Juan, el ex boxeador que ahora pelea por los chicos

Proyecta un merendero para pibes en la casilla donde vive.

Por Sofía Sandoval - sandovals@lmneuquen.com.ar

A unas pocas cuadras del centro de Cinco Saltos, una angosta calle de tierra conduce a la casilla de los Amaya, que se erige con sus paredes de madera aglomerada y su puerta amarilla en el borde del barrio Almanza. Por ahora, es el hogar permanente de una familia de siete, pero en dos semanas se convertirá en un merendero que pretende cortar de una vez y para siempre el destino triste que parece aguardar sin excepciones a los niños del lugar.

Al Almanza le dicen “el barrio chino”. Aunque esa denominación no aparezca en ningún plano catastral, las inscripciones en las garitas y las paredes humildes de las casillas lo repiten hasta el hartazgo. “Es por la mala fama del lugar”, dice Juan Amaya, un ex boxeador de 32 años y vecino de la zona que quiere desterrar ese bautismo de estigmas para recuperar el nombre original.

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Aunque vivieron casi toda su vida en el barrio, él y su esposa Karen salieron sorteados para una casa del Instituto Provincial de la Vivienda rionegrina (IPPV) y optaron por mudarse a otro sector. Pero, en lugar de vender el terreno anterior para comprar los necesarios artefactos de su nuevo hogar, decidieron transformar el espacio en un merendero donde se dictarán clases de apoyo y se inculcarán valores a unos 30 niños del barrio. “Queremos que los chicos tengan una vida nueva”, aseguran.

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Antes de calzarse un par de guantes rojos y salir en peleas por TyC Sports (ver aparte), Juan era un vecino más: un chiquito que deambulaba por las calles de tierra del barrio y se pasaba las horas ociosas con sus vecinos. Pronto, vio cómo sus hermanos mayores y amigos de toda la vida caían en un camino espiralado hacia la adicción, la delincuencia y hasta la muerte. “Me dolía mucho verlos así de perdidos, es la forma que encuentran de escapar a sus problemas”, explica.

Cuando llegó a la adolescencia, una sola frase logró cambiarle la vida. “No quiero verte adentro de un cajón”, dice que le dijo su papá, que vive en Vista Alegre. Juan le confesó su gusto por el boxeo y su padre recorrió todo el pueblo en busca de un gimnasio para que comenzara a entrenar. Así, pasó cinco años en ese pueblo cercano y endureció los puños con varias peleas amateur, que lo llevaron a pelear profesionalmente en otras ciudades.

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Inesperado

Un desprendimiento de la retina y una fisura del ojo terminaron de forma abrupta con su carrera deportiva, pero la actitud positiva de Juan se mantuvo indemne. Se dedicó a entrenar a jóvenes boxeadores para sostener a su esposa y sus cinco hijos, que tienen entre 3 y 14 años. Su popularidad como púgil y su tesón lo sacaron adelante, y hace unos meses se alegró al saber que recibiría una casa del plan de 92 viviendas de Cinco Saltos.

“Lo más obvio era vender el terreno para comprar la cocina y el calefactor de la casa nueva, pero yo siempre quise ayudar a los chicos del barrio”, señala Juan. “No me animaba a planteárselo a mi esposa, pero al final fue ella la que lo propuso”, agrega mientras Karen, de 30 años, lo mira con una sonrisa y aclara que será ella la encargada de preparar la leche en el merendero.

Expectativa

Aunque aún faltan varios días para la inauguración oficial, una publicación en las redes sociales generó un verdadero revuelo en la localidad y tanto la familia con un amigo de Juan, Lucas Cides, reciben de forma constante donaciones de leche, de harina y chocolate en polvo.

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Lucas, un profesor de educación física de 25 años, conoció a Juan a través del deporte, cuando comenzó a preparar a sus alumnos de boxeo. Hace unos meses se enteró del proyecto del merendero y se involucró al cien por ciento. Pero sólo en sus primeras visitas a la casilla dimensionó el tamaño del corazón de los Amaya.

“Acá siempre hay 10 o 15 chicos del barrio, que se bañan en la pileta o comen algo que prepara Karen al mediodía; ellos andan de casa en casa y se quedan donde los reciben”, dice Lucas mientras señala a un grupito de niños que comen bananas mientras se ensucian los pies descalzos en la tierra blanda y oscura del terreno. “Imaginen cuando esté el merendero”, explica el joven, que hará su aporte al proyecto con actividades deportivas y juegos de integración.

Un guapo con corazón, promesa de “Nocaut”

Un dolor inexplicable oprimió el pecho de Juan Amaya hace unos meses, cuando un médico le dijo que un desprendimiento de la retina y una fisura en el ojo le impedían seguir su carrera como boxeador. “Yo quería seguir un año más y despedirme con una pelea en Cutral Co”, explica el joven de 32 años, que cerró su foja profesional en febrero de 2018 con 19 peleas y siete victorias antes del límite.

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Juan se inició en la disciplina en Vista Alegre, luego de que su papá encontrara un gimnasio para que comenzara a entrenar y se alejara de la vida conflictiva que atravesaban sus amigos y parientes. Su actitud y sus golpes certeros, siempre frontal, guapo, entregando su cuerpo y su corazón arriba del ring, lo llevaron a pelear en distintas provincias e incluso en Chile, donde hace un par de años le hizo frente al experimentado campeón chileno Juan Carlos Alderete, el Rocky de Chiloé. Antes de su lesión, había firmado un contrato con TyC Sports para hacer seis peleas que se transmitieron por televisión.

Tras derrotar a sus rivales antes de lo previsto en varios combates, a este peso mediano lo apodaron “Nocaut”, y cada vez que regresaba a Cinco Saltos lo atravesaba un escalofrío cuando los niños lo señalaban y decían, emocionados, que ese era el boxeador de la televisión.

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