La infancia rota a los 12 años

La cesárea a la nena jujeña intensificó un debate en el que las víctimas parecen no tener voz ni voto.

A los 12 años, pocas cosas nos hacían más felices que jugar a las escondidas o a la pelota en las calles del barrio. Si el verano nos regalaba una noche calurosa, no había forma de sacarnos de la cortada de piedras que convertíamos en canchita hasta la madrugada.

A los 12 años, en ese mundo aún a salvo de la tecnología, cuando el clima nos obligaba a estar bajo techo, nos entreteníamos armando batallas heroicas con los soldaditos de plástico, los muñequitos de He-Man y de Star Wars o sobre el tablero del TEG. Los más suertudos, imaginaba lleno de envidia, disfrutaban de ese objeto inalcanzable que era el barco pirata de los Playmobil.

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A los 12 años, mis amigos y yo no teníamos más preocupaciones que quedarnos con unas moneditas del vuelto y volver de la escuela con un boletín digno.

A los 12 años, la vida infantil todavía se empecinaba en atraparnos, postergando el salto hacia la realidad de los adultos que se nos mostraba tan lejana y compleja.

Teníamos suerte. Mucha suerte. A los 12 años, a algunas nenas ese mundo se les desploma sobre el cuerpo y el alma, arrebatándoles los últimos regalos de la infancia, muerta su inocencia para siempre a manos de un verdugo.

A los 12 años, hay niñas que no juegan nunca más a ser mamás, y se convierten en madres forzadas, violadas en su propia casa o en la de un vecino, abusadas por los hombres y las instituciones, que se pelean y debaten incluso por encima de una ley sobre la interrupción del embarazo que está a punto de cumplir 100 años.

A los 12 años, hay niñas que descubren lo cruel que puede ser la vida en una sociedad donde el abuso sexual es tan común como imponerles a la fuerza la voluntad propia.

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