Su mamá Sara contó alguna vez, emocionada, que cuando lo llevaba de la mano a las prácticas de Don Bosco por las calles polvorientas de Zapala, el pequeño Marcos le prometió: “Voy a jugar en la selección argentina”. Vaya si el Huevo le cumplió a esa señora que dio todo por él. No solo llegó a lo máximo a lo que puede aspirar un jugador, sino que no deja de sorprender con la soltura y la seguridad que muestra en el campo de juego con la camiseta celeste y blanca que tanto les pesa a otros. Lo hace todo tan natural que parece que estuviera jugando en la canchita del barrio, la de la vuelta de su casa, donde empezó a tirar firuletes y a soñar en grande.
No cabe duda de que ayer el zurdo del Sporting Lisboa se ganó el puesto con su sólida actuación. Scaloni lo puso por primera vez en el equipo titular en esta Copa América y Marcos le aportó a la selección lo que necesitaba: mayor equilibrio, otro ritmo. Pero hay un trasfondo, un mensaje que deja esta increíble historia que protagoniza el héroe regional para los más pequeños. La enseñanza es para aquellos que empiezan a dar sus primeros pasos en el más popular de los deportes, en nuestras canchas. Los milagros existen, los sueños se hacen realidad. No hay utopías ni barreras cuando se está decidido a luchar por lo que se ama. Y si no, que lo diga el propio Acuña.
La increíble historia de Acuña es el mejor incentivo para los pibes de la región que sueñan en grande.
“Les digo que es posible. Que los chicos de Lifune traten de ser ellos y luchen por su sueño. Que disfruten del fútbol, es algo que te sana el alma. Yo siempre quise ser jugador”, fue el alentador consejo que el hoy por hoy neuquino más famoso envío vía LMN cuando llegó por primera vez a la selección. Esa en la que casi tres años después sigue disfrutando de su Huevo.


