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El relojero que arregla el tiempo para no "dejarse morir"

Antonio lleva seis décadas en este oficio. Es lo que lo mantiene vital a sus 84 años. Conocé cuál es su secreto.

Antonio Sebastián “Tonchi” Pelz desafía al tiempo. Hace 60 años se dedica a arreglar los relojes que los años y golpes detuvieron su andar. “Acá, mientras más viejos, mejor”, aseguró, entre risas, mientras elige todos los días mantener su comercio abierto para “no dejarse morir”.

El verbo “esperar”, para Antonio, solo es para los relojes que no funcionan. Desde su local en Zapala, les quita el polvo y hace que sus agujas vuelvan al presente sin importar las décadas perdidas. “Es difícil a veces determinar de qué año es el aparato porque no es como el DNI que te dice la fecha, aunque por algún modelo o particularidad uno se puede dar cuenta más a menos de qué década es”, aseguró, al señalar un reloj de la década del 60 que está en su vitrina.

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Si bien la invención de los relojes digitales podría haber sido una amenaza para su oficio, en las últimas dos décadas en Relojería Zapala cada vez entran más aparatos de todas partes de la provincia. La “terapia intensiva” suma cada vez más espacio en la vitrina y su trabajo no cesó “ni siquiera durante la pandemia”.

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Tras varias décadas, Antonio no se arrepiente de la decisión que tomó. Es uno de los comerciantes más antiguos de Zapala y “arreglar el tiempo” lo hizo establecerse y formar su familia.

-> Del camión al tiempo

Los primeros recuerdos de Antonio exponen una localidad casi irreconocible al crecimiento de Zapala de la última década. “Solo había un par de comercios, estaba el ferrocarril y todo descampado”, describió.

A los 14 años, comenzó con los primeros trabajos mientras iba a la escuela. Era ayudante de camionero, oficio que continuó una vez que terminó los estudios. “Hacíamos viajes desde Zapala a Buenos Aires. Tardábamos entre cuatro y cinco días”, dijo, al recordar que hasta Bahía Blanca era toda ruta de ripio.

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A los 20 años, empezó a manejar él ese trayecto y “se hacía interminable”. La velocidad con la que conducía era entre 25 y 30 kilómetros por hora. “Iba de acá a Avellaneda y muchas empresas preferían llevarla por camión porque se ahorraban la carga y la descarga del ferrocarril”, aseguró.

Es que Zapala era uno de las ciudades “pujantes” de la Patagonia, en donde llegaba mercadería de toda la Patagonia y desde el tren o camión partía hacía la capital. “Tendría que haber sido la capital de la provincia porque realmente era muy importante para la zona. Pero bueno, teníamos vecinos que no querían eso, además de que acá no tenemos agua y soplaba muy fuerte el viento”, describió.

Tras varios años de un oficio “duro”, Antonio decidió renunciar y buscar otro empleo en la localidad para poder formar una familia. Los viajes y las ausencias de 15 días o un mes, le imposibilitaba "crear un hogar". Entre los trabajos y las changas que probó, comenzó a trabajar en relojería Los Andes, en la que estuvo seis años y aprendió el oficio.

El cambio de trabajo me ayudó mucho a ordenarme, a hacer mis cosas y a casarme. Estuve cuatro años de novio para dar el sí y después fueron 51 años de matrimonio hermosos”, aseguró.

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-> El reloj que lo mantiene vivo

Antonio fundó en 1966 su comercio Relojería Zapala sobre la calle Olascoaga 460. “Era el único zapalino que tenía la relojería y por eso le puse así”, explicó. Por sus manos pasaron relojes de gobernadores, empresarios, vecinos, comerciantes y amigos. “Recibí de todo y de todos lados. Acá arreglamos todo y por eso han venido desde Neuquén capital a arreglar relojes que allá por ahí no podían”, aseguró.

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Con este comercio logró “construir” una familia, que sus hijos tengan la posibilidad de ir a estudiar, darle tiempo a los relojes históricos y “mantenerse vivo”. Los cuatro hijos que tuvieron están lejos de Zapala: dos trabajan en una petrolera, una hija vive en Roca y la cuarta trabaja en Cinco Saltos. “Y mi compañera falleció hace tres años. Habíamos cumplido 51 años de casados, toda una vida”, se lamentó.

Bajo este contexto, Antonio aseguró: “Este oficio me mantiene vivo. Atiendo a la gente, me muevo, charlo, la paso bien. Todo eso me da vitalidad porque si me jubilo de esto, ya sabemos cómo termino, ¿no?”.

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Si bien a sus 84 años el tiempo le quitó la vista, hace algunas semanas fue a la ciudad de Neuquén a “hacerse una limpieza”. “Ya me habían operado las cataratas y ahora fui a un chequeo. Y todo bien, aún sigo viendo las agujas”, aseguró con tono irónico.

Hace cuatro años que el comercio se mudó a la calle Bartolomé Mitre 127, con el mismo nombre y la misma esencia. Asegura que el secreto de su comercio y de su vida, es siempre moverse. "Es como los relojes, si te detenés, dependés de que te toque un buen relojero y yo no creo tener esa suerte", concluyó.

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