Entre verdades y panqueques

La semana pasada era Dios. El genio del fútbol. Hoy (mejor dicho desde el martes) muchos de quienes lo elogiaban con esos quizá exagerados conceptos lo tildan de amargo y pechofrío. No resisten archivos. Por suerte están las redes sociales y muchos de los tuits quedan como prueba y dejan en evidencia a buena parte de la opinión pública que acomoda sus enfoques a los hechos de manera inescrupulosa y oportunista. Hablamos de hinchas comunes y también de comunicadores sociales, con el agravante de que estos tienen otra responsabilidad y deberían ser más objetivos y cuidadosos, al margen de que lo expresen a título personal y sin responder a los medios a los que representan.

Panqueques, como los héroes del 86 bautizaron a quienes antes de la conquista del Mundial de México los habían defenestrado, hubo siempre. Y cada vez son más, lastimosamente para los que creemos y defendemos un periodismo confiable (hasta hace unos años el “salió en el diario” o “si lo dice el diario” era palabra santa capaz de acabar con cualquier discusión) .

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Vergüenza ajena dio cómo muchos que lo elogiaban salieron a matar a Messi. Lio no es Dios.

Pero detrás de las miserias hay también verdades que no se pueden esconder. Que a Lio Messi le falta carácter en las finales o partidos decisivos es una de ellas. Que en la adversidad le cuesta actuar como un verdadero líder, otra. Que debió haber dado la cara en la fatídica noche de Anfield, totalmente cierto. Que se pareció al Messi de Argentina. Que, en esos aspectos, está lejos de Maradona. Que...

Igual, fue siempre así y difícilmente vaya a cambiar. Lo más fácil y lo que más vende es caerle al mejor jugador del mundo. Lio no es Dios, sépanlo. Lio es humano. Lio es un crack.

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