Historia sin fin a la neuquina

El gobierno de Horacio Quiroga y el de Omar Gutiérrez siguen envueltos en su fatídico “rulo”, ese itinerario de culpas siempre de otro que vuelve a exasperar justo cuando se cree que un grado mayor de encono no sería posible. Pero sí. El contrato de concesión del EPAS, esa entelequia que para el habitante medio de la ciudad es más cercano cuando se le dice que, en rigor, de lo que se trata es del servicio de agua, vuelve a escena. Y esto también implica saber si al abrir el grifo saldrá agua o si las cañerías obsoletas que cruzan por debajo la ciudad llevarán los desechos cloacales como debiera ser y así nos podremos meter con cierta tranquilidad en el Limay, cuyos balnearios ya recibieron con creces el embate bacteriológico el año pasado (ver página 3). Esta peor expresión de la política genera desazón y desesperanza y está lejos de ponerse en el plano de resolución de los problemas más sencillos, que sería un consenso básico al que podríamos aspirar como ciudadanos. Que nadie dude: no se trata de buscar agua en los -dicen- gélidos anillos de Saturno. Acá hay una pelea de egos y réditos políticos, que no escapa a la misma lógica electoralista que cruza todos los debates de los dos últimos dos años. El descontrolado ritmo de crecimiento de esta ciudad hace que con los 40 grados del verano haya barrios completos donde el agua llega en camiones cisterna, y a pocas cuadras del centro se vean los canales a cielo abierto rebosantes de basura cloacal. Por no hablar del daño recurrente a ese bastión del quiroguismo que es el asfalto, con cráteres que despiertan las más exuberantes puteadas: la rotura de caños y los arreglos. En fin, es la historia sin fin, una novela hecha de parrafadas de campaña, pero de espaldas a la gente.

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