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La aerobanda: una pesadilla a 10 mil metros de altura

SEGUNDA PARTE: El jefe de la brigada que investigó a la banda de Tito Fridman contó los detalles de las pesquisas y la odisea que padeció el policía tomado de rehén durante el vuelo en fuga, tras el fallido robo al banco Bansud de Zapala.

El frustrado golpe de película de la aerobanda al banco Bansud de Zapala, en julio de 2000, tuvo todos los condimentos necesarios para quedar en la historia criminal neuquina.

El jefe de la brigada zapalina que investigó el caso, Miguel Ángel Jara, cuenta los detalles de las pesquisas que comenzaron meses antes. También reconstruimos la odisea que vivió a 10 mil metros de altura el cabo Carlos Roberto Figueroa, a quien los criminales tomaron de rehén y pretendieron tirarlo por el aire y hasta ejecutarlo en pleno vuelo.

La verdad sobre el buche

Miguel Jara hoy es comisario mayor y superintendente de Investigaciones de la Policía, pero a mediados de 2000 ya era jefe de la brigada de investigaciones en Zapala, que estaba compuesta por solo seis efectivos.

“Todos trabajábamos a la par y pateábamos la calle todos los días”, contó Jara.

Los viejos policías siempre advierten que esas tareas de campo eran claves en las pesquisas porque en la calle es donde se encontraban los datos, los rastros, los rostros conocidos del ambiente y también algunos informantes informales. En la actualidad, se sigue con este tipo de tareas, pero también es cierto que la tecnología ayuda y mucho.

“El dato que nos pasó un buche, en febrero de 2000, era que planeaban robar el banco Bansud. El buche nos dijo que iban a aguardar el horario de ingreso, reducir a todos los empleados y meterlos en la cocina de la sucursal hasta que se abriera la bóveda para luego escapar con todo el dinero”, recordó el comisario general.

“Tuve una reunión con el equipo y acordamos no hablar con nadie para evitar que el dato se filtrara. Había que moverse rápido y con discreción porque no teníamos fecha para el golpe. Fueron días muy intensos”, explicó el investigador.

Se trabajó mucho en tareas de calle, observando todo el movimiento del banco. “Conocíamos de memoria a todos los empleados y repetían el mismo itinerario. Nada parecía raro hasta que surgió lo del sargento José Lezana (jefe de calle de la Comisaría 22). Eso fue complicado, tuvimos que hablar con Jefatura y explicar que todo indicaba que estaba cooperando con la banda. Comprendieron la situación y lo trasladaron a Mariano Moreno”, confió el superintendente de Investigaciones.

En ese entonces, los brigadistas recorrían todos los alojamientos de Zapala tratando de confirmar identidades, tarea que en el 2000 podía llevar varias horas y que hoy se resuelve en un par de minutos con un wasap.

Fue durante esas tareas de inteligencia que se observaron movimientos extraños y caras de conocidos delincuentes en el hotel Frontoni.

Dicho hotel, con la muerte de su dueño hacía un par de meses, había quedado en manos de la viuda, que fue seducida por Jorge Cucatto, un mendocino con un frondoso prontuario que no tardó mucho en convertir el hotel en un inquilinato de mala muerte donde acovachaba gente del ambiente y también rentaba habitación a modo de prostíbulo.

Se hizo un trabajo muy importante con la brigada y luego contamos con el apoyo de Seguridad”. Miguel Ángel Jara. Titular de Investigaciones

El detalle clave

A los integrantes de la brigada, que investigaban el caso de sus vidas, la ansiedad los estaba matando. Con el paso de los meses, temían relajarse demasiado, por lo que ya tenían todo previsto para el día en que ocurriera el golpe.

“Estaba determinado que quien estuviese en la brigada ese día lo primero que tenía que hacer era salir rápido con dos agentes a consignar el Frontoni. De hecho, el 26 de julio cuando se produce el hecho, las primeras detenciones las concretamos en el hotel y secuestramos armas que habían enterrado los delincuentes”, detalló el jefe de la investigación, que recordó que la camioneta policial que trasladó a detenidos terminó volcando en medio de tanto vértigo.

Jara entiende que el golpe fue fallido por un detalle imprevisto. “La bóveda tenía una particularidad, estaba sincronizada con la cerradura del castillete blindado. El policía de consigna tenía que ingresar al castillete, cerrar la puerta y a las 8 se abría automáticamente la bóveda. Estaba previsto un retardo de 40 a 50 minutos en caso de que el efectivo tuviera algún percance y no llegara a horario”, explicó el comisario general.

Lo cierto es que “ese día se demoró la apertura de la bóveda de manera imprevista porque se había trabado la cerradura del castillete, ahí fue que los delincuentes se pusieron nerviosos y un empleado que los observó dio avisó a la Policía”, confió Jara, que confirmó que en el tesoro había unos 400 mil dólares en moneda nacional.

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El cabo Figueroa

Cuando el empleado de Bansud dio el aviso a la Policía, el cabo Carlos Roberto Figueroa, que terminaba de cubrir un servicio adicional en la terminal de ómnibus de Zapala, a una cuadra del banco, escuchó el aviso por la radio y acudió.

“Recuerdo que Figueroa era muy laburador e intuitivo. La noche antes del robo pasó por mi casa y me dijo: ‘Jefe, hay mucho movimiento en el Frontoni’. Yo le di las gracias, pero no le podía decir nada porque teníamos blindada la investigación. Esa noche, toda la brigada estuvo en alerta. Y al otro día, Figueroa, que salía de cubrir un adicional y estaba de franco, fue el primero en acercarse al banco y cuando trató de identificar a los sospechosos, lo terminaron encañonando y se lo llevaron de rehén en un Peugeot 405 que tenían los delincuentes a la vuelta del banco”, comentó Jara, que luego reclutó a Figueroa en las huestes de la brigada de investigación de Zapala.

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Pesadilla en el aire

El imprevisto de la puerta del castillete y la inesperada aparición de Figueroa terminaron estropeando el gran robo. El cabo, que nunca se imaginó en dicha situación, creyó que los delincuentes lo arrojarían del auto en movimiento en plena fuga, pero jamás se le cruzó por la cabeza que lo subirían a bordo de un Beechcraft biturbo hélice y se lo llevarían de rehén.

Los frustrados criminales, Pedro “Tito” Fridman, Carlos Escobar y Jorge Cucatto le hicieron sentir su ira a Figueroa a miles de metros de altura.

Era lógico. Estaban desquiciados. Meses de planificación tirados a la basura y las manos vacías por culpa de ese policía al que ahora tenían esposado, con sus propias esposas, en un asiento del avión en el que pensaban llevarse un gran botín.

El vuelo para el cabo fue traumático. Cuando el avión llegó a los 10 mil metros de altura y se liberaron los cinturones de seguridad, todo se convirtió en una pesadilla. Escobar era el más sacado, insultada y le daba culatazos con la pistola en la cabeza al cabo, que no tenía forma alguna de defenderse.

En pleno vuelo se les ocurrió tirarlo y fue vital el rol del piloto y copiloto, que les explicaron a los delincuentes que no se podía abrir la puerta-escalera porque terminaría todo en una tragedia.

Fue entonces cuando quisieron meterle un tiro en la cabeza a Figueroa. Nuevamente, intervinieron los pilotos, que les aclararon que si un proyectil atravesaba el fuselaje, el avión se despresurizaría y podrían morir todos, incluso explotar en el aire.

Escobar, que estaba enloquecido, tomó los chalecos antibalas que tenían previstos para el robo al banco y comenzó a cubrir el fuselaje en la parte de atrás del avión. La idea era dispararle a quemarropa y si el proyectil atravesaba la cabeza de Figueroa, que impactara en los chalecos para evitar dañar el fuselaje.

Dos veces frenaron dicha maniobra. Fue tortuoso el momento, porque a Figueroa lo golpeaban y le apoyaban el arma en la sien. Entre gritos e insultos, cruzados entre los mismos delincuentes, se desistió de la ejecución.

El cabo estaba todo ensangrentado, mareado por los golpes, y lo único que veía era cómo las gotas de sangre caían sobre sus borcegos. La muerte para él parecía inminente. Finalmente, se descubrió abandonado en una pista en el aeropuerto internacional de Ezeiza y asistido por personal médico.

Hoy, Figueroa, retirado hace años, se encuentra en un puesto de veranada cuidando de sus animales y disfrutando de la paz y la tranquilidad de la cordillera neuquina, después de una vivencia tan vertiginosa como extrema.

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El diputado y su empresa aérea

Miguel Ángel Toma, ex secretario de Seguridad Interior del presidente Carlos Menem, que en el 2000 era diputado nacional del PJ, admitió en medios nacionales que el avión involucrado el frustrado golpe era de la empresa que tenía en sociedad con el piloto y gerente Rogelio Cirigliano. La firma se denominaba Vip Air, funcionaba desde 1996 y tenía como base de operaciones el aeropuerto de Don Torcuato, desde donde se trasladaron los cabecillas de la banda hasta el aeródromo de Zapala.

El diputado nacional salió en defensa de su tripulación. “Son buenos muchachos”, aseguró, mientras su socio, Cirigliano, que a su vez era piloto y comandante de Aerolíneas Argentinas, explicó que el costo de ese vuelo fue de 3500 dólares.

El contacto con Fridman y Escobar lo habría realizado uno de sus pilotos que los aconsejó como clientes, supuestamente sin saber que eran delincuentes. Cirigliano explicó que en esos servicios aéreos es poco lo que se sabe de los pasajeros y los motivos del destino. En su mayoría, se manejaban con empresarios, funcionarios y famosos que buscaban viajar con tranquilidad. Piloto y copiloto solían hacer noche o descansar en el destino hasta que el cliente regresaba, pero no acostumbraban a tener mayor trato.

La banda resultó condenada

Miguel Ángel Jara, jefe de la brigada de investigaciones, recordó que lograron detener a todos los delincuentes de la banda y que tuvieron que hacer el traslado de Fridman y Escobar desde Bahía Blanca a Neuquén.

La causa llegó a juicio un par de años después. A los cabecillas les dieron entre 9 y 7 años de prisión por robo en grado de tentativa por el uso de armas, privación ilegítima de la libertad y puesta en peligro de aeronave.

El resto, incluido el sargento de la policía neuquina José Lezana, recibieron de 2 a 4 años de prisión. El que terminó absuelto fue el mendocino Jorge Cucatto.

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