La historia del misterioso avión de los dólares, en primera persona

Elena Lapuente revela detalles del accidente que protagonizó su padre en la cordillera de los Andes.

Mario Cippitelli
cippitellim@lmneuquen.com.ar


"Mi padre se estrelló con el avión porque se sentía omnipotente; era un buen piloto, pero se confió demasiado", dice Elena Lapuente mientras revisa fotografías viejas en el comedor de la casa que tiene en el barrio Provincias Unidas.

Su papá, Luis Lapuente, protagonizó un trágico accidente en la cordillera de los Andes que durante muchos años fue una de las historias más misteriosas de la aviación argentina.
Lapuente había sido un militar aeronáutico que luchó junto al presidente Juan Domingo Perón en la resistencia a la denominada Revolución Libertadora. Fue piloto del avión presidencial y uno de los tantos oficiales y dirigentes que terminaron encarcelados por su sentimiento peronista.
"Estuvo dos años preso y pasó todo un invierno en la cárcel de Ushuaia", recuerda Elena con nostalgia.

Junto a su madre y dos hermanas recibió cartas y dibujos de su padre desde la cárcel más austral del mundo, donde el frío era insoportable y las posibilidades de sobrevivir eran casi nulas. Debido a las enfermedades respiratorias que sufrieron en aquel recinto, las autoridades decidieron trasladar a todos los presos políticos a Buenos Aires. En Magdalena, Elena, su madre y hermanas pudieron tener un contacto directo hasta que finalmente Lapuente recuperó la libertad en 1957. A partir de ese momento todo cambiaría para él, ya que nunca más podría volver a trabajar como militar.

Una fábrica de televisores le dio el primer trabajo como ciudadano civil, que no le simpatizaba mucho, pero le permitía el sustento necesario para mantener a su familia. El destino quiso que unos meses después lograra ingresar como piloto a la empresa de transportes Transamerican, que volaba desde la Argentina hacia destinos como Panamá y Miami.

Nos entregaron un cajón cerrado con la promesa de no abrirlo en 20 años. Luego nos dieron una urna con las cenizas de mi padre". Elena Lapuente

El 17 de mayo de 1960, un avión Curtiss C49 al mando de Lapuente partió desde Buenos Aires con destino a Panamá (vía Pacífico) para llevar 13 caballos purasangre. Una tripulación compuesta por 13 personas lo acompañaba.

Luego de volar varias horas atravesando de este a oeste el territorio argentino, intentó aterrizar en el aeropuerto de Mendoza, donde le informaron que las condiciones climáticas eran adversas debido a una intensa tormenta de nieve y que debía reabastecerse en San Rafael, aunque tampoco la aeroestación de aquel lugar estaba operable.

En la última comunicación que tuvo con la torre de control, Lapuente informó que intentaría llegar a Chile por el paso del Yeso, pese a las recomendaciones de no cruzar que recibía a través de la radio.
"Ese día, una amiga me llamó para decirme que el avión de mi papá se había perdido en la cordillera", recuerda Elena, quien en aquel entonces tenía 16 años. Elena y sus hermanas rompieron en llanto, pero su madre intentó consolarlas con su enorme fe religiosa: "No lloren porque si Dios lo quiso, él sabrá por qué lo hizo".

Pasaron las horas y los días sin ninguna noticia del avión. La esposa de Lapuente decidió vender el auto que tenía la familia y juntar todo el dinero necesario para contratar baqueanos que colaboraran con la búsqueda. La Fuerza Aérea y varios aviones extranjeros que habían llegado de otros países para participar de los actos por un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo se sumaron al rastrillaje, pero no lograron encontrar nada.

"Estuvimos dos años sin saber qué había pasado", dice Elena. Hasta que en marzo de 1962, el deshielo permitió descubrir los restos del avión siniestrado en un cerro de El Sosneado, un pequeño paraje ubicado en cercanías de Malargüe. Un puestero fue el que encontró los restos y dio aviso a la Policía. Después de una fatigosa marcha ascendente, la patrulla de rescate encontró parte de la aeronave a 4500 metros de altura. En un radio de 3 kilómetros hallaron más pedazos del avión, los cuerpos de las víctimas y de los caballos purasangre.

Lo curioso es que, luego de que cerrara el caso, una denuncia anónima alertó a la Policía de que ese hombre tenía empapelado su rancho con billetes estadounidenses y que como desconocía la moneda norteamericana utilizó el papel para tapar las grietas de las paredes y protegerse del frío. También se denunció que otras personas del lugar habían gastado fortunas en autos, viviendas y hasta pequeñas parcelas de tierra, y que hasta habían vendido monedas de oro y joyas.
¿Pero de dónde había salido semejante cantidad de dinero?

Luego de una investigación y la posterior confesión de los puesteros, se estableció que todos esos billetes estaban en la bodega del avión siniestrado.

Nunca se supo cuánta plata llevaba el Curtis C49 en aquel viaje. "Se dijeron muchas cosas; hasta que el avión era un correo de Perón que le llevaba su fortuna al exilio", reconoce Elena.

El paso de los años se encargó de alimentar la leyenda del Sosneado y de aquel vuelo misterioso. A tal punto llega al mito que hay agencias de turismo mendocinas que promueven excursiones hasta aquel empinado cerro para ver los restos del "avión de los dólares" y escuchar, una y otra vez, la trágica historia que tuvo como protagonista al comodoro Lapuente.

El arte de un preso político

Durante el invierno que estuvo preso en la cárcel de Ushuaia por haber apoyado a Perón, el comodoro Lapuente envió varias cartas a sus familias y dibujos que hacía en la celda. En uno de ellos, el militar retrató a la perfección las dimensiones del presidio y la disposición que tenían los pabellones. Junto al dibujo se pueden apreciar las firmas de dirigentes peronistas que estuvieron con él, como Alberto Cámpora, Antonio Cafiero y Jorge Antonio, entre otros.

Su hija, Elena Lapuente, atesora esos dibujos originales y relatos de su padre mientras estuvo preso.

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