El conserje del Hotel Confluencia que usaba tres trajes por día

Juan Carlos Ibáñez. Tiene 71 años y trabajó en el emblemático edificio de Avenida Argentina e Independencia hasta 1969, cuando se decidió su demolición.

Pablo Montanaro
montanarop@lmneuquen.com.ar

Nació en un pueblo de Necochea. A partir de 1973 se desempeñó como secretario de Bartolomé Lafitte, que era el secretario de Felipe Sapag.

También trabajó en el IPVU, fue diputado y ocupó varios cargos legislativos.

NEUQUÉN
Sus ojos brillan cuando se le pregunta por aquel muchacho de 18 años, proveniente de Juan Nepomuceno Fernández, un pueblito de la localidad bonaerense de Necochea, que quería estudiar para ingeniero pero que un día del verano de 1963 llegó a Neuquén para visitar a su tío Otto, consiguió casualmente un trabajo en el Hotel Confluencia de esta ciudad y se quedó para siempre.

De Nevares venía a quejarse porque la música o el ruido de la gente no lo dejaba dar la misa del domingo".
Juan Carlos Ibáñez


En aquel emblemático hotel, ubicado desde 1906 en las puertas del Alto, en Avenida Argentina esquina Independencia, que contaba con más de 70 habitaciones, centro de reuniones sociales y políticas, como así también familiares y casamientos, con confitería, bar y hasta una boite, Ibáñez se convirtió en conserje.

"Mi tío conocía a los hermanos Panfili, que se hicieron cargo de la concesión y que también tenían el hotel Astoria en Cipolletti, donde me llevaron para hacer un curso acelerado sobre cómo llevar la administración y contabilidad de un hotel", cuenta Ibáñez en su escritorio rodeado de fotografías de aquellos años, entre ellas, una en la que se lo puede ver cerca del entonces gobernador Felipe Sapag y del padre Juan San Sebastián, el día de la inauguración del remodelado hotel, el 1 de agosto de 1964.

Se considera un testigo privilegiado de la vida social y política que transitó por aquellas instalaciones. Su memoria permanece intacta. Recuerda a los dirigentes justicialistas y radicales que se reunían, como así también del Movimiento Popular Neuquino que poblaban las mesas de la confitería. "Los profesionales que llegaban a Neuquén con una propuesta de trabajo, como por ejemplo los abogados que importó el primer gobierno de Felipe Sapag para incorporarse al Tribunal Superior de Justicia, se alojaban en el hotel mientras les conseguían una vivienda para alquilar", relata.

Confiesa que las noches en la boite del Confluencia –que funcionaba en el comedor– eran "mágicas", el refugio ideal para las parejas que buscaban buena música. "La gente venía a cenar a las 9 de la noche y a las 10:30 se bajaban las luces. El hotel tenía una orquesta estable que dirigía el saxofonista Ruf Harrison que vivía allí, y el pianista era Jorge Poli", señala. "No te podés imaginar la cantidad de parejas que se conocieron bailando en la boite", agrega entre risas.

Más de una vez, el obispo Jaime de Nevares llegó hasta las puertas del hotel para pedir que bajaran la música o que la gente no siguiera bailando o cantando porque no podía dar la misa del domingo. "Me hice amigo de Don Jaime, yo iba mucho a misa, a veces iba a llorar porque extrañaba a mi familia. Era muy duro estar solo", confiesa.

Mientras fluyen los recuerdos, Ibáñez se detiene en aquel hombre de Junín de los Andes, dueño de un aserradero, que una vez por semana llegaba a Neuquén acompañado por una mujer más joven que él. Ibáñez era el único que tenía la llave de la caja fuerte del hotel. "Durante el día el tipo me dejaba su portafolio para que se lo guardara en la caja fuerte. Cuando volvía a la noche, me pedía el portafolio y cuando pasaba por la confitería pedía un jarro con agua caliente, pensábamos que era para hacerse un té", cuenta. El pedido se repetía una y otra vez, y la curiosidad del personal del hotel comenzó a crecer. "Una tarde decidimos saber que llevaba este hombre en ese portafolio.

Cuando lo abrimos encontramos un consolador enorme simil piel. Nos matamos de risa. El agua, suponemos, era para calentar el aparato", relata quien usaba hasta tres trajes por día que le proveía la casa Hevia Sport.

En 1969, el gobierno de facto envió al ingeniero Rodolfo Rosauer como interventor en la provincia, y fue quien decidió demoler el hotel. Ibáñez se quedó cerca de un mes mientras personal de Patrimoniales realizaba el inventario de la vajilla y mobiliario que pertenecía a la provincia. "Fui el encargado de poner la llave para cerrar en forma definitiva las puertas de ese lugar donde pasé los mejores años de mi vida y me relacioné con personas de distinta índole, lo que me dio la posibilidad de hacer una carrera administrativa en la gobernación y llegar a ser diputado provincial entre 1987 y 1991".

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