que, si lo condenaban, permanecería tras las rejas entre 8 y 25 años por el crimen de su cuñada y la lesión grave de su hermano.

Durante los meses de detención que llevaba, “hay viejos penitenciarios que tienen buen ojo y saben reconocer casos especiales”, contó una fuente a LMN.

El ojo de un viejo penitenciario fue clave porque advirtió que algo pasaba con Tobares. Permanecía siempre aislado y pese al tiempo que llevaba, unos 10 meses, nadie se le acercaba. “No es un dato menor. Cuando llega uno nuevito al penal, tiene que pagar derecho de piso. A este muchacho no solo no le hicieron nada, sino que lo aislaron porque le tenían miedo”, confió la fuente.

Esto llevó a que se diera aviso desde la cárcel a la Justicia. “Vean a este muchacho porque algo tiene”, les dijo el penitenciario, y por fin la Justicia no subestimó, escuchó y actuó.

De inmediato, a mediados de 2009, se convocó al servicio de Psiquiatría y Psicología forense, dependiente del Tribunal Superior de Justicia (TSJ), con el cual, algunas fuentes refieren, tuvieron varias sesiones con el joven. Además, lograron hablar con gente de su entorno, lo que les permitió configurar su perfil.

¡Eureka! Los especialistas descubrieron que el muchacho era inimputable porque había sufrido un brote psicótico, por lo tanto al momento del hecho no era consciente de lo que hacía y había sufrido ruptura temporal con la realidad. Esto lo determinó la junta médica integrada, entre otros, por Edgar Blasco, Edith Figueroa y Diego Zunino.

Las entrevistas fueron bastante positivas y claras, ya que mientras el joven estaba en prisión lo habían comenzado a tratar y se mantenía más tranquilo, aunque aún tenía algunas ideas persecutorias de las cuales no lograba deshacerse.

El informe forense conmocionó a la Justicia, que a dos años del juicio sabía que el joven era inimputable. Se lo derivó al hospital local, donde le pusieron custodia y ordenaron tratamiento. “Hubo algunas objeciones de partes de profesionales de la psicología que fue algo vergonzoso”, reveló un funcionario que trabajó en dicho caso.

El joven en el hospital jamás tuvo un solo problema, pero también hay que decir que le daban la medicación y no recibía la atención terapéutica necesaria.

La madre y el padre dejaron el negocio en San Luis y se mudaron a una humilde vivienda en Plottier para estar cerca de sus hijos, ya que los tres atravesaban distintos traumas propios de una tragedia.

El juicio

Con todos los informes forenses, y a sabiendas de que sería algo complicado, la Cámara Multifueros de Cutral Co, después de varias marchas en reclamo de justicia, decidió poner fecha al debate, 12 y 16 de noviembre de 2011, pero al final, viendo todos los elementos y testigos que había, tuvieron que disponer de una semana completa.

La repercusión pública y mediática del caso era un peso adicional que se sumó a la causa.

A puertas cerradas, los funcionarios judiciales decidieron trazar una estrategia. El primer día declararían todos los involucrados y familiares. Luego seguirían los integrantes de la junta médica y el viernes sería el día clave. El psiquiatra que había evaluado a Ángel tendría la responsabilidad de cerrar con su testimonio el juicio. Masera debía brindar una declaración tan precisa como contundente. El defensor y el fiscal estaban obligados a preguntar absolutamente todo, no podía quedar margen a la duda.

Ese viernes 18 de noviembre fue más duro que una maratón de Netflix, porque estuvieron en juego muchas personas, sentimientos de justicia y una situación psíquica muy particular.

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Maratón forense

Cuando Masera subió al estrado, algunos funcionarios compararon el momento con el que se vivía antiguamente en las viejas cortes o en las universidades cuando un profesor daba una clase magistral. Los susurros iniciales se transformaron en un silencio sepulcral.

Familiares y amigos de las víctimas fijaron sus miradas y su atención en el psiquiatra.

Esas cuatro horas fueron contundentes. Resumirlas es propio de la práctica periodística, pero las actas son prácticamente un libro, por lo que rescatamos los momentos clave.

Ángel confió al forense que ya en San Luis había estado inquieto, con insomnio y sensación de angustia. Les había comentado a los padres, pero supuso que tenía que ver con los largos días y horas de atención en el bar, además de la ilusión que le hacía el viaje. Sus padres le recomendaron estar tranquilo.

Ya en la comarca, en los días previos al hecho, se había sentido muy inquieto, “alterado”, estaba en estado de alerta, con mucho miedo, con el pensamiento de que algo malo le podía pasar. Puntualmente, dijo: “Como que alguien me iba a matar, alguna persona que no me quería”. Pero no supo explicar quién podía ser esa persona, por lo que cualquiera, en su alteración, podía estar al borde de provocarle un daño.

Luego comenzó a narrar unos episodios, que habían sido aislados y que solo el profesional podía hilvanarlos en una secuencia temporal que permitiera analizar la evolución del brote.

En medio de ese estado de alerta en que se encontraba Ángel, le había causado temor la forma en que el portero acomodaba las sillas de los cursos, arrastrándolas. Después hubo un conocido que se le acercó en bicicleta y él al verlo salió corriendo.

La noche anterior, mientras iba en el auto con su hermano, tuvo una sensación de miedo muy intenso, por lo que estuvo a punto de arrojarse del vehículo en movimiento, le contó luego a la novia.

Pero la seguidilla de hechos continuó. La cuñada, Viviana Burgos, hizo un comentario en la casa en medio de una charla de sobremesa donde hizo mención a que para dedicarse al gremio hay que olvidarse de la familia, y eso a Ángel le cayó muy mal, no lo dijo, pero le afectó porque para él lo primero era la familia.

A esto se sumaron los dichos de su novia, que contó que la despertó un par de veces en medio de la noche para preguntarle cosas extrañas, como si él era egoísta. También le hacía comentarios sobre situaciones cotidianas del trabajo donde se sentía perseguido o no sabía si le estaban tratando de hacer una joda o algo. Y aportó un dato clave: Ángel, previo al ataque, había estado tres noches sin dormir, con todas las alteraciones que eso provoca en una persona.

Lentamente, el profesional comenzaba a armar el rompecabezas a la luz de datos que el resto no había podido observar. Había advertido una secuencia de eventos aislados, pero que para él eran parte de un patrón.

La Policía, como también lo hizo el propio Ángel en la entrevista con el psiquiatra, confió que del incidente él no recordaba bien cuándo había lastimado a su cuñada, pero sí cuando apareció su hermano y lo hirió.

“Después me quise cortar las venas y apuñalar el estómago, por el miedo que tenía y por lo que había hecho, pero me desmayé y aparecí en el hospital. Me volví a dormir y estaba en la comisaría”, reveló el joven.

Luego, inició un tratamiento psiquiátrico, previo a ser observado por el forense, y ahí se le comenzaron a pasar esos temores y síntomas, por lo que se había sentido un poco mejor.

Reconstrucción y absolución

A la luz de la declaración de Masera en el juicio, quedó a la vista que, durante la cena de la noche del crimen, entraron en crisis la angustia con la reiteración de confusos conflictos que había advertido, y eso le disparó nuevamente la alerta de que alguien le quería hacer daño. El brote estaba en su pico.

Cuando quiso llamar a la hermana y se escuchó balbuceante, en su persecución, sospechó que lo habían drogado. En medio de ese cuadro donde no podía desbloquear el teléfono para llamar a la hermana, Ángel creyó que se lo habían bloqueado, por lo que creció el nivel de agitación y no logró ubicar la llave para abrir la puerta para salir a la calle, que si lo hubiese logrado tal vez no se habría producido la tragedia.

El intento de Viviana Burgos por calmarlo se transformó en una amenaza, por eso la reacción de tomar el cuchillo y atacarla. Incluso, cuando aparece el hermano, se cree que le tira la puñalada prácticamente sin verlo, solo por sentir una presencia que él asoció con un ataque inminente.

En la explicación que dio el forense a pedido de un insistente fiscal, aclaró: “Cuando surgen los síntomas psicóticos, es difícil determinar en qué momento se produce ese cambio, se trata de un proceso dinámico, flexible y cuantitativo y cualitativo”.

Incluso, se aclaró que son vivencias de cosas que están dirigidas a él con una conciencia de significado difuso. De hecho, la producción de delirio tiene referencia a él. El mundo interno y externo son vistos en forma paranoide en una gran cantidad de casos. En forma residual, queda un aspecto de la realidad distorsionado, pero que el paciente admite y logra entender del propio delirio.

En definitiva, el fiscal Santiago Terán preguntó a Masera: “¿Qué tiene Tobares?”. El psiquiatra confió en medio de una sala en la que no volaba una mosca: “Presenta un cuadro compatible con trastorno psicótico de tipo esquizofrénico con ideación paranoide y componente distímico, en etapa de compensación, iniciada a partir del tratamiento especializado que realiza”.

Terán profundizó: “¿Y al momento del hecho?”. A lo que Masera fue tajante: “Al momento del hecho se infiere que no se encontraba en condiciones de discernir la naturaleza de sus acciones ni de dirigir su conducta, debido a la alteración morbosa de sus facultades mentales, que implicaba un cuadro de alienación mental”.

Concluida la maratón, la Cámara de Todos los Fueros, integrada por las juezas Graciela Blanco, Alejandra Barroso y Liliana Deiub, absolvió, 10 días después, a Ángel Tobares por inimputable.

Se ordenó que realizara un tratamiento integral con seguimiento periódico hasta que desapareciera el riesgo tanto para él como para terceros. El tratamiento se cumplió a medias y fue más farmacológico que otra cosa. Ángel convivió con todo el personal médico durante varios años en el hospital de la comarca petrolera.

Finalmente, el 9 de septiembre de 2014 lo dejaron en libertad y, para evitar problemas en la comarca, se trasladó a Plottier, donde estaban los padres, y tiempo después volvieron a Tres Esquinas, San Luis, donde realiza un tratamiento acorde con su patología.

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