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El milagro de los Andes: el día que el mundo se emocionó con la más increíble historia de supervivencia

El 23 de diciembre de 1972, 16 sobrevivientes del vuelo que se estrelló en la cordillera volvieron a vivir luego de 72 días perdidos en las montañas.

El mal humor reinaba en el aeropuerto de la ciudad de Mendoza. El equipo Old Christians Rugby Club había alquilado un Fairchild F-227, un avión de las Fuerzas Aéreas Uruguayas que los transportaría desde Montevideo hacia Santiago de Chile para jugar un partido amistoso de rugby. Pero las malas condiciones climáticas que había en la Cordillera de los Andes obligó a los pilotos a descender en la provincia argentina, donde tuvieron que pasar la noche.

Al día siguiente, el viernes 13 de octubre de 1972, los jóvenes hacían chistes sobre la mala suerte de la fecha. Seguían impacientes, había probabilidades de que el vuelo tenga que volverse para su Uruguay natal, pero para ellos era inconcebible. Quedarse en Argentina y esperar que el tiempo mejore tampoco era una posibilidad: las leyes del país prohibían que un avión militar extranjero permanezca en suelo argentino más de 24 horas. El tiempo para decidir se acababa y los chiflidos y burlas que recibían -tal vez- inclinó a los pilotos a anunciar que el vuelo partiría en las próximas horas con rumbo a Santiago de Chile.

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Había cuarenta y cinco personas cuando el avión despegó, incluidos los cuatro miembros de la tripulación: el piloto, el copiloto, el mecánico y la azafata. Además de los jugadores de rugby se encontraban sentados listos para iniciar vuelo familiares, amigos, seguidores del equipo, e incluso una mujer que compró un boleto de avión para ir al casamiento de su hija. A medida que el vuelo despegaba, los Andes comenzaban a imponerse. Algunos miraban por la ventana y admiraban el paisaje, otros jugaban con cartas y revoleaban por los pasillos una pelota de rugby.

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Los jóvenes uruguayos en el avión al salir de Mendoza. Unos minutos después, llegaría la tragedia.

Los jóvenes uruguayos en el avión al salir de Mendoza. Unos minutos después, llegaría la tragedia.

-“Abróchense los cinturones. Vamos a atravesar una zona de turbulencias”, anunció la auxiliar de vuelo a través de los altoparlantes. De repente, el avión ladeó y bajó bruscamente hacia el suelo. Casi como si se tratase de un chiste, algunos gritaron y vitorearon. Otros, se agarraron un poco más fuerte a sus asientos.

Cada vez los vaivenes eran más bruscos. A pesar de que sobrevolaban por dentro de una nube, las ventanillas permitían observar la tragedia que se avecinaba. A la misma altura de las alas del avión, pasaban los picos de las montañas, a no más de siete metros de distancia. Ya no sobrevolaban la Cordillera de los Andes, estaban sumergidos en ella.

A toda costa los pilotos intentaban poner de trompa al avión hacia el cielo, pero ya la historia estaba marcada. Con un sonido estridente y un temblor que dejó a todos sin aliento, el cielo apareció por sobre la cabeza de los pasajeros. El helado viento de las montañas golpeó sus caras y muchos de ellos salieron volando y se perdieron en el cielo. Finalmente, el avión embistió contra la cordillera. Sus alas se desmembraron en pedazos y la cola se separó de su cuerpo.

Sin sus partes vitales, el pájaro de acero continuó sobrevolando hasta perder impulso y aterrizó con su barriga sobre la blanca nieve. Cuando se frenó bruscamente por un golpe, los asientos se abalanzaron hacia delante y se estrellaron contra la pared de la cabina del piloto. Tras unos instantes de un silencio sepulcral, los primeros gritos comenzaron a aflorar. Estaban perdidos. Perdidos entre montañas.

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Una foto rescatada de la cámara de Roy Harley, mostrando el camino que hizo el avión tras estrellarse en los Andes.

Una foto rescatada de la cámara de Roy Harley, mostrando el camino que hizo el avión tras estrellarse en los Andes.

De las 45 personas que se subieron al avión, cinco murieron en el accidente y otras ocho desaparecieron de la escena. El Fairchild se estrelló a las tres y media de la tarde y se suponía que a las cuatro tendría que aterrizar. Según los cálculos que hicieron los supervivientes, hasta que las autoridades alertaran que el vuelo nunca había llegado sería tarde para ir en su búsqueda. Esa noche tendrían que dormir en la cordillera.

Marcelo Pérez, el capitán del equipo de rugby, asumió el rol de líder y enseguida encomendó a los que estaban menos heridos a ayudar a quienes habían quedado atrapados entre los asientos del avión. Transportaron a muertos y heridos al aire libre, para así despejar el fuselaje y poder pasar la noche. Con voluntad por ayudar al otro y ante todo por el instinto de supervivencia, fueron cumpliendo las órdenes que recibían. Conmocionados por el suceso, con heridas profundas y respirando un viento que les helaba los pulmones y les congelaba las manos, para cuando el sol comenzó a caer y el frío punzaba aún más, transportaron nuevamente a los heridos hacia dentro y sellaron la parte trasera del fuselaje con valijas, asientos y todo lo que pudieron amontonar.

Si pudieron dormir, lo hicieron de a ratos. Los cuerpos temblaban ante la crueldad de las cumbres y la tristeza de lo ocurrido les calaba hasta el alma. Los supervivientes se acurrucaban entre sí para compartir el calor corporal y se taparon con los nylones de los asientos. Cuando dejaban de sentir sus extremidades, se pellizcaban entre sí sus piernas y brazos para sentir que la sangre todavía les corría por sus venas. Seguían vivos.

Los días pasaban y seguía

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Los sobrevivientes a los pies del avión, en los primeros días. Todavía había tiempo para sonreír.

Los sobrevivientes a los pies del avión, en los primeros días. Todavía había tiempo para sonreír.

n sin ser encontrados. Tenían la falsa esperanza de que, como el cielo se encontraba encapotado por nubes grises, los aviones de rescate no los habían llegado a divisar; ya vendrían días mejores. Dos de los jóvenes eran estudiantes de medicina y se encargaron de curar a los accidentados, aunque algunas heridas eran tan graves que solo lograron sobrevivir algunas pocas horas. Al cabo de diez días, cinco más perdieron su pulso.

“Desde las primerísimas horas que pasé en la montaña, sentí, hasta la médula, la inmediatez del peligro que nos rodeaba. No hubo nunca un instante en el que no sintiera la realidad y proximidad de la muerte ni un instante en que no estuviera absorbido por un miedo instintivo. Aun así, mientras estaba de pie fuera del Fairchild, no podía evitar dejarme encandilar por la imponente grandeza de todo lo que nos rodeaba. La belleza allí era increíble, tanto en la inmensidad y la autoridad que imponían las montañas como en los campos de nieve que, azotados por el viento, emitían unos destellos perfectamente blancos o en la asombrosa hermosura del cielo de los Andes”, relató Nando Parrado, uno de los supervivientes, en su libro Milagro en los Andes.

Un día de aquellos, encontraron una pequeña radio a transistores atascada entre los asientos del avión. Roy Harley, de 18 años, era uno de los supervivientes más ingeniosos. Con sus escasos conocimientos sobre cómo conectar cables, improvisó una antena y, por un momento, logró sintonizar las emisoras chilenas. Día tras día Harley se encargaba de buscar una radio la cual oír, aunque tampoco quería malgastar las baterías, por lo que le dedicaba solo unos pocos minutos por jornada. Al undécimo día, la voz del locutor les heló la sangre más que cualquier frío que habían sentido sus cuerpos.

-“Después de diez días de búsqueda sin éxito, las autoridades chilenas han decidido suspender todas las tareas de búsqueda del vuelo chárter uruguayo que desapareció en los Andes el 13 de octubre. Las tareas de rescate en los Andes son demasiado peligrosas y, después de tanto tiempo en las gélidas montañas, no hay probabilidades de que nadie sobreviva”, informó el periodista. Los estaban matando en vida.

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El avión destruido fue su casa por más de 70 días n los que estuvieron perdidos en el frío de los Andes.

El avión destruido fue su casa por más de 70 días n los que estuvieron perdidos en el frío de los Andes.

Estaba claro que si no salían por sus medios, se quedarían atrapados allí para siempre. No había nada más por perder, salvo sus vidas, y estaban dispuestos a hacer lo que sea por evitarlo. Con los almohadones de los asientos improvisaron una suerte de raquetas de nieve y los primeros exploradores salieron a caminar por los alrededores. Pero al cabo de un día o dos volvían volvían más exhaustos que nunca y sin ningún avance aparente.

17 días después del accidente, por la madrugada, Roy Harley escuchó un estruendo que nunca antes había oído provenir de las montañas. Asustado, se levantó de un salto de su cama. Antes de siquiera poder entender qué ocurría, una avalancha sepultó a todos sus compañeros que dormían en el suelo. Desesperado, excavó con la esperanza de no ser el único superviviente en esos Andes solitarios. A medida que logró salvar de la asfixia a sus amigos, les ordenó que ellos también empezaran a escarbar entre la nieve. Sin embargo, en algunos casos el tiempo les jugó en contra y, en otros, el golpe inicial pudo más que ellos: esa noche, otros ocho corazones dejaron de latir.

Pero los 19 sobrevivientes que lograron volver a respirar estaban convencidos de que no les quedaba mucho más tiempo de vida, sin más comida que los cuerpos helados de los que ya no podían luchar por la suya. El Fairchild había quedado completamente sepultado y el miedo pudo más que nunca. “Nos habíamos permitido creer que el peligro había pasado, pero ahora veíamos que nunca estaríamos a salvo en ese lugar; la montaña podía acabar con nuestras vidas de muchas formas. Lo que más me torturaba era lo caprichosa que era la muerte”, expresó Parrado en sus memorias.

Con el fuselaje enterrado un metro bajo nieve, Nando hizo un agujero en el techo del fuselaje con un poste de metal que encontró, para que así el aire pudiese correr y ellos respirar. Turnándose cada quince minutos para excavar, lograron hacer un túnel desde la cabina del avión hacia el exterior. Pero una tormenta de nieve hacía imposible su salida, por lo que debieron de quedarse tres días más encerrados en un escenario lleno de penuria.

-“Tan pronto como se acabe la tormenta tenemos que irnos”, insistió Parrado. Algunos se mostraron en desacuerdo, el plan les parecía demasiado riesgoso. En medio de discusiones internas, Pedro Algorta se pronunció al respecto.

-“Una vez un taxista chileno me dijo que el verano en los Andes llega como un reloj el quince de noviembre”, aseguró.

-“Entonces voy a esperar, pero solo hasta el quince de noviembre. Y si nadie más está preparado para irse de acá, me voy solo”, concluyó Nando.

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Nando Parrado, uno de los dos jóvenes que fue en búsqueda de ayuda y logró salvar al resto.

Nando Parrado, uno de los dos jóvenes que fue en búsqueda de ayuda y logró salvar al resto.

La llegada del 15 de diciembre los esperó con las peores noticias: primero, la muerte de Arturo Nogueira. Tres días más tarde le llegó su hora a Rafael Echavarren, ambos como consecuencia de la gangrena por sus heridas infectadas. Finalmente, Numa Turcatti falleció el 11 de diciembre por una contusión leve en su pierna, pero sobre todo a causa de una desnutrición fatal: pesaba 25 kilos.

A la par de que veían cómo día tras día el grupo iba disminuyendo, algunos de los supervivientes comenzaron a realizar las primeras exploraciones para intentar salir de allí. En una de sus caminatas, Nando Parrado, Antonio José “Tintín” Vizintín Brandi y Roberto Canessa encontraron la cola del avión, donde hallaron una caja de chocolates, tres empanadas, una botella de ron, cigarrillos, ropa, medicina y cómics para entretenerse.

Con el entrenamiento y el aprendizaje que ganaban con cada jornada, el 12 de diciembre el trío explorador comenzó su caminata final. Dos meses después del accidente, trepaban las montañas de día y dormían en una bolsa de dormir improvisada de noche. Tras largas horas de escalada, hicieron cumbre y el paisaje fue desolador. Había montañas y más montañas. Nada de valles verdes, ni civilización a lo lejos.

-“Nando, somos amigos y pasamos por muchas cosas. Ahora nos toca morir juntos”, sentenció Canessa. En su mente no cabía esperanza alguna.

Lejos de dejarse vencer, Parrado señaló a lo lejos. A decenas de kilómetros divisó unas montañas sin pintar: eran negras y de menor altura. Y, debajo de ellas, lograba ver un valle serpentear. Estaba decidido: Vizintín volvería al campamento y les dejaría su comida, porque no tenían suficientes previsiones para encarar el largo y agotador viaje los tres. Al otro día, Nando y Roberto partirían hacia el oeste.

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Nando Parrado, Roberto Canessa y el arriero que los vio y les salvó la vida.

Nando Parrado, Roberto Canessa y el arriero que los vio y les salvó la vida.

El 22 de diciembre de 1972, 71 días después del accidente, el sepulcral silencio de los Andes fue alterado por el sonido de las astas de un helicóptero que sobrevolaba el cielo. Lo habían logrado: la ayuda venía en camino. No sin muchas dificultades por los vientos traicioneros, el helicóptero logró descender y rescató a la mitad de los supervivientes.

Todavía sin dar crédito a lo que estaban viviendo, siete de los protagonistas volvieron a las tierras de árboles verdes, ríos caudalosos y temperaturas compasivas. Otros siete debieron quedarse una noche más, aunque cuatro voluntarios se quedaron en las montañas para acompañarlos.

-“¡Lo consiguieron! ¡Lo consiguieron!”, gritaban eufóricos sus compañeros, mientras sus ojos brillaban de felicidad y, por primera vez en mucho tiempo, las sonrisas adornaban sus caras maltrechas.

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