La crisis también golpea la fibra íntima del chacarero
Sofía Sandoval
Neuquén.- “¡Más color, busquen más color!”, le exclama Bruna Scrigner a una docena de cosechadores que resisten el calor de la ropa abrigada, que los protege del sol y los mosquitos. Subidos a escaleras de madera, junto a las espalderas de casi 4 metros, eligen las manzanas más rojas para llenar un nuevo bin, en una de las tantas chacras de la zona que están en peligro de extinción.
Bruna lleva un sombrero de ala ancha, bombachas de campo y un par de alpargatas negras que se hunden entre los pastos altos de los pasillos que hay entre los frutales. “Antes se guadañaba todo, se podía hermosear la chacra, pero ahora no hay plata para eso”, asegura y mira con añoranza al impecable jardín de su casona, donde unas ligustrinas bien podadas sobreviven a los ajustes de la actividad.
Tierra prometida
La misma chacra que ahora dirige fue, antes, un terreno irregular que emparejó su padre una vez que llegó de Italia.
Fue también el escenario de las anécdotas más agradables de su infancia, donde la pequeña Bruna se colocó un recolector demasiado grande para su cuerpo y cosechó las primeras frutas de su vida.
“Mi papá me decía que tenía que saber hacer todo para poder mandar”, relata la mujer.
La chacra de 15 hectáreas, a escasos kilómetros del centro de Centenario, es ahora un terreno que produce fruta a costos muy altos y que tiene un futuro incierto.
“El año pasado me quedó sólo el 30% de la producción por la piedra”, se lamenta Bruna y aclara que va a probar suerte un año más, para ver si es posible subsistir como productora de manzanas y peras.
Aunque pensó en desistir, asegura que sigue por el fuerte sentimiento que la ata a sus raíces, a su historia familiar o al olor de los frutales que la embargaron desde antes de poder caminar.
“Recibo mucho apoyo del galpón, yo sola no podría seguir adelante”, afirma.
“El año pasado me quedó sólo el 30 por ciento de la producción por la caída de granizo”. Bruna Scrigner. Productora regional de peras y manzanas
“El que no está agrupado o no tiene una cierta cantidad de producción no sobrevive”.Fernando Almohalla. Esa es la fórmula que propone para no sucumbir.
5 pesos es el costo para producir un kilogramo de manzanas.
Los galpones les pagan 3 pesos por kilo por la fruta de mejor calidad a los chacareros.
Nostalgia
Fernando Almohalla, en una chacra cercana, arrancó una variedad completa que estaba en los laterales de ese cuadro porque no le daban los costos. “Acá no hay lugar para la nostalgia”, dispara el hombre de 72 años, que tiene la mirada fija en la rentabilidad.
Como produce 1,6 millones de kilos de manzanas y peras, Fernando tiene la cintura para poder hacer frente a las malas rachas de la actividad y, a pesar del oscurísimo panorama, apuesta a la renovación de variedades para seguir contando con una calidad competitiva.
“El que no está agrupado o no tiene una cierta cantidad no sobrevive”, afirma y admite que sí, que podría vivir muy bien con las ganancias de un loteo. “Pero tengo a 25 personas que trabajan conmigo hace años y, si loteo, ¿qué van a hacer?”, se pregunta.
Fernando recorre una de sus chacras y arranca una manzana cubierta de polvo. La frota en sus pantalones caqui y la muestra otra vez. Roja. Brillante. Grande. Perfecta. “Esta fruta la mandamos a cámara para que se consuma recién en diciembre”, afirma y otra vez se amarga. Sacarla de la planta le cuesta 15 mil pesos diarios sólo en sueldos, pero el cobro llegará recién a fin de año, cuando las cajas salgan del frigorífico.
El motor diésel del tractor bufa a un pasillo de distancia y Fernando explica que el vehículo está echando una hormona llamada nufasaco, para que la fruta no se caiga al piso y que haya más tiempo para cosechar.
¿Cómo sabe todo eso? Fernando se ríe. “Yo no fui a la Universidad, lo aprendí todo en la chacra porque a los 10 años ya estaba subido arriba del tractor”, recuerda, aunque admite que las nuevas tecnologías de producción le exigen hacer cursos y recibir asesoramiento de forma permanente.
Ángel Casagrande, en cambio, ya tiró la toalla. Heredó la chacra de cinco hectáreas de sus abuelos, en Colonia Confluencia, y trató de sostenerla para que al menos su padre no viera tantos años de esfuerzo tirados a la basura.
Cuando su padre murió, Ángel siguió un poco más, pero ahora decidió convertir su producción en un loteo de 25 terrenos, aprovechando el interés de los desarrolladores por unas tierras a escasos metros de la urbanización.
“Los que tienen la chacra más lejos ni siquiera tienen esa salida”, señala y admite que extraña los frutales que lo rodearon toda su vida. Por eso, le duele cada planta que se arranca o cada vez que el olor del cemento entierra un poquito más el aroma de la fruta madura.
En la fase terminal de su chacra, Ángel no recibía dinero sino que tenía que destinar parte de sus ganancias como camionero para sostener la producción. Por eso, decidió continuar con su trabajo y darle un mejor uso al terreno que heredó.
Pero la venta aún no borra su amor por las acequias y el olor de los frutales en flor.
“Quizás nunca vuelva a tener una chacra pero me gustaría alquilar una para trabajar otra vez en fruticultura”, dice Ángel y asegura que sólo las malas expectativas del sector lo detienen. Si no, volvería al lugar que ama. Arriba del tractor, al costado de la espaldera, encima de las manzanas.
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