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La Mañana Ávalos

En el nombre del padre: Asunción Ávalos y su pacto con Dios

Con 88 años, peregrina luchando contra la impunidad de quienes desaparecieron a su hijo hace 19 años. Presiente que está cerca de lograr algo parecido a la justicia. Asegura que tiene todo "arreglado con el de arriba".

Mañana (domingo) es el Día del Padre y don Asunción Ávalos, de 88 años, hace 19 años que vive esa fecha con angustia y una tristeza singular. Si bien brinda con sus otros hijos, a uno, Sergio, se lo arrebataron el 14 de junio de 2003 dentro del boliche Las Palmas.

Este es el lado B del caso Ávalos. Este es el costado residual de las historias del crimen, el que a los fines legales e investigativos no trasciende.

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Dicen que la fe mueve montañas, pero quien conoce a don Asunción sabe que, si la montaña no se mueve, él va ir caminando, la va a escalar y la va a trasponer.

Asunción sabe que en esta búsqueda va su vida, por lo que eso de sangre, sudor y lágrimas lo conoce muy bien.

Está convencido de que sus querellantes, Sergio Heredia y Leandro Aparicio, a los que persuadió con humildad y obstinación, están a punto de develar la trama de impunidad y lograr un hecho histórico: la imputación, por parte de la Justicia Federal, de todos o gran parte del círculo de poder de Las Palmas, el personal de seguridad y civil que estuvieron y están vinculados a la desaparición de su hijo Sergio.

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El duro oficio de hablar

Como versa Serrat, don Asunción es “un azote en el alma que te empuja a correr, un eclipse total de la razón”. Es un padre que emociona, conmueve, entusiasma y contagia.

“Nunca me preparé para esta lucha ­—¿quién podría?— y estoy perdiendo el miedo a los micrófonos”, contó mientras les hablaba a los vecinos de Picún Leufú en la plaza San Martín al cumplirse 19 años de la desaparición de Sergio, el primer Ávalos que se aventuraba a estudiar en la universidad.

Es cierto, a don Ávalos nunca le fue fácil hablar, aunque en confidencia me ha relatado decenas de historias y anécdotas. “Cuando quiero hablar, me hago una idea clara de lo que quiero decir, pero después no me sale la voz”, reveló, hizo una pausa breve y, luego de sonreír, agregó: “Por suerte están las muchachas y los muchachos que cuando estoy en esa situación gritan ‘¡Ávalos! Presente. Ahora y siempre’. Muchas veces después de eso, empiezo a mover la boca, me escucho la voz y arranco”.

Ese pánico escénico contiene en sus fibras más íntimas la traumática salida de su vida de Sergio, un hijo de tan solo 18 años que aspiraba a ser administrador de empresas en la Universidad Nacional del Comahue, pero en Las Palmas frustraron su carrera y su vida.

“Por más que se me hace un nudo en la garganta a la hora de hablar, llegó un momento en que decidí que tengo que hacerlo, aunque cueste”, aseguró convencido.

Cada vez que don Asunción toma un micrófono, lo hace con mayor claridad. “Aunque a veces me pongo en blanco”, aceptó este padre luchador.

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Las muertes que guían

Margarita, la mamá de Sergio, no pudo con tanta tristeza. Así como Asunción sacó fuerzas y coraje para plantarse ante quien fuera, Margarita no lo soportó.

“La tristeza se la llevó a mamá. Por más que tuviera a sus otros hijos y nietos, al faltarle Sergio fue como que le arrancaron la vida”, dijo Mercedes, hermana de Sergio, en una de las tantas charlas que mantuvimos.

El sábado 16 de octubre de 2010, Margarita agonizaba en una cama del hospital Heller. Faltaban horas para el domingo, Día de la Madre, pero se fue.

Sergio no llegó para el Día del Padre en 2003 y Margarita se iba a horas del Día de la Madre en 2010. Estas fechas, supuestamente festivas y llenas de reencuentros, están grabadas a fuego en la vida de los Ávalos.

“Cuando mamá murió, le estaba dando la mano a papá y le dijo: ‘Quedate tranquilo que voy a estar bien, lo vi a Sergio’”, recordó Mercedes.

Don Asunción, tiempo después, me confió: “Ese día me convencí de que Sergio estaba muerto. Yo por eso les pido que me den una señal para que me ayuden a encontrar el cuerpo de Sergio”.

A la espera de esa señal, Asunción continúa su incansable marcha.

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A cuchillo

Cuando la causa de su hijo estaba por prescribir en la Justicia local, Ávalos trabajó junto con el abogado querellante Virgilio Sánchez para que escalara a la Justicia Federal.

No fue fácil, como nada lo ha sido en la vida de Asunción, pero a fines de 2014, la Corte Suprema de Justicia de la Nación ordenó que se investigue el caso como desaparición forzada de persona, delito que no prescribe. Un bálsamo para tanta pena y dolor.

Asunción viajó a Roca para acompañar a la familia Solano en el juicio que se desarrolló en 2018 y allí conoció a sus actuales querellantes.

Sergio Heredia y Leandro Aparicio fueron los abogados de Gualberto Solano, padre de Daniel Solano, un joven de Tartagal, Salta, que había viajado para trabajar en la cosecha y que la noche del 5 de noviembre de 2011, fue a un boliche en Choele Choel y la Policía rionegrina lo asesinó y desapareció. Casi un calco del caso Ávalos.

Heredia, vecino de Gualberto en dicha localidad salteña, viajó hasta Río Negro y asumió la querella junto con el bahiense Aparicio.

El 1° de agosto de 2018, la Justicia rionegrina condenó a siete policías por homicidio agravado por alevosía por ser cometido por un funcionario público.

“Creo que fue el primer día del juicio, que fue en Roca, que lo vi a Asunción. Estaba sentado en primera fila y la jueza le descubrió que tenía un cuchillo verijero en la mochila. Se paró la audiencia. Había un arma en la sala. Don Ávalos se paró, se presentó y le explicó a la jueza que vivía en una chacra, por eso estaba acostumbrado a llevar el cuchillo para todos lados. Pidió disculpas y le dijo que se había olvidado de sacarlo de la mochila. La jueza, que era una mujer muy firme, le tomó hasta cariño a don Asunción y le dejó el cuchillo”, recordó Aparicio.

Heredia, por su forma de litigar, llamó la atención de Asunción que, sin decir nada, todos los días aguardaba al letrado a la salida de la sede judicial de Roca.

“Un día se me acercó una mujer y estaba muy enojada conmigo: ‘¿No ve que don Ávalos lo espera todos los días para que usted hable con él?’. Ante eso, fui y le pregunté si eso era cierto y lo terminé llevando hasta Choele, porque yo me quedaba en la iglesia de pueblo en una habitación que me había prestado el cura. Esa noche nos comimos un locro, charlamos y me pidió que sea su abogado y yo le dije que no”, detalló el abogado salteño.

Con el tiempo, finalmente Heredia y Aparicio tomaron la causa porque don Asunción conmueve y obliga.

Tiempo en soledad

A don Asunción le gusta pasar mucho tiempo solo en su chacra, que está a unos 5 kilómetros de Picún. “No rechazo compañía ni nada por el estilo, pero íntimamente me gusta estar solo y pensar”, aseguró.

En esa chacra de casi 10 hectáreas iba a cumplir el sueño de trabajar con Sergio, que se iba a encargar de la administración una vez que se recibiera.

“Antes de que se fuera a la universidad, hasta le habíamos puesto un nombre, estuvimos acomodándolo para que fuese más corto y quedó Conesfe, de constancia, esperanza y fe”, detalló Ávalos, que me mostró un banner que hizo años después de la desaparición para bautizar el lugar.

Mientras recorríamos la chacra, vi que había unos tres autos viejos que parecían abandonados. Pero me explicó que está por dejar listo uno para moverse “por acá nomás”. Para esa tarea ha contado con la ayuda de algunos jóvenes amigos que supo hacer en este difícil camino que le tocó en suerte.

“Tenía el invernadero armado, había alfalfa, acelga y papa, pero cuando desapareció Sergio todo se vino abajo”, reconoció, mientras miraba toda esa tierra seca y llena de yuyos que en algún momento creyó poder convertir en un vergel.

Después de la muerte de Margarita, lentamente se fue instalando en la chacra, donde lloraba en soledad. Acondicionó el galpón que tenía para guardar la producción y se hizo una pequeña habitación donde tiene cocina con gas envasado, una heladerita y un pequeño televisor.

Aunque parezca un absurdo, una vez lo asaltaron mientras se preparaba unos mates. Ocurrió hace un par de años.

“Escuché una voz cerca y dejé el mate quieto porque lo estaba zarandeando para sacarle al polvo a la yerba. Creía que venía de la calle, porque acá se escucha todo, pero cuando me di vuelta tenía a un tipo con el rostro cubierto que me decía ‘vamos, viejito, dame la plata’. Yo no tenía nada y lo miré fijo a los ojos. Me sacó el celular y ahí aproveché a tirarle la yerba en la cara. Salió corriendo y cuando lo quise perseguir se había subido a una camioneta negra nueva, ¡podrá creer!”, relató, reconstruyendo con su cuerpo los movimientos realizados en ese duelo con el ladrón.

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Luego, abandonamos su humilde piecita y, cuando salíamos del galpón, me explicó: “Estoy esperando que pase el frío para poder hacer un comedor y una cocina, tengo las chapas y el machimbre”.

“No me gusta que me vean como estoy viviendo porque van a creer que estoy mal. Yo no necesito de mucho y todos los días en la chacra tengo algo para hacer”, explicó mientras les daba de comer a unos perros cachorros que le hacen compañía.

La verdad es que don Ávalos vive de manera humilde y muy precaria. Son pocos los que lo ayudan, pero a él no le interesa, solo le importa lograr justicia.

El pacto

La fuerza de Asunción está en su fe y en esa búsqueda sin tiempo que lleva adelante. Aunque sabe de su finitud, confía.

“Toda la fortaleza que tengo se la debo a Dios, al igual que la confianza en que en algún momento se va a saber qué fue lo que le pasó a Sergio. Yo le rezo mucho a Dios”, aseguró de una manera que nos interpela.

Luego, se arrimó y me confesó: “Tengo un pacto Dios –sus ojos brillaron y su voz se entrecortó–, yo le pedí que él me ayude a conseguir justicia y después me voy a reunir con Margarita y con Sergio”.

Su pacto estremece, y no tarda casi nada en anunciar con una sonrisa que desafía al tiempo: “Mientras tanto, yo voy a seguir acá, firme”.

La causa Ávalos, tal como lo afirma Heredia, “está esclarecida”, pero el letrado se guarda las aclaraciones para darlas ante la fiscal federal.

La querella trabaja en silencio, recorriendo cientos de kilómetros, reconstruyendo un pasado a partir de memorias vivas, folios amarillentos, sumando voluntades y testimonios que quieren corregir la historia para que se pueda desentrañar lo ocurrido con Sergio.

Después de las testimoniales que tomarán entre 10 y 15 días, podría sobrevenir un vendaval de imputaciones y detenciones vinculadas al círculo de poder de Las Palmas, militares, policías y civiles que trabajaban en el boliche donde asesinaron y desaparecieron a Sergio. El pacto de don Asunción parece estar socavando el pacto de silencio de los esbirros de Las Palmas.

“Después de eso (las imputaciones y detenciones), nos quedará a la familia seguir buscando su cuerpo y yo tendré que cumplir con mi parte del pacto”, concluyó don Ávalos, mientras miraba al horizonte sabiendo que el reencuentro no está tan lejos.

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