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Es enfermera, tuvo Covid y le pone garra a la segunda ola

Micaela Baldes trabaja en la primera línea del Castro Rendón, sufrió el contagio, luchó con los autoconvocados y hoy le hace frente a una nueva batalla.

Al lado de la palabra “guerrera” del diccionario, tendrían que poner la foto de la enfermera Micaela Baldes y muchas de sus colegas, que eligieron dar batalla a la pandemia en la primera línea del Castro Rendón, sufrieron los síntomas en carne propia al contagiarse, salieron a luchar con los autoconvocados y hoy le ponen garra a la segunda ola, sin perder nunca el amor por su trabajo.

Micaela es oriunda de Zapala y supo desde muy chica que quería ser enfermera. Lo sentía cada vez que iba al hospital a acompañar a su abuela y se quedaba mirando con admiración a la gente que trabajaba ahí. De grande, se vino a Neuquén y cursó la carrera en la Universidad Nacional del Comahue.

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En diciembre de 2019, cuando era una más en el equipo de clínica médica del Castro Rendón, escuchó por primera vez que en la tele hablaban del coronavirus. Poco después, sus jefes les avisaron que tenían que prepararse porque el hospital de mayor complejidad de la provincia iba a ser el frente principal de lucha contra la pandemia.

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El área de clínica médica se reestructuró para atender casos graves de Covid y les dieron la opción a los enfermeros de cambiar de sector si no se sentían listos. Algunos prefirieron irse. Micaela y varias de sus compañeras eligieron quedarse a dar batalla en la primera línea.

“Era todo nuevo, porque había cosas que ya manejábamos de pacientes en aislamiento de contacto y esto era de contacto respiratorio, que era más extremo”, recordó.

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En el servicio, habían tenido antes un paciente con una enfermedad por priones, conocida como “el mal de la vaca loca”, que requería un aislamiento parecido al del Covid, pero no estaban acostumbrados a cuidados tan críticos.

Micaela contó que les indicaron que llegarían enfermeros especializados a ayudarlos “y lo veíamos difícil, así que exigimos nosotros capacitación e hicimos rotaciones; yo roté cinco días por la terapia intensiva del primer piso, que son pacientes no Covid, que con eso teníamos algo de preparación y después fue aprender a los ponchazos”.

“Teníamos la base para un paciente adulto, pero nos faltaba sobre cuidados críticos y más con esta complejidad”, precisó.

Con el correr de los meses, las 23 camas de la terapia Covid no alcanzaron y llegaron a atender 25. En el mismo piso, había además otros 10 lugares de terapia intermedia asignados a la pandemia.

A Micaela le tocó ver cómo crecían los casos y los mismos trabajadores del hospital se contagiaban. En agosto, ella también se enfermó.

“El día que me contagié, estaba con una guardia nocturna, ingresé a una habitación poco más de una hora y al salir me sentí congestionada; ya teníamos una compañera aislada como caso sospechoso y con ella habíamos compartido guardia, así que enseguida supe”, relató.

Al día siguiente, se despertó con dolor de garganta y se aisló para hisoparse. Antes de que le confirmaran el positivo, ya había perdido el olfato y el gusto.

Comentó que no sintió miedo por ella, pero sí por su pareja, que es fumador, e inevitablemente se contagió. Ambos pasaron horas críticas. “Estuve más de 20 días enferma y la ART y Epidemiología del hospital te daban el alta a los 10, pero yo iba por el 12 y seguía con falta de aire”, detalló.

Cuestionó que “el grupo de chicas del área que se contagió no tuvo ningún seguimiento y mi pareja ni siquiera figuró como contacto estrecho; nos tuvimos que cubrir nosotros con una conocida que controlaba nuestros síntomas, porque él había momentos en que saturaba y estaba con fiebre y había que evitar la internación”.

De la primera ola de Covid, lo más difícil que vivió fue acompañar a los pacientes que se despedían de sus seres queridos para entrar en coma, sin saber si iban a volver a despertar. “Fue lo que más sufrí, porque había jóvenes que se tenían que comunicar para decirles que los iban a dormir y ahí dependían de nosotros y era doloroso pensar que quedaban entre la vida y la muerte”, confió.

Indicó que “una cosa es que llegue el paciente intubado y otra darle la mano, decirle que sea fuerte y que le dé la noticia al familiar”.

También tuvimos compañeros que perdieron a sus padres y hermanos y los atendimos en el área Covid, que fue muy difícil, porque ante la muerte uno no sabe cómo reaccionar y un compañero es como tu familia”, agregó.

Aclaró que, a esta altura, en el equipo hay cansancio, porque llevan dos meses de reclamo por sus salarios como autoconvocados, pero ninguno piensa en bajar los brazos. “Psicológicamente, haber pasado por la primera ola nos preparó para hacerle frente a la segunda y se armó un grupo de trabajo muy unido, donde tratamos de canalizar lo que nos pasa, ayudarnos y compartir los miedos y preocupaciones”, remarcó.

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Dijo que el principal temor hoy “es que estamos en un conflicto en salud que puede jugar en contra porque, ahora, en terapia intermedia, hay una cantidad de eventuales que cubren la terapia intensiva por el personal que está con medidas de fuerzas”.

“Hay 10 camas de terapia Covid porque es lo que puede llegar a atender un terapista y tenemos enfermeros, pero son pocos terapistas para la cantidad de camas”, señaló.

Durante el verano, cuando la demanda disminuyó, todo el quinto piso se reestructuró otra vez y se mejoró la infraestructura. Además, el personal está vacunado con las dos dosis contra el Covid.

Sin embargo, Micaela recalcó que no están seguros de que esta vez el recurso alcance “y por eso le diría a la gente que lavarse las manos o dejar de compartir el mate es algo pequeño pero súper importante, porque no hay certeza de que podamos cubrir a toda la población en esta segunda ola”.

Subrayó “que no dejen de cuidarse, porque las reuniones y las citas pueden quedar para otro momento y no sabés cuándo te va a tocar estar llamando por teléfono a tus familiares para despedirte”.

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