La dolorosa historia de una búsqueda de 26 años: "Nati no se esfumó, alguien le hizo algo"
Pablo Montanaro - [email protected]
“Nati no desapareció, no se esfumó ni se desvaneció en el aire; alguien le hizo algo”, afirma a LM Neuquén Miguel Selser, 51 años, profesor de Lengua y Literatura y autor de Es como una curva que no termina nunca (editorial Orcalumis), que reconstruye lo ocurrido el 16 de enero de 1994 cuando Natalia Ciccioli, de 12 años, salió de su casa del barrio El Arenal de San Martín de los Andes a las dos de la tarde para pasear por el centro y nunca más volvió.
La desaparición de esta joven es uno de los casos más emblemáticos y misteriosos de la región con infinidad de hipótesis, con un expediente de más de 4 mil fojas pero sin testimonios y mucho menos respuestas por parte de la Policía y de la Justicia sobre qué ocurrió aquella tarde.
Selser recurrió a la crónica periodística y a la ficción para darle forma a un libro que no tiene el objetivo de revelar lo que no se pudo hacer en estos veintiséis años, sino “de dar cuenta de las voces de la familia de Nati y contar qué es lo que no pudo ser, o mejor dicho, lo que no la dejaron ser a Nati”.
La idea de escribir sobre este caso surgió a partir de saber que cerca del CPEM 57 donde dicta clases vivían Mirta y Miguel, los padres de Natalia. “Yo desconocía cuál era la casa de sus padres a pesar de que todos los días pasaba por ahí cuando iba o volvía de la escuela. Hablando con uno de mis compañeros del CPEM, me identificó cuál era la casa”, cuenta Selser. Una tarde de marzo de 2016, se animó a tocarles la puerta para proponerles realizar una serie de entrevistas con la finalidad de escribir un libro.
A los testimonios de los padres, a los que se suman el del hermano menor de Natalia, el de la compañera del colegio que la vio por última vez aquel 16 de enero y el del fiscal Fernando Rubio, Selser agregó el relato de un personaje que arma la historia y que se encuentra con la imposibilidad de escribir sobre la tragedia. “Es tan grande y profunda esa tragedia, cala tan hondo, que no hay palabras escritas que puedan llegar a describirla”, explica.
“Este personaje se da cuenta de que no puede avanzar en la escritura sobre algo tan oscuro como es la desaparición de Natalia. También se da cuenta de que no puede ser que una persona desaparezca y nadie sepa realmente lo que pasó”, explica. Y agrega que al hablar de la desaparición “estamos hablando de que Nati se esfumó, que se desvaneció en el aire, y en realidad lo que pasó es que alguien le hizo algo. Qué será lo que hizo, quién lo hizo, no lo sabemos. Entonces el libro va por ese lado, un narrador que se da cuenta de que no puede escribir sobre esto y, al mismo tiempo, interpela al lector en el sentido de que cómo puede ser que haya pasado esto. Hay un vacío que no tiene solución”.
Aquel 16 de enero de 1994 se la vio por última vez a Natalia mientras caminaba por la Cuesta de los Andes para tomar el colectivo que la llevaría al centro, donde caminaría un rato e incluso tomaría un helado como lo hacía tantas veces. Esa imagen, ese momento es el que Selser resalta para darle, según el autor, “circularidad al relato”. “Ella siempre está bajando la Cuesta de los Andes yendo hacia el centro. Siempre está en esa situación”, comenta.
Las hipótesis que se manejaron desde el momento de su desaparición, como la que señalaba que se había fugado de manera voluntaria de su casa hasta que había sido víctima de la trata de personas y de una red de prostitución infantil, Selser prefirió no abordarlas. Aclara que, como vecino de San Martín de los Andes, le molesta que se refieran a la desaparición de Natalia o el día que desapareció. “Claro, hay que ponerle un título”, se queja. “Alguien tiene que saber algo, alguien hace 26 años que calla, no se puede entender cómo puede soportar saber algo sobre la desgracia o la tragedia que le ocurrió a una persona y no hablar. Eso es lo que me inquieta, lo que me da vueltas y está reflejado en el libro”, relata.
Respecto del vínculo que estableció con los familiares de Natalia a partir de las entrevistas, Selser resalta: “La primera impresión que tuve sobre sus padres es que no aparentaban la edad que tenían. Hay una angustia, una ausencia en sus gestos, en sus miradas. La tragedia está marcada en sus rostros”.
También Selser tuvo la posibilidad de conversar con el hermano menor de Natalia (con la mayor que tenía 16 años no pudo hablar), quien tenía 8 cuando ocurrió la desaparición. “Era muy chico, por lo tanto tiene pocos recuerdos de su hermana. Durante la entrevista señaló momentos de los juegos que compartían. Pero carga con la angustia de no poder recordar el tono de voz de su hermana”, comenta.
Rescata lo que “quedó en la memoria colectiva” con vecinos saliendo a buscarla, la negativa en un principio de no aceptarles la denuncia a los padres en la comisaría, la maldita y poco feliz frase que escucharon allí: “Se habrá ido con algún noviecito, esperemos”. “Fueron horas cruciales, por eso sostengo la inacción o la desidia de quienes tenían a cargo buscarla y no lo hicieron”, dice. Concluye que sumergirse en este caso lo llevó a reflexionar “que estas cosas pasaron, pasan y pueden seguir pasando, por eso es importante cuidarnos”.
--> La angustia y la tragedia marcada en los rostros de los padres de Natalia
“Esto no se supera nunca”, le confesó Mirta Acosta, la madre de Natalia Ciccioli, a Miguel Selser durante una de las entrevistas realizadas para el libro. “Te decís ‘le puede pasar a cualquiera’, pero nos pasó a nosotros”, dijo esta mujer que está convencida de que a su hija la violaron, la mataron y enterraron su cuerpo para no dejar evidencias.
“Naty es una herida que no cierra y que no va a cerrar nunca”, aseguró la mujer a LM Neuquén en enero del año pasado, cuando se cumplieron 25 años de la desaparición de su hija. Mirta vivió esa fecha con un dolor especial, Miguel Ciccioli, su esposo, había muerto en febrero de 2018.
Don Chicho, como lo conocían todos en el barrio, fue un incansable luchador en busca de la verdad sobre la inexplicable desaparición de su Natalia. “Las zapatillas mías no se las deseo a nadie”, aseguró frente a Selser.
En la entrevista con LM Neuquén, Mirta recordó aquel 16 de enero de 1994. “Yo estaba amasando para hacer fideos y Naty me vino a pedir ayuda para cortar un jean viejo que quería convertirlo en short porque quería usarlo para ir al centro. Le dije que esperara que terminara de hacer los fideos y ahí mi marido le ayudó. Luego de almorzar, me pidió ir al centro a tomar un helado porque en el camino solía encontrarse con su grupo de amigos. Como tenía doce años, pocas veces la habíamos dejado ir al centro, unas tres o cuatro como mucho. Me acuerdo que vino por atrás mientras yo lavaba los platos y me abrazó y me dio un beso hermoso. Eso fue lo último que me dejó”.
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