Hasta la eternidad, Indio: se fue el héroe de nuestro propio lío
Despedida a un mito popular, un poeta, un fenómeno argentino, un faro en la oscuridad.
Pasó a la eternidad mi héroe en este lío y afloran los recuerdos desde lo más profundo. Comencé a escuchar Los Redondos por JiJiJi, el disparador del pogo más grande del mundo, un espectáculo que todo ser humano con sangre caliente en las venas debería ver al menos una vez en su vida. Eran los mediados de los ’90, la banda se empezaba a construir como mito y el mayor fenómeno de masas que ha parido la cultura argentina, tierra vasta en ídolos populares.
Cuando se apagaba la llama futbolística del Diego, se encendía el fuego del Indio Solari en millones de almas adolescentes empobrecidas, hacia el final de una década oprobiosa. Parafraseando al Indio, el papel picado de las privatizaciones menemistas ya no alcanzaba para tapar toda la mierda que afloraba de un modelo económico que expulsaba laburantes del sistema a un ritmo desolador, cruento.
En esa oscuridad, el Indio fue un faro, por su música, por su voz diferente a todas que maridaba a la perfección con la guitarra quirúrgica de Skay, por sus letras herméticas, por su postura política. Una estrella de rock a contramano, líder de una banda con un nombre raro. Un pelado de camisa a cuadros, ya entrado en los 40 años, que le escapaba a las sirenas de la televisión y a los flashes. Pero con una potencia intelectual, una palabra cultivada y una lectura sociológica y contracultural que lo distinguía del resto.
La prohibición en Olavarría
La primera vez que iba a ver a Los Redondos fue un sueño acribillado. El intendente de Olavarría, Helios Eseverri, prohibió los recitales que Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota iban a dar en agosto de 1997.
De manera intempestiva, ante el temor de un aluvión de hordas salvajes que arreciaran con la apacible vida de la ciudad bonaerense, el caudillo radical decretó la prohibición cuando cientos de ricoteros ya empezaban a arribar al lugar.
Para contener a la frustrada legión de fans, la banda dio la única conferencia de prensa televisada en su historia. Fue la oportunidad para que nuestros viejos comprendieran la dimensión de la figura del Indio Solari y desarmaran prejuicios.
"Ya tenemos la suficiente edad para, en vez de bajarles línea a los chicos, escucharlos. Porque en sus nervios hay mucha más información del futuro que la que tipos de nuestra edad pueden tener para aconsejarlos. Esto es de ellos. Nosotros hacemos canciones y la banda es de ellos. Yo estoy más para escucharlos”, dijo ante las cámaras de Crónica TV en vivo.
Meses después, en Tandil, tuvimos revancha con mis amigos Martín y Guille, en un inolvidable recital pasado por agua en el Estadio San Martín.
La banda arrastraba un estigma de violencia derivada del asesinato de Walter Bulacio, de 17 años, en abril de 1991, tras haber estado detenido y brutalmente golpeado por agentes de la Policía Federal Argentina durante una redada arbitraria en las inmediaciones del estadio Obras Sanitarias, a la salida de un recital de Los Redondos.
Fue el germen de enfrentamientos entre la Policía y los fans, que derivó en que la banda dejara de tocar en Capital Federal y empezara a hacer recitales una o dos veces al año en ciudades pequeñas del interior, sin incidentes.
La manifestación de una Argentina que se desangraba
En los 90, asistir a un recital de Los Redondos era una aventura, un lugar de comunión, una invasión pacífica de pueblos, que luego derivó en riesgosa. No era otra cosa que la manifestación de una Argentina que se desangraba.
A medida que crecía la marginalidad, el público de Los Redondos se iba masificando como refugio a la violencia de una economía que devastaba las bases de la sociedad argentina, que sólo tenía como respuesta del Estado la represión. Y ahí estábamos todos en el mismo lodo, desde los chicos y chicas de los barrios más desangelados, pasando por lo que quedaba de una clase media desvencijada, hasta pibes más acomodados.
Con el estallido de 2001, ya entrado este siglo, se terminó la banda, que entendía que el fenómeno los excedía en un país que era un polvorín. El Indio volvió a refundar su mito como solista hacia finales de la década, y ofreció recitales cada vez más multitudinarios sin mayores problemas. Luego, una masividad que desbordaba la capacidad de su organización y la crueldad del Parkinson lo alejaron de los escenarios, pero no del arte.
Hoy es un día muy triste para millones. Se nos murió una parte nuestra, un tipo que no nos bajó línea, nos ayudó a pensar y a leer la realidad de otra forma, un valiente que no se vendió al mejor postor, un poeta popular, un mito argentino. El Indio es una parte de nuestra identidad, de la adolescencia, una excusa que lubricó amistades, que germinó amores.
Lo que sucede con la muerte de los seres queridos es que quedamos desamparados.
¿Puede alguien decirme?, “me voy a comer tu dolor”.
Hasta la eternidad, Indio.
Te puede interesar...











