La historia de Palacios Montarcé, el profe neuquino de ping pong asesinado en México

A Mario Palacios Montarcé lo mataron hace 16 años y el crimen se mantiene impune. Primero se habló de un intento de robo. Pero luego se fueron descubriendo indicios que terminaron de tejer una historia escalofriante.

Por Mario Cippitelli - cippitellim@lmneuquen.com.ar

Mario Palacios Montarcé tenía miedo de que lo mataran. Ya se lo habían anticipado a modo de advertencia varios días antes. Sabía que podía caer asesinado, pero no cuándo, ni dónde. Y eso lo tenía atemorizado.

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Esa mañana del 21 de noviembre de 2003, cuando entró agitado a la panadería La Bondi, en el municipio mexicano de Toluca, no lo hizo para comprar algo, sino para tratar de escapar de dos hombres que lo seguían.

Había dejado el club mucho antes de lo previsto. Se fue sin decir nada, apurado, con cara de preocupación y de miedo.

Se subió a su vehículo y partió. Manejó por las calles por las que siempre circulaba cada vez que salía de su trabajo, aunque esa mañana estaba preocupado, muy lejos de la habitual sonrisa casi perenne que lo caracterizaba, de su semblante de hombre feliz.

No se sabe por qué. Pero en medio de su recorrido, decidió frenar el vehículo, se bajó apurado y, mirando hacia atrás una y otra vez, ingresó al local.

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Mario había nacido en la ciudad de Darwin el 28 de octubre de 1967 en el seno de una familia humilde. En esa localidad rionegrina se crió junto a tres hermanas mayores y pasó buena parte de su infancia, hasta que sus padres se trasladaron a Neuquén.

En el barrio Gregorio Álvarez, Mario creció y se ganó la vida en todo lo que pudo. Trabajó como mecánico, electricista, soldador, cualquier oficio que le permitiera ayudar a sus padres y darle un proyecto de vida.

Nunca se imaginó que su futuro sería el ping pong, un deporte que le gustaba desde que era un niño. Lo descubrió un día, a través de un instructor asiático que le enseñó la técnica que él se encargó de perfeccionar a costa de trabajo y mucho sacrificio.

Ya avanzado en conocimientos, en Neuquén abrió una escuela para enseñar este deporte, aunque no tuvo suerte. El emprendimiento duró poco y nada. Por eso tuvo que volver a pensar en cómo ganarse la vida.

Igual, siguió perfeccionándose en el tenis de mesa. Organizó torneos locales, enseñó la experiencia que había acumulado, juntó dinero para hacer cursos en el extranjero y finalmente logró encontrar la esencia de ese deporte, tan popular en Asia. Pero siempre se topó con el mismo problema: la plata.

Durante un tiempo pensó una y otra vez de qué manera podía salir de pobre, aunque su curriculum no lo ayudaba mucho. Mario no había terminado la escuela secundaria y los conocimientos en los oficios que había realizado no eran demasiados. En lo que más experimentado se sentía era en el ping pong, pero ¿quién podría ganarse la vida como entrenador de un deporte de esas características?

Todo empezó a cambiar a fines de los 90, cuando tuvo la oportunidad de viajar a Bahía Blanca, donde se reencontró con su primo Roberto Depietri Montarcé, con quien había pasado buena parte de su infancia en su Darwin natal.

Roberto sí había tenido suerte con los deportes. Surgido de Olimpo, el fútbol que tanto lo apasionaba lo había llevado como jugador profesional a dos clubes importantes de México a principios de los 90: el Toluca y los Pumas.

Aunque su carrera como deportista había terminado, Roberto se mantenía en actividad representando a jugadores en aquel país (luego llegó a manejar los destinos de una estrella bahiense, Rodrigo Palacio) y por eso viajaba muy seguido. Tenía muchos contactos tanto con personalidades deportivas como con autoridades de clubes.

El día en que se encontraron, Mario le contó sus problemas. Su primo no lo dudó y le ofreció su ayuda para presentar sus antecedentes como instructor de tenis de mesa en el Toluca. Después de todo, con probar no se perdía nada.

Poco tiempo después llegó la buena noticia desde el país azteca. Los dirigentes habían aceptado contratar al entrenador neuquino para que diera clases en el club. Roberto se lo comunicó a su madre Matilde, tía de Mario, y ella se encargó de llamar a Neuquén para dar la buena nueva. Hubo festejos y asado. La ilusión de poder trabajar en una institución importante se había cumplido.

A principios de 1999, el joven entusiasta del ping pong viajó a México, sin más que unas pocas pertenencias. Su nueva vida estaba por comenzar en un nuevo lugar, en el que también terminaría.

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Esa mañana, los dos tipos que entraron a la panadería estaban bien vestidos, con trajes impecables, sin expresiones en sus rostros, con las miradas frías y desalmadas que tienen los sicarios de las películas que son contratados para matar a alguien.

Llegaron al local pocos minutos después de que ingresara Mario atemorizado, sabiendo que lo estaban siguiendo.

Caminaron un par de metros, miraron a la empleada y le ordenaron que se tirara al piso. "No tengas miedo que no te va a pasar nada", le dijeron. La mujer hizo caso y se agachó aterrorizada, presintiendo que algo grave estaba por ocurrir.

Mario pensó en la última advertencia que le habían hecho días atrás desde un auto que pasó a su lado cuando caminaba por las calles de Toluca. "Te vamos a matar", le susurraron. Había quedado aterrado con aquella amenaza. A tal punto que se lo había contado a uno de sus alumnos durante una de las tantas clases de ping pong que daba en el club. Le dijo que un auto blanco que circulaba despacio se frenó cuando pasó delante de él y desde adentro alguien le lanzó aquella frase que lo dejó helado. Y no se trataba de una indirecta ni nada parecido. Era el anuncio de que lo iban matar. Así, sin mayores preámbulos. Mario no entendía por qué.

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El día que llegó a México, quedó fascinado, no sólo por aquel país tan grande y maravilloso, sino porque además estaba a punto de comenzar a trabajar en lo que más le gustaba: la enseñanza del ping pong. Y lo mejor, en un club tan importante como ese.

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Estaba tan entusiasmado con su nuevo trabajo que no tuvo problemas en cortarse el pelo como le pidió el gerente del Toluca. Mario no tenía mala presencia, pero –un poco acomplejado por su calvicie prematura- tenía los cabellos largos que le crecían solo a los costados de su cabeza y le caían sobre sus hombros. En una institución como esa, donde asistían diariamente destacadas personalidades del deporte y la política, era imprescindible tener una imagen más prolija. Mario no tuvo problemas. Y cambió el look inmediatamente. Todo fuera por su trabajo. Por su nueva vida.

Así comenzó a dar clases y a ganarse la simpatía de cada una de las personas que conocía, ya fueran alumnos, jugadores de fútbol o dirigentes. Todos los testimonios coinciden en que el joven argentino profesor de tenis de mesa era un gran tipo, trabajador incansable, simpático y amigable, que se caracterizaba siempre por su buen humor.

Las cosas mejoraron aún más cuando entre sus discípulos apareció Fernando Serrano, un chico con un gran talento, que rápidamente comenzó a perfeccionar ese don para el tenis de mesa de la mano de su profesor y se convirtió en un cuádruple campeón en las Olimpíadas de México.

Para Mario se trataba la mejor carta de presentación para su oficio de entrenador. Todos hablaban del jovencito campeón, pero también de quien lo había llevado a lo más alto de ese deporte.

Ya no era el argentino que había llegado de la Patagonia en busca de trabajo. Ahora tenía un nombre y apellido y un lugar en las altas esferas sociales y del deporte mexicano. Todos hablaban de él como un adiestrador exitoso, capaz de hacer brillar talentos ocultos en cualquier muchacho que tuviera como alumno.

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<p><strong>Entrenado por Montarcé, Fernando Serrano fue cuádruple campeón de las Olimpiadas de México. </strong></p>

Entrenado por Montarcé, Fernando Serrano fue cuádruple campeón de las Olimpiadas de México.

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Esa mañana, los dos sicarios no dijeron palabra. Uno sacó un cuchillo y lo atacó. Mario trató de defenderse, pero fue en vano. Se cortó la mano y en medio de la lucha cayó al piso.

Entre los dos lo golpearon una y otra vez frente a la empleada del local, que detrás del mostrador escuchaba paralizada todo lo que ocurría. Se sentían gritos, quejidos, forcejeos, hasta que un corte profundo en el cuello dejó al entrenador indefenso, exhausto y sin fuerzas.

No se sabe bien por qué, pero en ese momento nadie entró al local. Tal vez los tipos trabaron la puerta para evitar que alguien se convirtiera en testigo. Pudo haber sido esa acción premeditada o solo una casualidad.

Los dos matones lo arrastraron hasta un baño que había en la panadería y le apuntaron con un arma. La empleada escuchó que Mario les suplicó que no lo mataran: "Tengo hijos", les dijo. Luego sonó un disparo. Después, el silencio.

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Mario conoció a Maude Versini durante la ceremonia en la que premiaron a su talentoso alumno multicampeón, en noviembre de 2002, casi un año antes de que lo asesinaran.

Maude, una periodista de origen francés y de una increíble belleza, se había casado recientemente con el gobernador de Toluca Arturo Montiel, un hombre 30 años mayor que ella que representaba al Partido Revolucionario Institucional (PRI) y que estaba camino a convertirse en candidato a Presidente de México.

Versini había conocido al poderoso dirigente durante una entrevista que le hizo para la revista París Match, donde ella trabajaba. Fue durante ese reportaje que Montiel se enamoró a primera vista. Los testimonios indican que el gobernador le pidió que ese no fuera el último encuentro. Y así fue. Después de una breve relación, Montiel se separó de su mujer y finalmente le propuso matrimonio a la joven francesa.

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<p>Arturo Montiel y Maude Versini.</p>

Arturo Montiel y Maude Versini.

Maude se sentía fascinada con ese rol de primera dama. Se codeaba con la alta sociedad mexicana, acompañaba a su marido a cada uno de los encuentros sociales que obligaba la agenda gubernamental y vivía con todos los lujos imaginables. No le faltaba nada.

Aquel día de la entrega del premio a su alumno, Mario quedó impactado por la belleza de esa mujer y no tuvo reparos en comentárselo a un amigo del club, horas después de aquella ceremonia, mientras jugaban un partido de ping pong. "Ahí sí no te metas", le advirtió su interlocutor y le recordó que era la esposa de uno de los hombres más poderosos del país. "Esos sí son de balas", subrayó.

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Esa mañana, los dos sicarios se retiraron del lugar de la misma manera que habían ingresado, como si no hubiese pasado nada. Salieron inmutables, caminando, acomodándose la ropa y peinando sus cabellos desordenados después de aquella faena mortal. Luego se perdieron en la calle.

La empleada llamó inmediatamente a la Policía. Al lugar llegó una ambulancia que trasladó a Mario con una herida de bala en la cabeza y un corte profundo en el cuello, aunque en el hospital no pudieron hacer demasiado: murió 30 minutos después de que lo recibieran los médicos.

Al otro día de cometido el crimen en la panadería, los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia sin demasiado interés. De los 15 diarios que hay en Toluca sólo dos publicaron una escueta crónica en las páginas policiales en la que hablaban de un asesinato durante un intento de robo. Un solo periódico dio el nombre de Mario y del club. Y todo quedó allí, con esas breves líneas de un hecho desgraciado más.

Sin embargo, la noticia sí tuvo un fuerte impacto en el ambiente deportivo y social del Toluca. Jugadores de fútbol, amigos y dirigentes no podían creer lo que había ocurrido. Morir en un intento de asalto, en una panadería, en horas de la mañana… Justo a Mario, un tipo tan querido por todos, tan sano y humilde, tan trabajador.

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También fue un duro golpe para todos los que lo conocían en Neuquén, los que habían compartido su pasión por el ping pong, sus vecinos, los amigos de la infancia, su familia que no entendía cómo había ocurrido semejante desgracia...

Fue su primo, el que lo había recomendado en el club mexicano, el que tuvo la penosa tarea de realizar todos los trámites para que los restos de Mario sean trasladados a Neuquén. Después de un papeleo interminable, su cuerpo regresó a la ciudad donde había crecido.

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Cuatro años después del crimen, la noticia llegó a manos de un periodista de México -Diego Osorno- a raíz de que la editora de una revista de espectáculos y celebridades se comunicó con él diciéndole que había recibido información sobre aquel asesinato. Y que escondía algo más que un aparente intento de robo.

A Osorno, un experimentado cronista mexicano de amplia trayectoria en temas políticos, le pareció extraño que recurrieran a él por un caso policial, pero decidió iniciar una investigación. Lo convenció que durante una charla con una fuente del partido gobernante se acordó del caso del argentino asesinado y le preguntó si sabía algo. “Mejor ni te metas”, le dijeron. Esa frase le dio el envión que le faltaba.

A través de testimonios que fue recopilando de amigos de Mario, y de distintas fuentes, el periodista fue reconstruyendo la historia del malogrado maestro de ping pong. Claro que esa tarea no fue fácil. Enfrente siempre encontró una gran cantidad de obstáculos cada vez que buscaba información, especialmente desde cualquier organismo que estuviera vinculado con el gobierno.

Osorno pudo constatar que el expediente –rápidamente archivado- apenas si tenía algunas fojas con declaraciones de personas relacionadas con aquel episodio y que no se había iniciado investigación alguna. La empleada de la panadería –única testigo- al principio dijo que había visto a los atacantes y que podía identificarlos. Luego se desdijo, y declaró que no podía identificar a nadie. Igualmente constató que no se había tratado de un intento de robo, sino de un crimen a sangre fría.

También pudo corroborar a través de personas allegadas a la institución y a distintos círculos sociales que –en efecto- Mario Palacios Montarcé había tenido más que una relación casual con la esposa del gobernador.

En un artículo publicado en 2009 en la revista Chillango, el periodista mexicano citó testimonios de quienes acreditaron haber visto a Palacios Montarcé y a Versini cenando al menos dos veces en un restaurante y que reconocieron que en Toluca los rumores de romance entre la mujer y el entrenador argentino eran cada vez más frecuentes. Nadie lo decía abiertamente porque el miedo era evidente. Todos eran mensajes a medias o eufemismos. “Murió por amor”, “Murió por muerte natural”, “No puedo hablar”.

También dio cuenta –citando al libro La Diferencia- que dos días después del asesinato la primera dama ingresó a la embajada de Francia en México denunciando que había sido golpeada por órdenes de su esposo y que estaba embarazada de cinco meses (de gemelos), aunque al poco tiempo regresó a la casa con su marido. Un año después del nacimiento de los niños (un varón y una nena) tuvo un hijo más. Y -como si fuera poco- citó a la comunicadora Flor Berenguer, quien aseguró que un conocido político y empresario le confió que esos niños que nacieron no eran hijos de Montiel y que se "sospechaba" que el padre era el argentino instructor de tenis de mesa.

Los rumores de aquel supuesto escándalo se fueron diluyendo con el correr de los años y nadie volvió a hablar del matrimonio poderoso de México hasta su separación definitiva en 2007, que incluyó una dura batalla judicial por la tenencia de los menores.

En 2009, el portal mexicano Expansión publicó una carta de Versini –enviada desde París, su nueva residencia- en la que la mujer desmintió toda la investigación que realizó el periodista.

"Bajo protesta de decir verdad y dispuesta, si el caso, a que este asunto se ventile en tribunales, le señalo que es falso que siquiera haya conocido al que dice el artículo fuera profesor de Tenis de Mesa de nombre Mario Palacios en momento alguno de mi residencia en México”" asegura el escrito.

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Destaca que también es una mentira la supuesta golpiza que recibió por orden de su marido: “Esto es carente de veracidad y sería muy importante preguntarle al funcionario diplomático que se señala, si es verdad esa circunstancia o si como lo es se funda en mentiras, especulaciones y testimonios anónimos”.

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El nicho 6195 ubicado en el Cementerio Central de Neuquén tiene unas flores de plástico y otras naturales, ya mustias, que apenas tapan tres placas recordatorias. Una es la de Mario Palacios Montarcé. “Serás un ejemplo de vida que nos guiará por siempre”, reza el epitafio. Otras dos están dedicadas a sus padres, que no sobrevivieron mucho tiempo a la muerte de su hijo.

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“Mi tío murió tres meses después… casi seguro de tristeza”, asegura Roberto Depietri desde Bahía Blanca, en una comunicación telefónica. La madre de Mario siguió sus pasos unos meses después.

Aunque pasaron 16 años de aquel crimen, Roberto reconoce que carga con culpa por haber alentado a su primo de ir a México. “Estaba muy contento e ilusionado”, recuerda con evidente angustia.

También asegura que a Mario no lo mataron durante un robo -como informaron oficialmente- sino que fue algo premeditado, pero no tiene certezas del móvil.

Le cuesta creer que el motivo del crimen haya sido un supuesto romance con la esposa del gobernador. “Me lo hubiera contado; siempre hablábamos cuando nos encontrábamos en Toluca”, sostiene. Y ratifica lo que dijeron todos sus allegados: que Mario era un tipo bueno, sano, que se desvivía por sus sobrinos y que se había ganado el cariño de todos los que lo conocían.

Hasta la fecha, Roberto desconocía la investigación que realizó el periodista Diego Osorno, muchos años después del crimen de Mario, y se estremece ante cada detalle de aquella supuesta relación prohibida.

Lo cierto es que Mario Palacios Montarcé fue asesinado por encargo y que su muerte todavía permanece impune, más allá de los indicios, los rumores, y todas las hipótesis que se pueden imaginar.

En el recuerdo de quienes lo conocieron en México y en Neuquén todavía está fresca la imagen de ese muchacho peladito, de ojos chispeantes, simpático y trabajador. Aquel tipo incansable y emprendedor que se ilusionaba con ser alguien y que -aunque por poco tiempo- cumplió el sueño de toda su vida: trabajar en un club importante como profesor de ping pong.

Notas del autor:

  • La panadería donde mataron a Mario Palacios Montarcé cerró a las dos semanas del hecho.
  • Varias fuentes y testigos que colaboraron para la investigación periodística fueron amenazados y tuvieron que irse de México.
  • La Procuraduría General, que en principio caratuló el caso como un homicidio en ocasión de robo, nunca reabrió la investigación.
  • Arturo Montiel se retiró de la carrera presidencial en 2005, tras haber sido acusado por varios hechos de corrupción. Sin embargo, fue absuelto. Años después su sobrino Enrique Peña Nieto asumiría el cargo de Presidente de la Nación.
  • Maude Versini volvió a casarse en 2008 con un empresario europeo con el que tuvo otro hijo. Actualmente vive en París.
  • El periodista Diego Osorno, autor de libros y publicaciones contra los carteles de la droga mexicana, reconoció públicamente que nunca se vio tan amenazado como durante la investigación del asesinato de Mario Palacios Montarcé.

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