La literatura y los femicidios
Aunque es algo que se sabe y que se dijo siempre, que la literatura y la vida no son universos separados, no transitan por mundos paralelos, uno puede preguntarse qué ecos, qué resonancias se encuentran entre los hechos que cotidianamente leemos o escuchamos referidos a los femicidios y la literatura, especialmente en la literatura que se produce en la Argentina, en un país en el que durante ese año 200 mujeres fueron asesinadas, lo que representa un femicidio cada 29 horas.
La literatura se debe, entre otras cosas, a la realidad, a ese mundo que retrata, a ese dolor humano y a los conflictos con los que se convive a diario.
Esto lo sabe muy bien la escritora Selva Almada, quien en 2014 irrumpió en el género no ficción con Chicas muertas, un libro que empezó a escribir a fines de 1986 sobre la historia de tres jóvenes asesinadas en pueblos del interior en los años 80. Tres muertes impunes cuando la palabra femicidio aún no existía. Almada cuenta las historias de tres jóvenes, Andrea, María Luisa y Sarita, pero que pueden ser historias semejantes a las de otras mujeres asesinadas, maltratadas, humilladas. Acaso, al terminar el libro poco importan esas historias particulares.
En esos tres casos -como en tantos otros- hay un patrón que es la falta de acción porque eran mujeres pobres. Esas tres chicas muertas son las otras chicas muertas. Una realidad que la llevó a afirmar que “a diferencia de las miles de mujeres asesinadas, sigo viva. Tengo que pensar que es solo una cuestión de suerte”.
Almada comprendió que los femicidios son el punto y la expresión máxima de una trama social que permite que existan.
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