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El sepulturero de los muertos sin adiós: "Terminaba un entierro y ya había que preparar otra fosa"

En el Cementerio Progreso tuvieron un ritmo frenético de trabajo durante los momentos más críticos de la pandemia. Hoy, respiran aliviados con 15 espacios disponibles.

Un poco más allá del dolor, se trasluce un atisbo de alegría. En el cementerio de Progreso, y en medio de la pena y un silencio sepulcral, los colores de las ofrendas florales, las cruces decoradas y los cercos pintados de cada tumba se recortan frente a la aridez de la barda y parecen restaurar la vida entre tanta muerte. Y con esa esperanza entre las manos, los trabajadores del lugar se ilusionan con su propio alivio: el ritmo de trabajo cayó de manera abrupta después de las primeras olas de coronavirus y, ahora, parecen haber dejado atrás esas jornadas frenéticas de cavar fosas para muertos a los que nadie despedía.

Javier Huebra es el jefe de la división de operaciones del turno tarde en ese Cementerio, ubicado en el corazón del oeste neuquino. Como ignorando los calores tardíos de marzo, tolera la tela gruesa de su uniforme: unos pantalones y una camisa de jean azul que cubren su cuerpo delgado. Recorre las tumbas más recientes e identifica a algunos de los que están allí enterrados. "Éste era un dirigente conocido; a él lo trajeron de Buenos Aires; para él tuvimos que cavar una fosa doble", dice.

En realidad, está parado sobre el antiguo estacionamiento, en una zona que tuvieron que improvisar como espacio de entierro cuando los muertos se multiplicaban a un ritmo que parecía incontrolable. Llegó el punto en que Javier se cansó de desear que nadie se muera y sólo se animaba a rogar que, al menos ese día, los servicios no fueran más de cinco.

Hace dos años, cuando la cuarentena encerró a todos los neuquinos en sus casas, el fantasma del coronavirus todavía se presentaba como una amenaza en ciernes. Aunque pasaban casi desapercibidos, los trabajadores del cementerio se convirtieron en empleados esenciales, y concurrían a trabajar a un cementerio sin visitantes. Todavía no llegaban pedidos de entierros por coronavirus.

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"Me acuerdo uno de los primeros, que fue uno que lo trajeron de Buenos Aires porque le agarró allá", relata. Por primera vez, tuvieron que enterrar a un muerto que llegaba en ambulancia y no en un coche fúnebre. Y lo hacían solos, vestidos con un mameluco descartable, guantes y barbijo, en medio de un creciente temor por contagiarse de los cajones, quizás mal desinfectados.

A medida que la pandemia avanzaba, también crecía el número de fallecidos. En los primeros meses de 2020, el Cementerio de Progreso recibía uno o dos servicios. A veces ninguno. En plena pandemia, el número saltó a 6 u 8 entierros por día y los jefes del lugar, con el personal diezmado por los contagios, trabajaban a un ritmo imposible para cavar fosas en donde podían, desde las rocas más duras de la barda hasta la propia zona de estacionamiento.

"Se nos complicó porque eran muchos entierros por día, no teníamos el personal suficiente y nadie estaba preparado para esto", dice y agrega que recibieron personal municipal de otros sectores. Entre todos, se las ingeniaban para mantener las tumbas limpias, regar las plantas y contener a los familiares que querían despedirse en medio de las prohibiciones de acceso. Y en medio de esa vorágine, Javier recibía llamados urgentes que le exigían preparar fosas nuevas en media hora.

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"Terminábamos de enterrar a uno y ya teníamos que preparar otra fosa, he recibido matrimonios que murieron por COVID el mismo día", relata sobre los momentos más apremiantes de la pandemia, en un clima de dolor que también generaba tensiones entre las familias. "Los teníamos que enterrar solos, pero a veces saltaban y se te metían, y los tenías que dejar estar", señala sobre las restricciones sanitarias, que se volvían imposibles de cumplir cuando el peso de la muerte ya dolía demasiado.

Llegó un punto en el que el pico y la pala ya no eran suficientes. En las zonas de tierra más dura, usaban un martillo eléctrico que penetraba la roca para hacer más espacio. Otras veces, recurrían a una máquina utilitaria para "marcar" las tumbas que luego armaban los trabajadores con la pala. "Terminábamos fusilados", recuerda.

Como la pandemia afectó sobre todo a la población obesa, muchas veces les tocaba cavar fosas dobles para enterrar los cajones extra grandes, que tienen un metro de ancho. Eso complicaba más su trabajo a contrarreloj: les llevaba dos horas armar un nuevo espacio, pero muchas veces las muertes eran todavía más urgentes.

Los trabajadores del cementerio trabajaban en silencio. Y muchos de los de afuera, en esa negación de ver a la muerte cara a cara, preferían reconocer sólo a los trabajadores de la salud que, exhaustos, salvaban las vidas que podían. Pero los entierros se multiplicaban y ellos, los sepultureros, también estaban agotados, aunque nadie lo advirtiera.

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Para Javier, el avance del plan de vacunación marcó otra etapa en la actividad del cementerio. "Yo al principio no creía demasiado, pero acá lo empezamos a notar", explica. En Progreso, todo cambió: de cavar pozos cada media hora pasaron a tener 15 lugares disponibles, que se liberan cuando se vencen los edictos o por la propia solicitud de los familiares. "Ahora estamos bien", dice, como respirando aliviado.

Aunque ya no afrontan ese ritmo agobiante de trabajo, la propia geografía de Progreso desnuda las cicatrices de un pasado reciente y hostil. "Ya no se va a poder estacionar más, ahora entra el coche fúnebre y todos caminando", dice Javier señalando las tumbas más nuevas, que le rinden tributo a muchos fallecidos por coronavirus.

Ahora que volvieron las despedidas y los autos de las funerarias, ahora que otra vez hay flores y gente para regarlas, ahora que en cada entierro hay dolor pero también más humanidad, a veces también toca un nuevo servicio de coronavirus. Y otra vez las ambulancias, la desinfección, los mamelucos descartables. Pero ya sin desolación, ya sin miedo. Sólo con esperanza por un fin que se vislumbra un poquito más cercano.

Cementerio Progreso- Entrevista

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