El soldado fotógrafo y aquel monumento

Gilberto Godoy recuerda una anécdota alrededor de la estatua que le rinde un homenaje al General San Martín.

Por MARIO CIPPITELLI

Neuquén > Había tantas expectativas sobre la inauguración del nuevo monumento y se habían generado tantos debates sobre la ubicación que debía tener que nadie se percató que los detalles de terminación del enorme pedestal donde se posaría la estatua de bronce no estarían en tiempo y forma para el 12 de septiembre, día del aniversario de la fundación de la ciudad.
La idea del monumento al General San Martín había nacido en Chile en 1859. El gobierno de ese país había encargado una estatua al escultor francés Louis Daumas para homenajear al Libertador de América.
Daumas era un destacado escultor francés que se había especializado en estatuas de caballos. De ahí la idea de que el General San Martín tenía que tener su escultura, precisamente junto a un caballo, como símbolo del cruce de los Andes y de tantas batallas que liberó para la independencia de los pueblos americanos.
Cuando en Buenos Aires se enteraron de la iniciativa de los chilenos, no lo dudaron. Ese mismo año el Gobierno le encargó una estatua similar a la del francés, que fue inaugurada en 1862 en la plaza San Martín (ex Retiro).
Tan espectacular era la obra que muchas provincias solicitaron una réplica para darle un merecido homenaje al Libertador.
Y así fue que para cumplir con ese deseo se enviaron varias réplicas a las capitales de provincias (Neuquén una de ellas) y también a ciudades del extranjero como Madrid, Bruselas, Washington y Montevideo.
Conocida la noticia, en Neuquén comenzó un intenso debate sobre el lugar en el que debería estar emplazado el monumento. Los gobernantes sabían que era necesario construir un pedestal importante para que en la cima descansara la estatua, pero la cuestión era dónde.
“Luego de meduloso análisis y de no menos reuniones de la Comisión Ejecutiva de Homenajes al Libertador General San Martín, se llegó a decidir por el mismo lugar que actualmente ocupa antiquísimo edificio de la Municipalidad de la ciudad, previo desplazamiento del mismo a terrenos previstos a tal objeto”, indica una publicación periodística del 15 de julio de 1950.
Antes de llegar a esa decisión se consultó a vecinos y se examinaron todos los lugares de la ciudad que potencialmente eran aptos para la ubicación del monumento.
 
Expectativa
El 12 de septiembre de 1954, día del aniversario de la capital, la ciudad se despertó entusiasmada por la fiesta que llevaría a cabo para el cincuentenario.
Desde temprano, el soldado Gilberto Godoy, de 20 años, sabía que tendría un día de trabajo.
Beto, como lo llamaban sus conocidos, era ayudante del fotógrafo oficial del Ejército, Luis Peretti, y era el encargado de llevar el trípode y todos los dispositivos necesarios para dejar inmortalizados los acontecimientos importantes de la ciudad. Ese día, particularmente, había que retratar a las autoridades de gobierno, el acto, el desfile cívico-militar que se haría y, por supuesto, el flamante monumento.
Beto había sido designado ayudante de fotógrafo porque en el pueblo siempre andaba tomando instantáneas con una pequeña cámara que tenía. Cuando se enroló en las filas del Ejército, los militares no lo dudaron. Si había que nombrar un ayudante tenía que ser Beto.
De a poco la entonces Avenida Eva Perón (actualmente Avenida Argentina) se fue colmando de gente. Todo el pueblo quería participar en los festejos.
 
La foto
Peretti, hombre muy conocido en la ciudad, montó el equipo frente al flamante monumento, disparó algunas instantáneas y se dedicó a saludar a vecinos y “hacer sociales” con cada uno que venía a saludarlo. Y antes de alejarse del equipo le pidió a su ayudante que tomara alguna instantánea. Y así fue que Beto enfocó la cámara y disparó en dirección norte-sur para inmortalizar aquel día inolvidable.
“El monumento estaba hermoso. Todo embanderado. Lástima que no había fotos en color”, recuerda 59 años después de aquel instante.
En efecto, la foto muestra a un monumento impecable, vestido con los colores celeste y blanco, ofrendas florales y banderas.
Sin embargo, Beto hace una revelación sorprendente. Tanto adorno no tenía un fin decorativo únicamente. Pese a los esfuerzos por terminar la obra en tiempo y forma, los organizadores no alcanzaron a cubrir la plataforma con las piedras blancas y la obra había quedado solamente con ladrillo a la vista, un aspecto demasiado rústico para semejante estatua.
Cumplido el acto, las banderas se retiraron durante los próximos días, se colocó todo el revestimiento de piedra y finalmente el monumento a San Martín quedó impecable, digno de un homenaje a un prócer de la talla del libertador de América.

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