La ciencia ahora les da una mano a los indiscretos

Los que no pueden guardar un secreto no lo hacen a propósito.

ILLINOIS

Aquellos que suelen meter la pata al contar cosas que no deben tal vez pueden empezar a sentirse menos culpables con esta investigación. Porque guardar un secreto representa todo un reto, un desafío al compromiso por conservar una información codiciada por alguien que tuvo la deferencia de compartirla.

La ciencia, que suele abordar y desmenuzar cada conducta humana, desarrolló una explicación teórica al respecto. La acción de no poder mantener un secreto tiene su razón científica.

Antes que el humano, la mente es la traicionera. Según Art Markman, doctor en Filosofía y Psicología egresado en la Universidad de Illinois, disponer de datos desconocidos para el común de la gente es una tarea compleja a niveles cognitivos. El catedrático es un avezado investigador sobre tópicos vinculados a lo cognitivo, como el aprendizaje, la motivación, la toma de decisiones, la creatividad y el razonamiento analógico. Para Markman una de las razones radica en que la persona debe invertir un exceso de atención en lo que los demás saben o no acerca del tema en cuestión. Y eso, de por sí, ya genera contradicciones y, a veces, hasta dificulta la capacidad -la claridad- para abordar esos temas de los que supuestamente nada sabe.

Frágil: La mente es tan indefensa que le es difícil decidir qué cosas hay que callar.

Tal esfuerzo de discernimiento mental provocaría que en alguna conversación el secreto salga a la luz de manera involuntaria. Según Markman, autor de más de 125 trabajos científicos, incluidos siete libros, la mente es una entidad tan frágil e indefensa que le resulta difícil distinguir e interpretar cuáles son los conceptos que se pueden decir y cuáles no. El resultado de esta incontinencia mental develaría el secreto.

El autor de esta teoría de compulsión informativa considera que los temas más complejos de guardar son las malas noticias y más cuando alguno de los interlocutores está involucrado justamente en esa mala nueva. Argumenta que tales efectos crean demasiada tensión en la mente y que tras revelarlo necesita provocar una reacción en la otra persona. Para establecer un parangón, Art Markman compara el estremecimiento y la necesidad que generan los secretos con la compulsión por comentar vía redes sociales algo que sucedió en una película, en un programa o en un evento deportivo.

La ciencia ofrece una explicación contemplativa y profesional a aquellos que confiesan un secreto de manera involuntaria. Acusa a la mente y a la condición humana como los culpables de dicha “traición”. En este caso, las personas que pueden caer en la autopista del “lleva y trae” tienen la excusa perfecta para explicar su falta de discreción.

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