El docente jubilado que extrañaba el aula y abrió un merendero en Andacollo, su "lugar en el mundo"

Adán Soto conoció la localidad hace casi 40 años. En tiempos de pandemia, abrió este espacio en su garage porque añoraba la relación con los chicos en el aula.

“Vine a hacer una suplencia por quince días y ya llevo acá casi 40 años. Andacollo es mi lugar en el mundo”, aseguró Adán Soto de 61 años. Ahora es docente jubilado y lleva adelante un merendero en su casa para contener a los más chicos. “La pandemia la padecí cuando estuve 37 días encerrado en un habitación de tres por tres en Buenos Aires”, expuso.

La cuarentena, establecida el 20 de marzo, lo encerró a Adán por un mes y algunos días. Había llevado a sus dos hijos para comenzar el nuevo año de estudio en la Universidad de La Matanza, pero no pudo volver. Alberto Fernández declaró la cuarentena obligatoria y tuvo que quedarse en aislamiento en un departamento pequeño con cinco de sus familiares.

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“Fue terrible el encierro, era como una cárcel”, expuso dolorido Adán, que cuando logró sacar el permiso de regreso volvió a “la tranquilidad y libertad de su hogar”.

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Ahora, sábado a sábado revive la relación con los más chicos. Un vínculo que ejerció en las aulas neuquinas, pero esta vez lo hace desde su garage y se encarga de servir una taza de leche caliente: “En realidad, la merienda es la excusa, yo siento que cada día que a mi casa vienen estos niños me enseñan. Porque los niños son eso: educadores y habría que hacerle más caso”.

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Desde su “lugar cómodo en la pandemia”, espera que esta crisis mundial sirva para algo. Cree que deberíamos volver a disfrutar de las cosas más simples, mientras alardea “de la tranquilidad y la seguridad con la que se vive en Andacollo”. “Un amor me hizo conocer esto y acá estamos, casados y formamos una gran familia. Y quiero morir acá”, se sinceró.

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De La Rioja a su lugar en el mundo

“Fiesta Cívica”, planteó ponerle de nombre hace 61 años su madre al nacer un 9 de julio, pero en esos cambios de último momento le quedó Adán. Se crió en La Rioja y una vez egresado del terciario se radicó en la provincia de Neuquén para ejercer su profesión.

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Entre el amor de su vida y la posibilidad laboral conoció Andacollo, “su lugar en el mundo”. “Estamos en el 2020 y puedo dejar mi casa sin llave o el auto encendido que nadie me lo va a robar”, ejemplificó.

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Su esposa había sido su compañera en la primaria, en la secundaria y también en el terciario. Todo una vida. Y tras el egreso, él se fue a dar clases a Arroyito y, después, a Chos Malal; y ella a Andacollo.

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“Acá tienen el calendario cambiado, así que una vez que definimos que nos íbamos a casar, yo terminé los primeros días de diciembre y la fui a ver a Andacollo”, comenzó el relato. En ese viaje, entre sus vacaciones y la visita, surgió una suplencia de 15 días por maternidad. La tomó, cumplió y juntos se fueron a La Rioja para casarse.

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“Al volver, supe que no me quería ir. Esos quince días me bastaron para darme cuenta que este es mi lugar. Dejé todo y nos quedamos ya viviendo juntos con mi -por entonces- recientemente esposa”, confirmó con orgullo Adán, quien se quedó a trabajar en el colegio.

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A partir de ahí, los recién casados ampliaron la familia y “jamás se presentó una duda de irse" de ahí. “Esto no lo cambio por nada”, reafirmó.

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El garage: donde los chicos enseñan

El conflicto minero que hubo en el inicio de la pandemia en esa localidad sirvió como ejemplo para exponer la solidaridad del pueblo. “Acá en el norte tenemos otra cultura”, aseguró mientras contó que en el comedor popular y solidario que se montó para los mineros, él comenzó a aportar de forma material y con productos no perecederos.

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Pero el sábado 23 de mayo abrió un merendero propio sin darse cuenta. Comenzó con ocho chicos que se acercaron a jugar en su vereda y lo mantuvo. “Lo empezamos a hacer con mi familia porque vimos que a los más chicos de acá les faltaba una contención”, explicó.

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Al estar los juegos, plazas y parques de la localidad cerrados y sin poder jugar en la calle, Adán decidió poder organizar y darles una taza de leche caliente y poder hacer que los chicos se diviertan con las medidas de seguridad en estos tiempos de pandemia.

“Juegos de mesa, metegol, cartas, todos productos prestados o cedidos para este espacio que sábado a sábado se amplía en horario”, contó. Adán está convencido que los niños le enseñan a él cómo tomarse la vida y con sus acciones pequeñas, “valoran más las simples cosas”.

“El primer día, cuando se fueron, quedó un vacío en la casa. Estábamos angustiados porque realmente no queríamos que se fueran, pero bueno, se había hecho tarde. Es que uno que es docente ya jubilado extraña este contacto cuando deja las aulas y es un alimento y una enseñanza de vida estar conectado con los más pequeños”, se sinceró.

Tras el exitoso primer día, los niños le preguntaron en la semana si el siguiente sábado podían volver. “La respuesta siempre fue que sí y ya se hizo una rutina esto de la merienda con juegos. Ahora que empezó el frío, nos metimos dentro del garage que es grande y nos dividimos en espacios de la casa para que haya distanciamientos”, describió y rió: “Este último sábado me tomaron toda la casa”.

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Pandemia en Andacollo

“Acá no hubo mayores inconvenientes. Cuando me tocó volver de Buenos Aires tuve que hacer los 14 días de encierro y como no presenté síntomas ni nada, pude volver a mi casa”, explicó. Tras ese tiempo y volver a su hogar, “la pandemia fue otra cosa” porque no hubo casos ni desabastecimiento. “Lo que sí vi es la falta de contención que tienen los chicos”, expresó.

Adán contó que los problemas económicos no son el eje de los conflictos en Andacollo. Dentro de la misma sociedad si a alguien le faltaba un paquete de arroz, es cuestión de pedirlo y algún vecino lo sede. “Acá en el norte de la provincia somos todos muy solidarios”, aseguró.

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Pero la falencia que él veía era que los niños no tenían nada que hacer. Estaban encerrados y por más pandemia y bicho que ande, ellos tenían que generar mecanismos de diálogo y de juego. “Siempre respetando las normas y sin correr peligro”, aclaró. Y es por eso, que la taza de leche fue el puntapié inicial para unir dos profesiones que tiene: la docencia y la gastronomía, en la que está arrancando.

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Localidad chica, tranquilidad grande

Adán todos los días encuentra algo para hacer. O toma sus clases online para ser chef, o realiza los trabajos prácticos que le dejan de tarea. Se metió en esta carrera con sus seis décadas encima y la práctica profesional la lleva a cabo los sábado cuando hace la tortafritas para una docena de niños.

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“La gente dona, nosotros lo que pedimos es que no se genere una relación de dependencia, si quieren donar, que lo hagan, pero que no exijan nada”, explicó.

Además, destacó cómo transcurre el tiempo en un lugar como Andacollo. Explicó que los apuros de ciudad, los malhumores y el ritmo de vida que se tienen en otras localidades te hacen perder el foco y la tranquilidad con la que se debe vivir.

Con su voz pacífica que atravesó la entrevista, Adán le dio importancia a la seguridad: “Acá no necesito de un policía para estar tranquilo. Acá estoy tranquilo porque aunque deje el auto en marcha con llave puesta y todo, sé que no me lo van a robar. No vivímos con ese miedo constante”.

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Andacollo en una nevada histórica.

Andacollo en una nevada histórica.

Además, aseguró que Andacollo “tiene todos los servicios básicos y la calma necesaria para vivir”. “De todo eso me di cuenta hace casi 40 años y sigue siendo igual que siempre. Y en la pandemia mostró su mejor versión, una cara solidaria a pesar de que el mundo esté en jaque”, describió.

Adán Soto está a diez días de cumplir un nuevo año de vida y de celebrar un año más en su lugar en el mundo: “No me arrepiento y soy feliz acá con mi mujer y mi familia”. El docente jubilado concluyó: “Ojalá de esta pandemia aprendamos un poco y todos puedan vivir más cerca de la tranquilidad que nosotros tenemos en Andacollo. Es un sentimiento único e incomparable que se lo recomiendo a todo el mundo”.

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