El viudo que descendió a los infiernos
Edith Marín (59) y Ramón Romero (67) tuvieron nueve hijos y toda su familia quedó destruida a partir de la mañana del 28 de noviembre de 2016.
A Edith la mataron de manera salvaje dentro de su casa un asesino con conciencia forense que se encargó de limpiar gran parte de la escena del crimen.
El devenir de la tragedia sumergió a la familia en el pavor, las sospechas y el espanto.
Romero atravesó un calvario y su vida ha quedado boyando en una suerte de infierno. Sus hijas e hijos siguen consternados y sin saber quién mató a su madre y por qué lo hizo. Desde hace cinco años, luchan contra la impunidad, pero saben que es una página muy difícil de sortear.
El horror
La mañana del 28 de noviembre de 2016, Ramón Romero, según informó su patrón a las autoridades, salió de trabajar a las 8:10 de una obra de Parque Industrial donde era sereno.
Manejó hasta su casa ubicada en calle Quesada al 1100 de Villa Ceferino y, al llegar, encontró la puerta principal trabada por la llave, por lo que rodeó el frente para ingresar por la parte de atrás.
Los perros que tenían salieron a su encuentro moviendo la cola. Entró por la puerta de la cocina y, tras dar un par de pasos, quedó impactado con una imagen que todavía no puede borrar de su memoria y que cada tanto se le aparece en sueños lúgubres.
Edith yacía tirada en el comedor, boca abajo, con la cabeza en un charco de sangre. La escena era impactante. Ramón se acercó y la tocó a la altura de la cintura. “Estaba helada”, confió a LMN en una entrevista realizada.
Luego, un vecino que participó como testigo, durante las pericias, le contó que cuando la Policía y los especialistas la voltearon, “tenía el rostro desfigurado”.
Pero en el momento inicial, Ramón llamó a la hija al celular y luego pidió ayuda. Eran las 9:15 de ese 28 de noviembre.
Cuando llegaron los primeros efectivos de la Comisaría Tercera a comprobar lo ocurrido, encontraron a la mujer sin vida y a Romero que barría en forma acompasada con la mirada en la nada, en shock. Fue un cuadro tan dantesco como estremecedor.
De inmediato, un efectivo dio aviso a la fiscalía, al Departamento de Seguridad Personal y Criminalística, mientras otros realizaban un perímetro de seguridad para que no se invadiera la escena del crimen.
“Cuando me llamaron al trabajo, me dijeron que había pasado algo con mamá. Imaginé que se había descompensado y caído. Salí de inmediato para allá y me encontré con todo un cerco policial y no me dejaban entrar a ver qué había pasado. Mi papá no podía completar las frases. Fue terrible”, describió Priscila, hija del matrimonio, en diálogo con LMN.
Mientras sus hijos iban llegando, había una primera hipótesis del hombre que había devenido en viudo. Ramón pensó que Edith se había descompensado y, al caer, su cabeza golpeó con fuerza contra el suelo, provocándole la muerte.
Pero esa hipótesis se desvaneció cuando arribaron al lugar el médico forense y personal de Criminalística. La causa para la familia tuvo un giro de 180 grados.
Edith presentaba marcas de ahorcamiento que se sumaban a la fractura craneofacial que quedó a la vista ni bien giraron el cuerpo. La autopsia develó que la mujer no tenía una sola marca defensiva; luego, con la inspección ocular de la vivienda, se develaría un escenario aún más complejo.
Los vecinos aseguraron a los policías que los perros del matrimonio esa noche no habían ladrado en forma desesperada como para advertir que ocurría algo extraño. Incluso, no se encontró ninguna abertura de la casa forzada. Las sospechas decantaron sobre el círculo familiar casi de inmediato.
El supuesto accidente doméstico había mutado a un homicidio.
Un río de sangre
El Cuerpo Médico Forense avanzó con la autopsia y estableció la hora de muerte entre las 8:30 y las 9 de la mañana de noviembre.
Criminalística, por su parte, realizó un minucioso abordaje de la vivienda donde el olor a lavandina imperaba. Por ese motivo, decidieron utilizar el reactivo bluestar, que permitió descubrir grotescas manchas de sangre que habían sido limpiadas.
Había una particular mancha de arrastre que iba de la cocina al comedor y que permitió reconstruir la dinámica del trágico desenlace.
Además, se recuperó un pelo en la zona palmar de una de las manos de la víctima que no le pertenecía, por lo que se intuyó que era de su agresor y se envió a analizar.
Tras despedir los restos de su esposa, Romero, todavía consternado, recibió un llamado de la Policía donde lo citaron en Seguridad Personal para restituirle la llave de la casa, que había quedado a resguardo por una cuestión de protocolo dado el caso de que fueran necesarias nuevas pericias.
El viudo fue hasta la oficina ubicada en calle Mendoza entre Alderete y Ministro González. Allí, los policías le notificaron que quedaba detenido por el asesinato de Edith Marín, su esposa.
Romero no entendía nada y sus hijos, menos. La familia estaba siendo arrasada por un tsunami de emociones que los desbordaba por completo.
El hombre quedó incomunicado y recién volvió a cruzar palabra cuando los defensores oficiales Fernando Diez y Leandro Seisdedos se hicieron cargo de la causa.
Golpe de escena
El 2 de diciembre de 2016, Romero entró a la vieja sala de audiencias de calle Irigoyen vistiendo una camisa a cuadros azul, un jean y unas zapatillas deportivas azules, tal como había ido a despedir al cementerio los restos de su esposa.
Estaba taciturno, cabizbajo y notablemente cansado; pese a ello, escuchó al detalle la descripción de los hechos que hizo el entonces fiscal a cargo del caso, Maximiliano Breide Obeid.
La reconstrucción rescatada es textual de la audiencia y la hizo el fiscal a la luz de las dinámicas que intercambió con los pesquisas de Seguridad Personal.
“Romero, al llegar esa mañana a su casa, encontró la puerta principal trabada por la llave de su esposa, por lo que fue por la parte de atrás. Los perros no ladraron porque quien entró era conocido”, detalló el fiscal.
Esa llave en la cerradura habría sido el detonante, aunque a la trama luego se sumaran elementos más lúgubres.
El resto de los hechos se desarrollaron en un lapso de 30 minutos, siempre siguiendo la principal y única hipótesis de la fiscalía.
Tras ingresar a la casa por atrás, “Romero golpeó a Marín en la cocina, trasladándose al comedor, donde la tiró boca abajo y le golpeó la cabeza contra el piso y contra la pata de un sillón. Esos golpes le produjeron a Marín la fractura de la nariz y un pómulo. Luego, el hombre tomó una camisa suya, la pasó por debajo del cuello de su esposa, la anudó y la ahorcó hasta asfixiarla, lo que le terminó provocando la muerte”, detalló Breide.
Para la fiscalía, Romero limpió con lavandina los rastros de sangre que habían quedado en la cocina, el comedor y el sillón. Se dirigió al baño, se lavó y secó las manos, y luego llamó a una de sus hijas, a quien le contó que había encontrado a su esposa muerta, y después a la Policía.
“La escena del crimen fue modificada”, sostuvo el fiscal mientras mostraba las imágenes de la casa con los resultados de las pruebas de luminiscencia que realizaron los de Criminalística.
A esta versión se sumó el dato de que en 2005, once años antes, Marín había denunciado a su esposo por golpearla a ella y a sus hijos, y hasta pidió la exclusión del hogar.
Con todos estos elementos, la fiscalía lo acusó por el delito de homicidio agravado por el vínculo: femicidio.
El ex juez Diego Piedrabuena aceptó los cargos y dictó la prisión preventiva por un plazo de cuatro meses.
Romero fue derivado la Comisaría 46 de Plottier y luego a la U11, la cárcel más grande de Neuquén, donde respectivamente solo tendrían que estar personas condenadas.
“No conocíamos a nuestros padres”
Priscila recordó aquellos duros y angustiantes momentos que vivieron con sus hermanos. La madre asesinada y el padre a las puertas de un juicio por jurados acusado de femicida.
Shockeados por los hechos, se les consultó si su mamá tenía un romance, porque ese habría sido el presunto disparador del ataque.
Mal que pese, en una investigación criminal es sumamente importante reconstruir toda la historia de vida y detalles de la víctima, lo que se denomina victimología. Esta tarea obviamente que irrita y molesta mucho a los familiares, más en un caso donde los involucrados son una pareja.
“Mi vieja fue una persona excelente. Fue todo tan terrible, que llegamos a pensar que no conocíamos a nuestros padres y hasta dudamos de ellos”, reconoció la joven.
Hubo momentos en que los hijos y las hijas charlaban entre ellos y trataban de buscar algún evento o conversación que no hayan advertido y que fuera clave para entender los sucesos que describía la fiscalía. Pero nada les terminó de cerrar y todos permanecían sumergidos en un ruido blanco.
Una imagen salvadora
Cinco días después de la acusación, el 7 de diciembre, el tribunal integrado por Dardo Bordón, Ana Malvido y Carolina García rechazó por mayoría la decisión del juez Diego Piedrabuena y dejó sin efecto la prisión preventiva.
“No se puede detener para investigar, hay que investigar para detener”, indicó en la audiencia el defensor Leandro Seisdedos.
La fiscalía explicó que había riesgo de que Romero interfiriera en la investigación y los testimonios de sus hijos, pero la jueza Ana Malvido destacó: “Estamos resolviendo sobre la necesidad o no de la prisión preventiva para este período de investigación”. Y ordenó que le saquen sangre para las pericias de ADN, a la espera de las muestras que se habían remitido.
Ya en su casa, Ramón supo que estaba condenado socialmente como un femicida. Las miradas en el vecindario lo decían todo.
“En la U11, mi papá vivió cosas horribles. Nos contó que los policías lo provocaban para que les pegara, pero por suerte mi viejo no reaccionó nunca a las agresiones. Fue terrible todo lo que soportó”, describió Priscila.
Romero aguardó el avance de la investigación mientras le daba una y mil vueltas al tema tratando de encontrar una respuesta.
En paralelo, Diez y Seisdedos trabajaron en busca de elementos que pudieran revertir la acuciante situación legal del viudo.
El defensor oficial Fernando Diez todavía tiene muy presente en su memoria el hallazgo salvador. “Recuerdo que nosotros conseguimos como cuatro o cinco cámaras que mostraban que Romero iba manejando en el horario en el que los forenses estimaron que se produjo la muerte (entre las 8:30 y las 9). De hecho, la cámara que lo toma marca las 8:58, por lo que en esos dos minutos nunca pudo haber llegado a la casa, cometido el crimen y limpiado toda la sangre que descubrieron en el lugar”, indicó Díez.
Para el defensor, visto ahora y a la distancia, hubo algunas interpretaciones antojadizas de parte de la fiscalía, “como suponer que porque se puso a barrer era el homicida”. “La gente hace cualquier cosa cuando está en estado de shock. Lo cierto es que no había nada de prueba concreta y sumamos la imagen de él manejando, por lo que fue sobreseído”, confió.
Diez no deja de lado el contexto histórico que atravesaba el país y la provincia en ese entonces. Era el segundo año donde las marchas del #NiUnaMenos habían copado las calles, y tener un femicidio sin esclarecer quemaba.
“Entendemos, en ese contexto, que el error de la fiscalía fue hacer una investigación muy centrada en el esposo de la víctima. Eso los llevó a dejar de lado otras líneas, y lo que no se investiga en su momento después es muy difícil retomarlo”, concluyó Diez.
El 28 de marzo de 2017, a cuatro meses del crimen de Edith Marín y a pedido de la fiscalía, se realizó una audiencia en la que se solicitó al juez Cristian Piana el sobreseimiento de Ramón Ramos.
El ADN del pelo encontrado no se correspondía con el viudo y la imagen de la cámara que consiguió la defensa derrumbó la trama del femicidio por completo.
En el camino, la fiscalía ya había descartado la hipótesis de un ex yerno y luego la de un vecino que supuestamente acudía, cada vez que se iba Romero al trabajo, a charlar con Edith. Esa fue la punta del ovillo que tejió la trama de un romance clandestino. Lo cierto es que ese vecino nunca más apareció, cosa que aún les llama la atención a los defensores de Romero.
Modificaciones estructurales dentro del Ministerio Público Fiscal llevaron a que la causa fuera heredada por el fiscal en jefe Agustín García, que asumió el cargo a fines de 2017.
Lo último que se hizo en la causa fue explorar la hipótesis de unos jóvenes del barrio Villa Ceferino que podrían haber entrado a la casa de Marín y la terminaron matando en un intento de robo por el cual luego se dieron a la fuga. Pero esa línea de investigación quedó en la nada porque no se detectaron faltantes en la casa de la víctima, y que no hayan ladrado los perros sigue siendo un dato que da a entender que quien asesinó a Edith fue alguien que ya había estado en esa casa antes y en repetidas oportunidades.
“Queremos saber qué pasó”
“No voy a estar tranquilo hasta que sepa quién fue la persona que ingresó a mi casa y destruyó a mi familia. Espero que lo encuentren”, dijo en su momento Ramón.
Van cinco años y medio, y del crimen de Edith no hay una sola pista. Salvo que alguien se quiebre y brinde un dato clave o, en el mejor de los casos, el asesino se entregue, el homicidio transitará por el oscuro camino de la impunidad y el olvido.
“La causa no se ha movido nada. ¿Dónde está la justicia?”, preguntó Priscila.
“Hace poco murió mi hermana de un cáncer que la acechó durante 13 años. En nuestra familia todo parece ser dolor y nadie nos da una respuesta. Quiero saber qué pasó con mi mamá, porque el que la mató se tomó hasta el tiempo de limpiar la casa. ¿Cómo no se encontró nada?”, sigue Priscila realizando preguntas que carecen de respuestas hasta ahora.
Pese a todo esto, “somos conscientes de que el crimen de mi vieja podría quedar impune, pero vamos a seguir luchando para que haya justicia y mi papá tenga paz”, concluyó la joven.
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