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El color de vino: matices que revelan sabores

Dicen que la primera impresión es la que cuenta, y más allá del paladar, la vista es cómplice de la decisión sobre qué tomar.

El vino entra por los ojos. Como en muchas otras tentaciones, la vista es uno de los grandes ganchos que tiene el vino para conquistar paladares. Lo saben los diseñadores de etiquetas y quienes proponen las góndolas. Pero además, el color del vino revela cantidad de información a un bebedor.

Complejo y con muchos matices, el color en los vinos da la primera impresión. Pongamos que se sirve una copa donde el vino es ámbar dorado, u otra en la que el tinto es caoba opaco, o violeta intenso. Ahí hay algunos datos importantes que, a la hora de beber (y hablar de lo que se bebe) se puede decodificar con sencillez.

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Los blancos

De partida ningún blanco es blanco. En rigor son amarillos o verdes y con los matices que conlleva cada uno. Se los llama blancos en oposición a los tintos, cuyo nombre en español refiere a la capacidad de teñir de la que ellos carecen. La paleta de los blancos es relativamente simple aunque en los últimos años añadió alguna nueva variante. De punta a punta son:

Verde: es color varietal de casi todas las uvas cuando están cosechadas tempranas, pero en particular describe el tono del Chardonnay y el Sauvignon Blanc. El matiz de verde va desde uno muy pálido a unos intensos. Los primeros bordean la gama de los acerados –propio de algunos Sauvignon– mientras que los más intensos aparecen en algunos Chardonnay de altura jóvenes.

Amarillo: es el color de otras uvas, como el Semillón y Torrontés (aunque cosechados temprano pueden ser verdes). En general se asocia a la crianza en barrica, más aún cuando los matices son dorados. Un Chardonnay con un año de barrica, por ejemplo, vira hacia el amarillo y con más tiempo a la gama de dorados, o en aquellos blancos que son de cosecha tardía, el amarillo vira hacia matices más profundos.

Ámbar: Es el color de algunos tardíos y vinos dulces botrytizados; también el color de esos mismos vinos cuando envejecen, a los que se suman algunos jereces de larga crianza. El ámbar es un color inusual pero atractivo que describe en casi todos los casos vinos dulces. Con algunas excepciones.

Naranjo: El color que adquieren las uvas blancas cuando se las fermenta con las pieles, como si fuera un tinto. Ahí suceden ciertas oxidaciones de los colores varietales que viran un tono entre naranja etéreo a uno profundo en los más marcados. A esta altura puede confundirse con un matiz ámbar, pero describe vinos diferentes a los dulces.

Matices de tintos

Con los tintos, los colores cuando son jóvenes describen además de las variedades, los lugares con mejor capacidad. En general los colores vivaces y brillantes se asocian a regiones frías, mientras que los opacos a las zonas más cálidas. La intensidad y profundidad al clima: si es un año o una región soleada ganan intensidad, en climas nublados, la pierden. Los matices varietales son:

Violeta o púrpura. Color de algunas variedades cuando son jóvenes, como Malbec o Tannat.

Cuanto más joven más claramente púrpuras resultan aunque, ese matiz se combina con una línea ladrillo si pasaron largo tiempo en barrica. Es el caso de los Malbec con un año o más de barrica, por ejemplo.

Rojo granate a rubí. Es el color del Cabernet Sauvignon, Merlot y Pinot Noir, este último siempre además de poca intensidad. El matiz granate o rubí depende del lugar y la crianza, como también de la edad del vino: rubí es más frecuente en la juventud (uno o dos años), granate al promediar la edad (de tres a seis, siete).

Ladrillo. Todos los tintos con crianza desarrollan algún matiz ladrillo. Es que la oxidación que aporta la barrica vira los colores nuevos y vibrantes a esta línea. Sucede que cuando además envejecen se transforma en el color dominante, al tiempo que pierden el brillo de la juventud.

Caoba. Es un color poco frecuente en nuestro mercado porque deriva de las largas crianzas en toneles que dejaron de practicarse salvo algunas propuestas estilísticas vigentes. Un tinto añejado en roble por 15 años, por ejemplo, añade al matiz ladrillo a uno opaco, oscuro, que recuerda la madera de caoba oscura, ya sobre los matices marrones que son el final del color del vino.

El raro caso español

En 2015 unos jóvenes vascos lanzaron su empresa GIK que elabora vinos azules. En el fondo es un vino blanco al que se le añade una parte de vino tinto y mosto –para el dulzor– e indigotina, una sustancia que termina de definir el color hacia un azul eléctrico. Rarezas industriales, el vino azul es un nicho que exporta España.

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