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El doctor y el linyera: dos amigos que se quieren

Uno cura pacientes; el otro vive en la calle. Ambos construyeron una extraña, pero ejemplar historia de amistad.

Todos deben pensar que Jaime no tiene amigos, que la ciudad lo desprecia o, por lo menos, le es indiferente. Después de todo, ¿quién querría ser amigo de un tipo que vive en la calle, que está loco, que es un borrachín y que son pocos los momentos del día que anda de buen humor?

Jaime es el linyera más conocido de la ciudad de Neuquén. En efecto, no tiene un lugar fijo donde vivir. Deambula por las calles, come lo que le dan o lo que encuentra en la basura y duerme en el lugar que le sirva para protegerse del clima, especialmente en el invierno.

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Recibe ayuda cada tanto. Hay quienes se compadecen al verlo y le regalan algo de comida, de plata o de ropa, le cortan le pelo y la barba cuando él se deja y lo vuelven a dejar en libertad y en su soledad absoluta.

Es imposible pensar que Jaime pueda llegar a tener un amigo con todos los compromisos que la palabra amistad encierra. Pero increíblemente lo tiene. Se llama Iván Kupczyszyn, un médico gastroenterólogo que además de curar a la gente, también se ocupa y se preocupa de ayudar a los que no tienen nada, pero no solo con cuestiones materiales, sino también con pequeñas acciones que hacen que las personas se sientan más personas.

¿Quién no se reconforta con un abrazo fuerte y sentido, con una charla sin tiempo acotado ni compromiso o con el solo hecho de saber que alguien se está preocupando por uno?

Iván tiene 47 años, es oriundo de Misiones, pero se convirtió en un neuquino por adopción desde 2007. En esta ciudad decidió formar una familia. Trabaja en la Clínica San Agustín y en sus ratos libres (antes de la pandemia) realizaba espectáculos de magia solidaria en merenderos y comedores de los barrios más pobres. Indudablemente es un hombre solidario, de esos tipos anónimos que demuestran su sensibilidad a través de las acciones y no de la retórica.

A Jaime lo conoció en la calle y desde la primera vez que lo vio se propuso ayudarlo, a tratar de entender su vida de linyera, su locura sin límites y hasta sus incomprensibles momentos de felicidad.

“Un día decidí sentarme a hablar con él”, recuerda Iván. “Estaba bien, me contó su historia, me dijo que había gente que lo ayudaba y nos quedamos charlando un rato”. Dice que le recomendó que dejara el “chupi” (Jaime se rio). Luego le prometió que volvería a verlo.

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Los amigos, durante uno de sus tantos encuentros. Ahora Jaime usa barbijo.

Los amigos, durante uno de sus tantos encuentros. Ahora Jaime usa barbijo.

Poco después volvió a encontrarlo en la calle. “Acerqué el auto hasta donde estaba, me bajé y me senté a su lado. Me pidió plata; le dije que plata para alcohol no le daría porque quería conocerlo sobrio. Vi que en ese momento tenía una zapatilla rota y sin cordones, y en el otro pie, otra diferente atada con una soga. Me comprometí a traerle unas zapatillas y le pregunté cómo le gustaban. Me dijo que quería unas “acolchonadas”, recuerda.

Iván compró las zapatillas. Se aseguró de que fueran de calidad y mullidas para cuidar sus pies lastimados y las dejó en su auto, a la espera de un próximo encuentro que se concretó a los pocos días, mientras él transitaba por Neuquén con su esposa y sus dos hijos.

Jaime venía balbuceando, hablando solo, aunque ese día en particular estaba bastante sobrio. “Bajé del auto, lo saludé y fue muy impactante su reacción. Comenzó a reírse, nos dimos un abrazo muy sentido. Fue la primera vez que me preguntó cómo me llamaba”, cuenta Iván.

La charla fue breve. El médico le dijo que le había comprado el regalo que le había prometido días atrás y le pidió que lo acompañara al auto. “Lo hice sentar y le quité las zapatillas rotas y sucias que tenía. Le puse las medias nuevas de algodón mientras él se reía. Luego le coloqué las zapatillas mullidas. Con sus dos manos hacía gestos de asombro y mostraba su calzado nuevo”, recuerda Iván emocionado. También aprovechó la oportunidad para presentarle a su familia y finalmente se despidieron.

Para el médico, ese encuentro fue un punto de inflexión porque se dio cuenta que Jaime estaba más feliz con el abrazo y la charla, que con el par de zapatillas que había recibido de regalo. Alguien se había fijado en él; alguien le habló, lo escuchó, lo acarició, se preocupó por él. A partir de aquel día, el sentimiento fue más profundo.

Durante la pandemia, Iván buscó y encontró a Jaime varias veces. Mantuvo las conversaciones amenas de siempre (algunas más alocadas que otras), le dio comida, café caliente, un equipo de “mate listo”, barbijos para cuidarse, los abrazos que tanto le gustan y la frase de despedida que ambos ya adoptaron: “Cuidate amigo. Te quiero mucho”.

“Él sabe que no le voy dar plata, pero le ofrezco mi amistad y dignidad, que es más importante. Ese es nuestro código”, asegura Iván, quien reconoce que es imposible tratar de que Jaime deje su vida de linyera o de que se adapte al mundo y a las reglas de la inmensa mayoría. Él mismo le contó que tenía la posibilidad de ir a un refugio para los “sin techo”, pero que lo rechazó. Indudablemente su vida está en la calle, más allá de los peligros que lo acechan en forma permanente; aun con el rechazo que recibe mil veces al día a través de las miradas indiferentes de quienes pasan a su lado.

Durante los ratos de lucidez, Iván sostiene que Jaime habla con profundidad de la vida, de la política y del mundo porque no está aislado en una burbuja. Siempre que puede consigue un diario para leer y hasta hace poco tenía una radio que lo informaba y lo entretenía; una conexión que aparece y desaparece sin ningún tiempo predeterminado.

“El entiende lo que pasa… lo que no sé es si la gente lo entiende a Jaime”, reflexiona. Y sostiene que sería importante que todos los que lo ven en la calle lo ayuden o le hablen… en definitiva, que lo traten como a una persona.

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Iván y Jaime, en un momento distendido. Los amigos hablan de todo y se divierten.

Iván y Jaime, en un momento distendido. Los amigos hablan de todo y se divierten.

Iván es consciente de que la vida de su particular amigo se vuelve un poco más frágil cada día que pasa. Y reconoce que muchas veces se angustia al pensar el destino inevitable que tendrá más temprano que tarde. Por eso quiere aprovechar esos encuentros, aunque sean efímeros y hasta programó un asado en familia cuando afloje la pandemia y Jaime se vacune (trámite que no es sencillo, pero que lo está gestionando).

Asegura que se siente feliz de poder cambiar, al menos por unos minutos, la vida de un hombre que se olvidó de ser hombre, que desconoce la palabra “dignidad” y que reacciona con más alegría frente a un gesto de ternura que ante cuestiones materiales.

“Lo único que puedo hacer por Jaime es brindarle mi amistad, sin esperar nada a cambio”, reflexiona Iván.

Recomendaba el genial Gabriel García Márquez en una de sus tantas citas hablando del amor y las relaciones entre las personas: “No pases el tiempo con alguien que no esté dispuesto a pasarlo contigo”.

Iván y Jaime están dispuestos a pasarlo juntos, con sus tiempos y a su manera; con el desinterés y la necesidad de verse que tienen dos grandes amigos.

Y lo harán aunque el mundo mire para otro lado.

Aunque una gran mayoría de incrédulos no apuesten siquiera un centavo por la inexplicable amistad entre un médico y un linyera.

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