El renacer de una estrella

Hace tan solo dos años, Tiger Woods cumplió con un ritual que llevaba dos décadas, desde que ganó su primer Masters de Augusta en 1997, con apenas 21 años. La estrella del golf, ausente en el certamen de esa temporada castigado por las lesiones y esperando una nueva operación, fue a la Cena de Campeones del torneo y apenas pudo aguantarse la comida hasta el final sentado en su silla, sufriendo por los dolores de esa espalda que lo mantenían fuera de las canchas. Entre los otros grandes de su deporte, Tiger soltó una frase entre sus amigos que en instantes recorrería el mundo: “Estoy acabado para el golf”.

Hace dos años, Tiger anunció en Augusta que “estaba acabado”. Ayer ganó allí su 15º Major de golf.

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Veinticuatro meses después, a pocos metros de ese lugar en el que confesó que se sentía un ex jugador, ayer se abrazó llorando a sus pequeños hijos Sam y Charlie, que solo habían visto su etapa de golfista sufrido y no la que lo llevó a ganar 14 Majors en 11 años para transformarlo en un mito del deporte. Acababa de ganar por quinta vez la mítica chaqueta verde que se pone el vencedor de Augusta. “Quería ganar por ellos. No quería que me vieran perder otra vez”, dijo el norteamericano, que dejó atrás más de una década de fracasos y penurias personales, un divorcio millonario con escándalo sexual, visitas a la comisaría, depresión y un escarnio planetario que habían manchado su imagen para concretar en una cita histórica uno de los regresos más increíbles del deporte mundial. A esa foto del final, con su madre y sus hijos, solo le faltó su padre, Earl, quien murió en 2006 cuando su hijo era el mejor del planeta. Un hombre criado para hacer historia. Incluso a los 43 años, cuando volvió de las sombras para ser otra vez el chico de tapa.

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