La historia del retrato más famoso del mundo y una búsqueda de 17 años para repetirlo

Steve McCurry tomó la foto titulada "La Niña Afgana" en un campo de refugiados de Pakistán. La imagen fue portada de la revista National Geographic en 1985 y se convirtió en una leyenda.

Steve McCurry tenía apenas 26 años y un puñado de experiencias cuando vio el par de ojos verdes que cambiarían su vida para siempre. Corría el año 1984 y desde 1979 trabajaba como fotoperiodista de guerra en el conflicto armado de Afganistán, lo que convirtió a sus fotos en las primeras en dar testimonio de la crueldad que se vivía en esas latitudes.

Tras estudiar Cinematografía en la Universidad de Pensilvania, se interesó por el mundo de la fotografía cuando comenzó a trabajar como reportero gráfico para el periódico local "The Daily Collegian".

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La de Afganistán no fue su primera guerra. Antes, pasó un año en el conflicto soviético, pero decidió viajar a la India para trabajar por su cuenta. Desde allí, en 1979 viajó al norte de Pakistán, sin sospechar que allí tomaría el retrato más famoso de la historia de la fotografía.

Apenas cruzó la frontera y pisó el suelo pakistaní, McCurry sintió a la guerra atravesándolo por completo. Se topó con un caserío modesto y un par de escuelas bombardeadas, con los helicópteros que pasaban muy cerca y un zumbido de hélices que se le grabó en los tímpanos. “Literalmente, estaban destrozando pueblos enteros”, dijo sobre su primera impresión.

La guerra de Afganistán no era el mejor lugar para trabajar. Su escasa experiencia y un poco de ingenio lo ayudaron a desenvolverse en medio del conflicto armado. McCurry optó por dejar de afeitarse y colocarse un turbante sobre la cabeza, que combinaba con las túnicas típicas del lugar y le permitían mimetizarse con el medio ambiente.

La ropa amplia también cumplía otra función. El fotógrafo se cosía las películas a la parte interior de las prendas y usaba la tela abundante para esconder su única arma: una Nikon FM2 y unas lentes Nikkor 105mm Ai-S F2.5.

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Ya se movía con soltura por los escenarios bélicos cuando llegó a Nasir Bagh, un campo de refugiados en las afueras de Peshawar, al norte del país y cercano a Islamabad, su capital. McCurry lo describió como un laberinto caótico de tiendas de campaña, que tuvo que recorrer buscando la toma perfecta.

Fue entonces cuando la vio. Estaba ahí, en la carpa que hacía la función de una escuela: una niña de apenas doce años cubierta con una túnica rojiza y dueña de los ojos verdes más penetrantes que hubiera visto alguna vez. El problema era obvio: él era un fotógrafo desconocido y ella jamás había sido fotografiada.

Como fue la primera niña a la que vio, Steve no tardó en darse cuenta de su timidez. Su recelo era tan evidente que el fotógrafo decidió capturar los rostros del resto de sus compañeros. Sólo después, la niña se decidió a posar. Él le respondió con una sonrisa y supo que tenía sólo 12 años. Nunca le preguntó su nombre.

Antes de que el rostro de la niña afgana saliera publicado en una de las portadas de la revista National Geographic en 1985 y se convirtiera en una leyenda, el autor del retrato estuvo a punto de decidirse por otra imagen. Dentro de la misma película contaba con otra toma diferente, en donde la pequeña se tapaba la boca y la nariz con su hiyab de tonos rojos y dejaba visibles sus cegadores ojos verdes.

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Aunque la foto también transmitía la fuerza necesaria para convertirse en un ícono, finalmente se decidió por enseñar el rostro completo de la muchacha, en una toma que tituló “La niña afgana”, y que muy pronto dio la vuelta al mundo. La imagen se utilizó en las campañas de Amnistía Internacional para generar conciencia sobre la situación de los refugiados y se tomó como una bandera para mostrar la crueldad de la guerra sobre los niños.

Mientras la foto se imprimía en postales y carteles o se reproducía en muestras de arte callejero, la vida de la niña afgana seguía su curso de penurias. Ignoraba ella que su rostro anónimo se había convertido en el más famoso para la historia de la fotografía.

Quizás Steve siempre se reprochó no haber preguntado su nombre. Quizás, en alguna de las miles de veces que observó sus ojos, se preguntó cuál habría sido su destino, que sospechaba tormentoso. Lo cierto es que se decidió a buscarla otra vez, casi sin datos concretos, hasta que dio con ella en 2002, unos 17 años después de haber tomado la instantánea.

La niña afgana ya no era una niña, sino una mujer. No usaba un hiyab rojo sino uno de color púrpura. Su impoluto rostro infantil aparecía surcado por los efectos de una guerra cruel. Pero conservaba los mismos iris de color verde intenso y el mismo misterio en la mirada que la convirtió en un ícono para el mundo.

Esta vez sí, Steve se detuvo y le preguntó su nombre. Se llama Sharbat Gula y aún era refugiada en Pakistán. Se supo que estaba casada con Rahmat Gul, y tenía 3 hijos. En su fotografía más reciente, posó con Alia, la menor de ellos, de apenas un año, cuando ya se había trasladado con su familia a una aldea de Afganistán, su país natal.

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Encontrarla no fue tan fácil para el equipo de National Geographic, que quería publicar un nuevo reportaje para ahondar en la identidad de la mujer, a la que consideran como la refugiada más famosa del mundo. Además de llevar la célebre foto como pasaporte e indagar a los refugiados de los campos, tuvieron que recurrir a otras tecnologías para verificar que la mujer fuera realmente la protagonista del retrato.

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Steve recurrió al FBI para comprobar los datos. Thomas Musheno, inspector forense del FBI, efectuó una comparación facial entre las fotos de finales de 1984 y las últimas. “Estoy seguro al cien por cien de que es la misma persona”, dijo.

John Daugman, inventor del reconocimiento automático por el iris y profesor de informática en la universidad inglesa de Cambridge, determinó matemáticamente que los ojos pertenecen a una misma persona. “Los dibujos del iris, como las huellas dactilares, son únicos y pueden ser utilizados en procesos de identificación”, señalaron desde Nat Geo.

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La revista y el fotógrafo reconocieron que, después de la foto, parecían haber olvidado la dura realidad de las niñas que viven en los campos de refugiados. Por eso, crearon el Fondo para Jóvenes Afganas. “La Sociedad trabajará en colaboración con las más acreditadas organizaciones sin ánimo de lucro para desarrollar oportunidades educativas destinadas a las niñas y las jóvenes afganas”, señalaron.

La mirada de Sharbat Gula fue el símbolo que eligió McCurry para representar sólo una parte de su vivencia en los campos de refugiados, apenas una historia individual de las miles que se repiten durante los conflictos bélicos y que no llegan a las portadas de las revistas, pero son tan reales y crueles como la que vivió la dueña de los ojos verdes más recordados del mundo.

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