El asesinato impune del sargento Néstor Sepúlveda
La madrugada del 16 de agosto de 2000, la delincuencia traspasó un límite que hasta ese momento no se había quebrantado en Neuquén. Ese día marcó un antes y un después porque fue la primera vez que los delincuentes ingresaron a una sede policías y ejecutaron a un policía a sangre fría.
Por ese entonces, la crisis se hacía sentir en todo el país y Neuquén no era ajeno a ese escenario de convulsión y violencia. Pero nadie jamás imaginó que los criminales iban cruzar ese umbral y menos aún que el homicidio quedaría impune.
El hecho
La noche del 15 de agosto, alrededor de las 22:30, un grupo de delincuentes de entre 18 y 23 años que vivían en inmediaciones del destacamento del barrio Don Bosco III, ubicado en Remigio Bosch y Alfonsina Storni, coincidieron en una charla, sentados en el cordón de la vereda, que necesitaban un “caño” para concretar un robo importante. Para conseguirla simplemente planificaron entrar al destacamento y hacerse con el arma del policía de guardia.
Ese año, la vecinal del barrio Don Bosco encabezada por Osvaldo Llancafilo, había reclamado mayor cantidad de personal policial y que el destacamento se convirtiera en subcomisaría porque la delincuencia estaba haciendo pie firme en la popular barriada.
El destacamento, por turno contaba con un oficial de servicio y dos agentes que en un móvil realizaban recorridos preventivos y acudían a los distintos hechos y llamados que recibían.
Uno de los delincuentes aportó un revolver calibre 32 y como conocían el movimiento del destacamento, esperaron la madrugada del 16 de agosto hasta que tipo 4:30 los agentes salieron en el móvil a chequear un llamado.
El sargento primero Néstor “Gilligan” Sepúlveda, esposo y padre de dos hijos, quedó solo en la unidad cuando dos de los jóvenes resolvieron ingresar con el rostro descubierto y sin temor a ser reconocidos.
Todo fue muy rápido, no habrá durado mas de 2 minutos. Al sargento lo sorprendieron con un golpe en el rostro con una piedra y luego a quemarropa le ejecutaron un tiro en la sien. El otro delincuente le sacó de la cartuchera la pistola 9 milímetros reglamentaria y se dieron a la fuga a toda carrera.
El móvil regresó a los pocos minutos y encontraron a su compañero “en un charco de sangre, boca arriba, con el rostro ensangrentado y sin que faltara nada más que el arma reglamentaria del suboficial”, da cuenta la sentencia.
El sargento fue trasladado al hospital Regional agonizando. Trataron de estabilizarlo, pero murió frente a su hermano, también policía, tratando de decir el nombre del asesino (en la edición de mañana entrevista exclusiva).
Según la autopsia practicada por el Cuerpo Médico Forense, el suboficial murió como consecuencia del impacto de una bala que le penetró el cráneo. El proyectil ingresó a la altura de la sien derecha y salió por la zona izquierda de la nuca. De hecho, el plomo fue encontrado en el destacamento durante las pericias de criminalística en la escena del crimen.
La autopsia también reveló que el sargento fue sorprendido a tal punto que no sufrió ningún tipo de lesión defensiva.
La despedida a Néstor Sepúlveda, que estaba a seis meses de jubilarse de la Policía, fue en el cementerio central de Neuquén. Hubo un gran acompañamiento y escenas desgarradoras.
A la caza de los autores
Mientras trasladaban al sargento al hospital, se produjo la primera detención de dos jóvenes en inmediaciones del destacamento. Uno de los ellos, David “Pichu” Aravena (18) se quiso deshacer de una pistola 9 milímetros que resultó ser el arma reglamentaria del suboficial. Cuando vio a los policías dijo: “No tengo nada contra ustedes, yo no lo maté”. Es decir, sabía lo que había ocurrido.
Con el Pichu iba Walter Fabián Sepúlveda (19), que no tenía ningún parentesco con la víctima, pero sí varios robos en su haber. Ambos fueron detenidos de inmediato.
“Hagan lo que tengan que hacer”, fue la instrucción de un funcionario judicial a los investigadores de la Policía. Toda la zona del Don Bosco y barrio Limay se convirtió en una marea azul plagada de efectivos armados que iban de un lado para otro allanando.
Así fue que se detuvo a Marcos “Caco” Figueroa (20) a quien le encontraron en la casa de su vecina, debajo de un tambor de aceite, un revólver calibre 32 y tras los cotejos balísticos resultó ser el arma homicida.
También detuvieron a Wilfredo “Chelipe” Fuentes Provoste (23), Luis Enrique “Chinchu” Velázquez (20), Roberto “Correntino” Ruso (20) y Víctor Airel Estuardo Fierro (21).
“A varios los palmeteamos para que batieran dónde estaban siendo aguantados el resto. A un par los detuvimos en Río Negro y el último en caer fue el Correntino”, confió un investigador del caso a LMN. Por ese entonces los jóvenes detenidos radicaron denuncias por apremios ilegales, pero no prosperaron.
Las hipótesis
Hasta acá, los investigadores tenían el asesinato a quemarropa de un policía al que le robaron el arma. La primera hipótesis que lanzó la subsecretaría de Seguridad de la Provincia, Alicia Comelli, fue que podría tratarse de una venganza del hampa porque una semana antes en una persecución había caído en un tiroteo con la Policía el “Patico Hernández” en el barrio San Lorenzo.
“Se está investigando, pero por la modalidad utilizada tiene todas las características de que se trató de una suerte de vendetta por algún procedimiento policial anterior”, dijo Comelli en alusión a la muerte del Patico.
En esos días, la hipótesis era la mas sólida, encima el jefe de Policía de ese entonces, Juan Carlos Lezcano, reconoció oficialmente que habían recibido llamados anónimos en varias comisarías y en el Comando Radioeléctrico donde advertían que se había desatado una guerra y que iban a matar a mas policías.
La investigación recayó en manos del juez Eduardo Badano que fue quien libró las distintas ordenes de allanamiento y que luego entendió, tras avanzar con varios testimonios, que esto no se había tratado de ningún ajuste de cuentas sino de un robo.
La principal teoría
La fiscalía intentó en base a testimonios, pericias balística y de parafina proponer una teoría del caso.
Para ello, en base a testigos, pudieron determinar que la reunión clave fue en la casa del Caco Figueroa donde habrían estado presente varios de los detenidos. Allí se planificó ir a robar el arma al destacamento. El golpe se realizó con una escaza preparación previa y tras tomar varias bebidas alcohólicas mezcladas con psicofarmacos (la famosa jarra loca) y consumir droga.
El Caco habría sido quien aportó el arma y quien según la versión fiscal ingresó al destacamento y mató a suboficial según la primera declaración que hizo Aravena ante el juez instructor.
Luego, se reunieron de nuevo en la casa del Caco, donde este llegó diciendo “lo puse, lo puse” y escondió el arma.
Lo cierto es que en el ambiente judicial se sabe que con los indicios no basta y se necesita colocar a cada uno de los acusados en el lugar y rol que habrían tenido en el hecho. Ese terminó siendo el gran fracaso de la fiscalía.
Juicio
El juicio se realizó entre el 9 y 10 de mayo 2002, y el 17 de mayo la Cámara Criminal Segunda integrada por José Andrada, Emilio Castro y Jorge Sommariva dictaron sentencia en la causa que se seguía por “homicidio calificado por alevosía, premeditado por dos o más personas y para consumar otro delito en concurso real con robo doblemente agravado por ser con arma en poblado y en banda”.
Hasta esta instancia se había llegado con la versión que tenía al Caco Figueroa como el presunto autor material de la ejecución del sargento Sepúlveda según los dichos del Pichu Aravena.
Pero en pleno juicio, el Pichu sorprendió a todos confesando ser el autor material crimen a la vez que su defensora oficial, Marta Firtuoso, le ordenaba callarse. La situación rozó el absurdo porque la defensora le decía que se callará y Aravena dijo que iba a contar toda la verdad y que antes había mentido porque la Policía lo tenía amenazado para que implicara al Caco.
Ante los jueces de la Cámara el joven contó que la noche del 15 había estado consumiendo alcohol, drogas y psicofármacos con otros dos jóvenes que no figuran en la causa.
Luego, salió de ahí dado vuelta y se encontró con Sepúlveda frente al destacamento, plazoleta de por medio.
Aravena sostuvo que quiso utilizar el teléfono público de la plazoleta y que el sargento los echó. Ahí fue que resolvieron atacarlo y el Pichu aseguró que “como llevaba el arma, la saqué y le tiré contra la cabeza”.
Luego, Sepúlveda le quitó el arma reglamentaria y salieron corriendo. En esa situación de fuga, se cruzaron con Figueroa y el Pichu le dio el 32 para que lo escondiera y él se guardó la 9 milímetros entre sus ropas.
Cuando se separaron, volvieron en sentido al destacamento, creyendo que iban a pasar desapercibidos y es ahí que los compañeros del suboficial, que lo habían asistido, los ven a los jóvenes y los demoraron al ver que Aravena arrojaba el arma.
Versiones encontradas
Los dichos en juicio del Pichu resultaron contradictorios con su primera versión donde daba cuenta que Figueroa había propuesto ir a matar al policía y quitarle el arma y que él se había negado a ir. Cuando volvieron de matar al sargento Sepúlveda, dijo que escuchó que Figueroa dijo “lo puse, lo puse” y le dieron a él arma del policía para que la escondiera y luego lo detuvieron.
A todo esto, la defensora del Pichu le continuó pidiendo, con vehemencia, que se callara y clamó por su inocencia. La incriminación que hizo Aravena concluyó con un pedido de disculpa del joven a los familiares del policía.
Otro acusado que se contradijo fue el Chinchu Velázquez que inicialmente en la causa había declarado que esa noche estaba en la casa del Caco y que este se fue con el Pichu y Sepúlveda. Tipo 5 de la madrugada los escuchó llegar y hablaban de que habían matado a un policía. Pero en el juicio, el Chinchu cambió su versión y si bien reconoció que se había quedado en la casa de Figueroa, contó que producto del consumo de pastillas y alcohol se quedó dormido y que no vio ni escuchó nada. De hecho, aseguró que a la mañana siguiente se levantó y se fue a su casa.
Testigos claves
En la causa hubo testigos que permitieron reconstruir parte de la trama, pero que luego no se presentaron en el juicio y no pudieron ser ubicados por la Justicia para ir a declarar. Esas personas temían por sus vidas y sospechan que en algunos casos hasta se fueron de la provincia.
Por ejemplo, un testigo, vecino de Figueroa, contó que los había escuchado cuando hablaban en la vereda y decían que “se querían hacer de un caño y matar un policía”.
Otras dos mujeres, vecinas que vivían frente a la casa del Caco, contaron que lo vieron cuando se iba junto con el Pichu y Sepúlveda, a estos dos últimos la prueba de parafina determinó que tenían residuos de pólvora en las manos que generalmente quedan cuando se ha disparado un arma o manipulado recién disparada.
Incluso, otra mujer que estaba despidiendo a su novio, vio cuando regresaban a la carrera los tres a la casa de Figueroa y metían un arma dentro de una campera.
Todos estos testimonios marcaban que hubo un antes y después, pero nadie los había visto entrar ni salir del destacamento, es decir, nadie los pudo ubicar en la escena del crimen.
Sentencia
La sentencia fue un golpe muy duro para la familia del suboficial Sepúlveda y también para la fiscalía que no pudo materializar su teoría. Los jueces Andrada, Castro y Sommariva dejaron reflejado en el fallo la ausencia de evidencia concreta para atribuir la autoría del crimen y el robo del arma reglamentaria del policía.
“Los giros en las versiones de Aravena y Velázquez no tienen explicación y no son para nada verosímiles. La confesión por sí misma no necesariamente es prueba suficiente; debe estar corroborada por otra prueba, al menos cuando sus circunstancias no son claras. Todo esto me llevan a aceptar el argumento de la defensa y no asignar valor de plena prueba a la confesión. No hay ninguna otra prueba que lo señale a Aravena como autor”, asevera la sentencia.
Incluso, remarcaron la labor de la defensora: “Firtuoso, pese a su gran empeño y particular celo, agotando su función como tal, independientemente de la voluntad de sus defendidos y contrariando a su asistido Aravena, sostuvo la inocencia de los dos respecto del homicidio y admitió la responsabilidad en el encubrimiento”.
Y en cuanto al hecho señalaron: “dada la falta de definición clara en la acusación y ausencia de prueba suficiente en su contra, nada puede tenerse por probado, en relación a este hecho respecto de Sepúlveda (compañero de Aravena). Figueroa pudo formar parte del grupo, incluso haber proporcionado el arma, pero no necesariamente haber sido quien tiró ni haber estado en el momento del hecho”.
No obstante, para la Cámara Criminal sí hubo una organización previa para conseguir el arma y matar al policía entre al menos Aravena y Figueroa, pero no se pudo establecer sus roles y cuál fue finalmente su participación.
“Los datos ciertos que tenemos comienzan y se interrumpen en la puerta de la casa de Figueroa, para reiniciarse con Figueroa volviendo con el revólver y Aravena con la pistola. El tramo intermedio es un enigma no resuelto. Tampoco la fiscalía propone nada concreto para ese tramo, de modo que no podemos reconstruirlo en perjuicio de los acusados”, remató la sentencia.
Fue así que, el Pichu Aravena y el Caco Figueroa fueron condenados en carácter de cómplices penalmente responsables en el delito de homicidio criminis causa y robo. Aravena recibió 15 años de prisión y Figueroa, que ya arrastraba condenas anteriores, se le sumó un robo y le dictaron 15 años y 6 meses de prisión.
A Walter Sepúlveda, Víctor Stuardo Fierro, Wilfredo Fuentes Provoste, Roberto Ruso y Luis Enrique Velázquez los absolvieron y algunos de ellos recibieron condenas en suspenso por ser autores o coautores en distintas tentativas de robo. Los cinco, se retiraron en libertad.
El asesinato a sangre fría del sargento Sepúlveda quedó en la absoluta impunidad, pese a ello, todos los años su hermano con el apoyo de la Institución le rinden homenaje en el monolito que lleva su placa en el destacamento, ya convertido en comisaría, del barrio Don Bosco III.
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