La gran prueba para el puente

El puente tiene una extensión de 365 metros. Todos los materiales fueron importados de Inglaterra.

Los ingenieros sabían de las crecidas que tenía el río Neuquén, pero nunca habían visto una personalmente.

Los expertos habían sido contratados a fines del siglo XIX para la construcción de un puente ferroviario que pudiera cruzar ese curso de agua, con el objetivo de que en un futuro el tren llegara a los Andes.

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Durante los estudios y el movimiento de suelos que se realizaron, fueron sorprendidos un par de veces por esas grandes cantidades de agua que llegaban desde el norte y bajaban con una fuerza increíble y que causaron graves destrozos, por lo que el proyecto original de emplazamiento tuvo que ser cambiado 100 metros aguas arriba, en una zona donde sería menos complicada la instalación de los pilotes y los estribos para luego montar la estructura de acero.

Lo que no sabían los ingenieros es que una gran crecida extraordinaria estaría por llegar. Fue el 15 de julio de 1900, cuando los trabajos ya estaban avanzados y nada parecía amenazar esa obra tan esperada.

Afortunadamente, un cable telegráfico desde el fortín Paso de los Indios (aguas arriba) les advirtió a los trabajadores lo que estaba por venir.

Todo el campamento de obreros que trabajaba en cercanías del puente fue levantado de inmediato y, a las pocas horas, una muralla de agua arrasó con todo lo había.

Los testimonios que recogió el historiador Héctor Pérez Morando dan cuenta de que la crecida alcanzó los 4,80 metros sobre el nivel normal del río y que una enorme cascada se formó en el lugar donde se habían ubicado los pilotes, pero que las bases resistieron sin mayores problemas.

Este lunes se cumplen 119 años de aquella gran prueba. El puente todavía sigue firme.

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