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La Mañana Masacre

La masacre del Limay en la piel del asesino

Julio Aquines atacó a cinco adolescentes que pescaban en la costa del río en Valentina Sur. A tres los mató y los quemó. Dos lograron zafar tras fingir que estaban muertos. Condenado a perpetua, el Estado recién ahora le está brindando asistencia psicológica, pero hasta el momento todos los informes criminológicos advierten que es una "bomba de tiempo".

Julio Enrique Aquines, de 47 años, carga consigo tres muertes, dos sobrevivientes, un barrio que no olvida y una historia de vida que no lo exime de los crímenes, pero ayuda a configurar el perfil de uno de los asesinos más importantes en la historia criminal neuquina. Por su peligrosidad, ni siquiera se atrevieron a otorgarle las salidas transitorias controladas, menos aún la libertad condicional que prevé la progresividad de la pena en la ley 24660. ¿Quién se animará, cumplida la condena, a autorizarle la libertad?

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Una infancia devastada

Al ser indagada y estudiada, la vida de los asesinos seriales o múltiples suele dejar a la vista retazos de una niñez o adolescencia cruda, sórdida y violenta.

Para algunos especialistas, son muchas las personas que han atravesado esas etapas plagadas de dificultades, pero en el caso de Aquines, todo lo vivido fue reafirmando un destino que parecía estar tatuado en su ser.

Aquines nació el 12 de junio de 1974 y es el mayor de ocho hermanos, con quienes vivían hacinados en una precaria vivienda.

El vínculo con su padre fue desastroso. El hombre no consideraba a Julio su hijo, sino que creía que era fruto de una relación extramatrimonial de su pareja. Ese convencimiento llevó a que lo maltratara en forma recurrente desde muy chico.

La mamá, desde que tenía dos años, le suministraba Valium, por una supuesta indicación médica, para que la dejara dormir.

La infancia de Aquines tuvo un arduo ajetreo. Al hogar expulsivo en el que estaba y el maltrato que soportaba, las calles del casco viejo de Valentina Sur y la costa del río Limay se convirtieron en una suerte de refugio. Ese era su territorio, donde nadie lo condicionaba y donde aprendió a sobrevivir.

Así fue creciendo a la deriva, a tal punto que con 8 años, cuando estaba en tercer grado de la educación primaria, abandonó la escuela. Hay informes que dan cuenta de que todavía no había aprendido a leer ni escribir cuando lo expulsaron por problemas de conducta en dos establecimientos públicos.

Lentamente, Aquines comenzó con los consumos peligrosos. Fue así que se volcó al bolseo de pegamento, que lo abstraía de su menuda realidad.

Valentina Sur lo aburrió, así que cruzó sus límites hasta llegar al centro de la ciudad. La terminal de ómnibus, ubicada en el Bajo neuquino, lo hipnotizó. El ir y venir de la gente, las posibilidades de trabajo rápido, de consumos a mano y de personajes de toda índole que pululaban por sus alrededores fueron un magnetismo para el pequeño Julio.

Su madre, quizás en uno de sus últimos intentos por contener a su hijo de 10 años, decidió llevarlo a un especialista, que le detectó trastorno de la conducta.

“Presentaba alteraciones motoras, incapacidad para incorporar conceptos, intolerancia a la frustración, confusión, rechazo, se encontraba deprimido con tratamiento neurológico. La madre solicitó asistencia y orientación, no tuvo la continencia adecuada, por lo que planteó su internación”, describe la sentencia.

Después de eso, Julio dejó la casa y hasta estuvo un tiempo en un hogar a pedido de su madre, que recurrió a la Justicia de Menores para que lo metieran preso, pero poco se hizo al respecto.

En la calle, tenía sus yuntas, pero era más bien un chico solitario. Con el tiempo, al bolseo de pegamento se sumó el consumo de alcohol y ya con 12 años era un adolescente que pasaba gran parte del día tomando vino mezclado con psicofármacos. Tuvo varios ingresos a los hospitales públicos por intoxicación alcohólica y de inhalantes.

Desde esa temprana edad solía hacer de todo para conseguir unos pesos. “Trabajó de canillita, fue lustrabotas, vendía café de noche en la terminal y cuando se daba la oportunidad se robaba algo. No solo lo hacía para conseguir pegamento o vino, sino que era una forma de supervivencia”, detalló un especialista del caso.

Sin dudas, su vida pendía de un hilo, pero tampoco se hizo demasiado desde el Estado para contenerlo.

A los 13 años tuvo al primero de sus siete hijos, con la primera de sus tres parejas, con los que no supo construir un vínculo afectivo, algo que tampoco tuvo en su niñez.

Con tan solo 17 años, sus consumos lo llevaron a intentar quitarse la vida en cinco oportunidades y ya registraba más de 30 ingreso en las comisarías por distintos delitos.

“No robaba con armas. Entraba a un almacén, advertía que era un robo y pedía desde comida hasta dinero. Sus facciones de joven irritable generaban tal temor que los comerciantes le daban algo con tal de que se fuera”, recordó un investigador de la época.

Aquines tenía comportamientos violentos, consumos peligrosos y un trastorno antisocial que lo convirtieron en un riesgo para su persona y para terceros. A decir verdad, era una bomba de tiempo.

El pelotazo que lo hizo detonar

Todo estalló una tarde de primavera de 1998 cuando Julio Aquines caminaba por las inmediaciones de un potrero de Valentina Sur, barrio en el que vivía en una precaria vivienda. Mientras costeaba la cancha, recibió un pelotazo en la cabeza de parte de un grupo de chicos que jugaban un partido y que no pudieron evitar algunas carcajadas. Nada del otro mundo.

Pero para Aquines sí lo fue. A partir de ahí, su cabeza masculló solo una idea: “Ahora me van a respetar”. Los especialistas entendieron que en su ser creció el espíritu de venganza a modo de reivindicación.

Esa determinación se convirtió en horror 14 de noviembre de 1998 en la zona ribereña del Limay.

Al día siguiente del pelotazo, a Aquines se le presentó la posibilidad de cobrar esa burla que impactó en sus fibras íntimas. Cuando llegó caminando hasta la zona costera conocida como La Puntilla, se encontró con cinco chicos que habían ido a pescar en forma rudimentaria y a pasar la tarde. Para él, eran los que estaban jugando al fútbol, y ahora los tenía a su merced.

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El estremecedor adiós a los tres chicos asesinados por Aquines.

El estremecedor adiós a los tres chicos asesinados por Aquines.

Pesca, mate y puñal

Carlos Trafipán (16), los hermanos Cayetano (17) y César Correa (14), Claudio Painebilú (11) y Juan Carlos Urra (11), esa siesta del 14 de noviembre hicieron lo que hacían casi como un ritual: salir a explorar la zona costera, llevar en una mochila el mate, unas tanzas y unas latitas para improvisar una pesca que tenía por finalidad pasar la tarde en grupo, reír y compartir.

Esas salidas eran habituales en aquellos años y los padres solo se limitaban a impartir órdenes muy precisas, “ojo con el río”, “con el agua no se jode”. Por el resto, la inseguridad, nadie temía nada; Valentina era un barrio chico y todos se conocían.

La jornada se extendió un par de horas y cada tanto, con el ingenio propio de los aventureros, los chicos hacían un pequeño fuego para calentar agua en una latita y así compartir unos mates mientras los temas fluían como el agua del río.

Habían pasado las 19 cuando la tarde de sol se sumió en un sombra que los tomó por sorpresa. Con las miradas siguieron la larga sombra que se transformó en una persona de mediana altura y contextura delgada. Era Aquines, que con 25 años intimidaba más por sus facciones que por su porte físico. Su voz temible era el complemento perfecto para convertirlo en un ser temerario.

Primero, con voz imperativa los cuestionó: “¿Qué están haciendo?”. Y luego les dijo que ahí no podían estar. Los adolescentes entraron en pánico y ninguno se animó a reaccionar.

En estas situaciones juegan mucho los factores de lealtad, de protección a los más chicos del grupo y de mantenerse unidos ante el miedo. Todo esto traccionó en favor de Aquines, que aprovechó para controlar la situación exhibiendo un arma en su cintura que parecía ser una pistola de color negro.

Hasta ese momento, Aquines tenía muchos problemas conductuales, pero no había matado.

“En algún momento, después de los trágicos hechos ocurridos, supo decir que ‘una sombra le hablaba’, relato que nunca más volvió a utilizar”, develó un pesquisa.

Conocedor de la zona, Aquines los obligó a caminar unos 300 metros hasta que llegaron a un sector apartado y seguro para él, que desde muy chico conocía el paraje.

Allí se encendió en su cabeza y fluyó en sus venas la idea de asesinar.

Advirtió que tenía poder y controlada la situación, y eso le generó cierto placer, como en todo psicópata. A partir de ahí comenzó a desplegar una serie de acciones que lo llevaba a gozar del temor de sus víctimas.

Sobre las piedras les hizo desplegar una frazada, que los chicos utilizaban como manta, y les ordenó que se sacaran los cordones de las zapatillas, con los cuales los ató de pies y manos.

De la mochila de uno de los chicos sacó un chuchillo. Sus ojos brillaron y se reflejaron en el filo de la hoja. Luego, lo acarició con lascivia.

Sus frenos inhibitorios habían perecido y en su interior ya sabía qué iba a hacer y tenía el arma perfecta.

A los dos más chicos, Urra y Painebilú, los llevó hasta una depresión, alejados del resto de los adolescentes.

Los especialistas suponen que, al no haber matado nunca, debía ensayar, por eso se llevó a los más chicos y los alejó del resto para evitar que pudieran advertir alguna debilidad. Además, la intriga los aterrorizaba e inmovilizaba.

A Urra le asestó 17 puntazos en la espalda y uno en el tórax, luego a Painebilú le dio 11 puñaladas en distintas partes del cuerpo. Para Aquines, cada puñalada lo potenciaba.

Ambas víctimas se desvanecieron por la pérdida de sangre, pero también supieron que si Aquines los daba por muertos los dejaría ahí tirados. Y así ocurrió, porque fingieron estar muertos.

Urra y Painebilú permanecieron entre 40 minutos y una hora desangrándose, aguardando que su agresor desapareciera por completo. Sabían que no estaban en condiciones de correr ni de huir porque no contaban las fuerzas necesarias. Solo les quedaba esperar y rezar.

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El paso de la caravana fúnebre muestra cómo todo el barrio se volcó a las calles para despedirlos.

El paso de la caravana fúnebre muestra cómo todo el barrio se volcó a las calles para despedirlos.

Sangre y fuego

Sin saber que sus primeras víctimas aún respiraban, Aquines caminó con paso firme para encargarse del resto de los adolescentes que estaban atados sobre la manta.

Los chicos comenzaron a temblar cuando no vieron venir con Aquines a sus dos amigos. Supusieron que tal vez los había dejado irse, hasta por un momento se ilusionaron con que les permitiera marcharse, pero no fue así.

En la mente de Aquines no solo no había culpa, sino que la misericordia y la piedad eran palabras carentes de sentido. Él solo quería recuperar el respeto que le habían arrebatado tras el desafortunado pelotazo. De hecho, se acercó a ellos y su mirada vacía solo mostraba desprecio por esas jóvenes vidas.

De inmediato comenzó a golpearlos. Los chicos estaban indefensos y paralizados, nada pudieron hacer para procurar salvar sus vidas.

Con el ejercicio de haber apuñalado a los más chicos, Aquines cargó contra Cayetano y le dio cuatro certeras puñaladas en el cuello. A César, tres en el mismo lugar, y a Carlos Trafipán, ocho puntazos también en el cuello.

En su breve entrenamiento homicida había descubierto que cuando un cuchillo penetra las arterias y venas del cuello, la muerte es inevitable.

Cayetano, César y Carlos quedaron tendidos en la tierra y ni siquiera pudieron intentar cubrirse con las manos las heridas para frenar la sangre que fluía a borbotones.

Con los jóvenes agonizando, el asesino resolvió no dejar rastros, fue por eso que los cubrió con la frazada y luego juntó ramas secas para después prenderlos fuego.

Sin necesidad de chequear que su trabajo hubiese concluido, tomó la mochila de los adolescentes y una caña de pescar, y se alejó del lugar.

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El juez Eduardo Badano junto a su asistente Pablo Vignaroli llegando a la escena del crimen.

El juez Eduardo Badano junto a su asistente Pablo Vignaroli llegando a la escena del crimen.

Un milagro en el infierno

Urra y Painebilú, los chicos de 11 años que fueron los primeros en la lista de Aquines, se ayudaron mutuamente para emprender una suerte de calvario donde el sufrimiento, el temor, las caídas y las sucesivas puestas en pie los fueron acercando hasta una escuela de la zona donde imploraron ayuda.

Sus vidas pendían de un hilo cuando llegaron al alambrado que cercaba el establecimiento educativo, donde para suerte de ellos se estaba realizando una actividad.

Ni bien el grupo de padres y docentes que estaban en el lugar advirtieron la presencia de los chicos, hasta saltaron un alambrado para socorrerlos, los subieron a un vehículo y a toda velocidad los trasladaron al hospital, donde los médicos lograron estabilizarlos y salvaron sus vidas de milagro.

A la fecha, todavía viven en el barrio, pero ya no quieren recordar la traumática experiencia que marcó sus vidas. De todas formas, cada noviembre sus cuerpos son invadidos por la angustia, la bronca y el dolor por aquellos amigos que no pudieron contarla.

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Noche de boliche

Julio Aquines -ya los informes de niño lo advertían- no era un tipo lúcido o con una inteligencia tal como para salir impune de semejante masacre.

En el derrotero de la investigación se supo que había charlado con algunos muchachos que luego a lo lejos lo vieron acercarse a sus víctimas.

Al regreso de los crímenes también lo vieron y Aquines hasta se tomó el tiempo para charlar un rato mientras sostenía las cosas que les había robado a sus víctimas.

Los psicólogos, psiquiatras y perfiladores criminales que conocen este tipo de mentes asesinas no se asombran, pero a los ciudadanos de a pie no los deja de sorprender cuando luego conocieron el itinerario de Aquines después de la masacre.

El hombre llegó a su casa, como de costumbre no le dio ningún tipo de explicación a su pareja y se duchó. Luego de tomar un par de mates, le propuso a su pareja que fueran a bailar.

Esa noche en el boliche, Aquines se embriagó como de costumbre, pero como se había iniciado en la bebida a muy corta edad, tenía tolerancia a grandes cantidades de alcohol.

Eso sí, cuando llegaron a la casa, en plena madrugada, se desplomó en la cama y durmió como un bebé, sin sufrir pesadillas y sin que la conciencia le pesara. Estas mentes son indiferentes a la culpa y la empatía.

Pasado al mediodía del 15 de noviembre, un dato clave de un vecino daría pie a que el juez Eduardo Badano ordenara su detención.

Escena del crimen y autopsia

“Nos tiraron un triple crimen”, advirtió la noche del 14 por teléfono el juez Eduardo Badano a uno de los más importantes especialistas forenses de Neuquén.

La frase hacía alusión directa al triple crimen de Cipolletti que había ocurrido hacía un año atrás. De este lado del río, los magistrados tocaban madera para no tener que afrontar semejante situación, pero todo llega.

Con los pocos datos que dio uno de los sobrevivientes en el hospital, la Policía pudo encontrar la escena del crimen y, por orden del titular Cuerpo Médico Forense, el lugar quedó perimetrado o congelado, como se suele decir en la jerga, para ser analizado con las primeras luces del día siguiente.

Hasta allí llegaron funcionarios judiciales, policiales, forenses, medios y casi todo el vecindario, que a su vez estaba siendo entrevistado por algunos oficiales que buscaban recabar datos y testigos.

“Cuando arribaron al lugar, recuerdo que el titular del Cuerpo Médico Forense encabezaba una fila india. Atrás iba un fotógrafo que registraba cada detalle que le pedía el médico y al final iba el fiscal, que observaba y evitaba salirse de la senda que marcaba el médico”, recordó un pesquisa a LMN.

La escena era desgarradora. “Lo más shockeante que vi en mi carrera”, aseveraron incluso algunas de las fuentes consultadas.

“Había dos adolescentes, César y Carlos, que yacían semiquemados bajo las ramas de la fogata. Los dos estaban maniatados con los cordones de las zapatillas. Después había uno más grandote, Cayetano, que se notaba que se había arrastrado intentando huir de las llamas, pero murió desangrado a los pocos metros”, develó uno de los expertos que luego tuvo que acompañar el proceso de autopsia.

En ese recorrido por el área delimitada se encontró el cuchillo que Aquines había sacado de la mochila de uno de los chicos, y después de los peritajes, del análisis de las lesiones, el estudio de ADN comprobó que tenía los rastros de Aquines por lo que se trataba del arma homicida.

Los cadáveres fueron trasladados a la sede del Cuerpo Médico Forense, que encaró por primera vez una autopsia múltiple en Neuquén.

En ella se comprobaron las causales de muerte de los adolescentes y que la mayoría de las puñaladas habían sido de atrás hacia adelante y de arriba hacía abajo. Al momento de quemarlos, dos de ellos estaban aún con vida.

De la escena del crimen, el titular del Cuerpo Médico Forense acudió hasta el hospital para observar a los dos chicos sobrevivientes. Una maestra, que había quedado conmocionada, los estaba acompañando, temía dejarlos solos y que les ocurriera algo. Su instinto maternal estaba en alerta, a la espera de que llegaran los padres de los pequeños.

Los profesionales médicos vieron a los chicos de 11 años. Uno de ellos, que había recibido una puñalada en un pulmón, era el más complicado. Tenía un drenaje en el tórax, con un tubo que servía para sacar el aire y la sangre. Pese a su endeble condición, le contó al forense, de manera pausada pero tranquila, los detalles de lo que habían sufrido.

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"Ya lo tenemos"

Los datos aportados por los sobrevivientes, entre ellos las características del asesino, y el trabajo de rastrillaje de testimonios de los vecinos por parte de la Policía habían surtido efecto.

Los oficiales se encontraron con los jóvenes que lo habían observado a Aquines charlando con sus víctimas, también con los que lo vieron volver del río e incluso se sumó, delante del juez, un testimonio categórico de una persona que contó que el sospechoso le había ofrecido venderle la caña de pescar que les había robado a los chicos.

El juez Badano y los investigadores no dudaron en los más mínimo en allanar pasado el mediodía la casa de Aquines, que todavía dormía.

En la requisa al domicilio encontraron prendas de vestir que lo vinculaban al hecho, así como también la mochila y la caña de sus víctimas. De inmediato, se procedió a su detención que el jefe de investigaciones de la Policía, Juan Carlos Lepén se la anunció al juez: "ya lo tenemos".

Con todos los elementos que habían recolectado, Badano respiraba tranquilo porque no tendría que atravesar una apesadumbrada investigación como la que corrió en suerte el primer triple crimen de Cipolletti.

“Hubo que esperar que se le pasara la borrachera para poder entrevistarlo. El juez pidió que hablara con los profesionales forenses para tener una idea de a qué se estaba enfrentando. Fue así que lo llevamos, con el rostro cubierto para evitar a los periodistas. Cuando entró al recinto de los forenses, recuerdo que le sacaron la prenda que le cubría el rostro y fue la primera vez que le vi cara de horror a Aquines. No sé qué habrá imaginado”, recordó a LMN un viejo pesquisa.

La charla duro un rato, nadie puede especificar si fueron 10 o 30 minutos. Pero fue un derrotero de preguntas densas que buscaban saber más sobre el asesino que sobre su modus operandi.

“Ahora me van a respetar”, fue una de las respuestas determinantes que dio Aquines a los profesionales que luego, al recuperar la secuencia del partido de fútbol, comprendieron, no sin asombro, que el asesino buscaba una reivindicación, un típico componente de una personalidad narcisista. También advirtieron que carecía de una valoración moral y entendieron que era sumamente peligroso porque, al concentrarse en sus fines, los actos que podía realizar escalaban a dimensiones atroces.

Juicio y condena

Julio Aquines, autor de la masacre del Limay, quedó detenido y procesado, así funcionaba el viejo código. Hoy seguramente también quedaría detenido no solo por el impacto social de los crímenes, sino por su trastorno antisocial y el riesgo de fuga.

El 29 de noviembre de 1999, poco más de un año después del ataque y muerte de tres de los cinco chicos, se llegó a una sentencia que estuvo a cargo de los jueces Cecilia Luzuriaga de Valdecantos, Jorge Sommariva y Roberto Omar Fernández.

La acusación que pesaba sobre Aquines era privación ilegítima de la libertad, calificada por el uso de violencia y amenazas reiteradas en cinco hechos, en concurso real con homicidio en grado de tentativa en dos hechos; homicidio calificado por ensañamiento y alevosía y para ocultar los otros delitos o procurar la impunidad en tres hechos; y también se le añadió el robo de los objetos de los chicos.

A los testimonios recolectados en el barrio se sumaron los relatos de los sobrevivientes, Urra y Painebilú, que además en la rueda de reconocimiento identificaron en forma inequívoca a su agresor y asesino de sus amigos.

El arma que exhibió en su cintura Aquines para reducir a sus víctimas resultó ser una réplica, pero los adolescentes eso no podían saberlo, más aún cuando estaban bajo la intimidación del agresor.

Los informes de los especialistas forenses fueron concluyentes al advertir que no se trataba de un sujeto inimputable sino que era consciente de su accionar.

En resumen, los tres especialistas que declararon en el juicio explicaron que el pelotazo había menoscabado su personalidad narcisista y por eso buscó una reivindicación posterior.

Si bien Aquines “no presentaba una patología psiquiátrica, su estado mental no se encontraba alterado, por lo que era consciente y dirigía sus acciones”, dejó en claro otro de los especialistas.

Incluso, otro experto en la materia, que lo atendió de niño, explicó que el asesino “conocía las normas de convivencia social, pero no les prestaba interés”. “No existió una falla en el control de los impulsos, obró conforme a su realidad interna. No le importaba hacer daño”, agregó.

En forma concluyente, los profesionales informaron a los jueces: “Aquines no siente culpa, su super-yo se encuentra desintegrado, no le interesa la sanción, no se angustia con lo sucedido. Se presentó como insensible y frío. No le importaban las consecuencias, ni siquiera su vida propia”.

Un dato no menor es que toda la violencia desatada fue sobre la base de una fantasía preexistente con contenido sádico. Todo ello fue facilitado por la ingesta de alcohol y psicofármacos, que relajaron los recursos de freno y control disponibles. Es decir que su desventurada infancia juega en la mente del asesino un rol fundante.

Con todo lo analizado, los jueces resolvieron condenar por unanimidad a Julio Aquines por homicidio agravado por alevosía reiterado en tres hechos y homicidio agravado por alevosía en grado de tentativa reiterado en dos hechos, a la pena de prisión perpetua.

El Estado en su laberinto

La ley 24660, que contempla a las personas privadas de su libertad, establece la obligación del Estado de resocializar a los presos, ya que en determinado momento la pena se agota y volverán a estar en libertad.

Con Aquines, como con casi todos los presos, es poco lo que hace el sistema al respecto.

“La cárcel es un depósito de carne humana”, sentenció en marzo de 2014 Raúl Caferra, defensor oficial que estuvo en una audiencia donde solicitó las salidas transitorias para el autor de la masacre del Limay.

La explicación es simple, los defensores deben garantizar que se cumplan los derechos tanto de los acusados como de los presos. Para ello, está dicha ley que establece la progresividad de la pena.

En 2014, por conducta, concepto y condición temporal, Aquines llevaba 15 años preso, cumplía los requisitos para recibir las salidas transitorias, al menos con custodia, a la casa de su familia, que estaba dispuesta a recibirlo.

Pero desde que fue detenido en 1998 y luego condenado un año después, nunca recibió tratamiento, pese a que el Ejecutivo provincial tiene la obligación de hacerlo.

Según afirmaron, solamente fue visitado por un psiquiatra que le suministraba medicación, pero no era asistido psicológicamente aunque los jueces que trataron a Aquines en la ejecución de la pena solicitaron que se cumpla con el tratamiento. En este caso debería ser abordado por un especialista para que fuera una terapia cognitivo conductual.

De hecho, desde 2018, el interno reúne los parámetros de ley necesarios para solicitar la libertad condicional, es decir, volver al medio libre con una serie de condicionamientos, entre ellos no tener consumos de alcohol y drogas, fijar un domicilio y no cometer delitos.

Hasta la fecha, si bien fuentes judiciales aseguraron que está recibiendo un tratamiento psicológico, todos los informes del Gabinete Técnico Criminológico afirman que no es prudente dejarlo volver al medio libre.

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Los informes que lo condenan

A lo largo de su estadía en prisión, el Gabinete Técnico Criminológico lo ha evaluado a pedido de las partes cuando estaba en condiciones de recibir los beneficios de ley.

¿Qué se ha podido establecer de acuerdo con los informes del gabinete y de las unidades de detención? Que Aquines goza de buena conducta bajo la observación de los penitenciarios. Su escolaridad primaria ya la concluyó y los estudios secundarios, supuestamente, también.

Realizó cursos de carpintería, platería y capacitación en colocación de pisos y cerámicos. El concepto en general del interno es bueno. Además, mantiene buena relación con cuatro de sus hermanas que lo suelen ir a visitar al penal con frecuencia, mientras que su madre acude al horario de visita una vez al mes. Es decir que tiene buen vínculo con su red de contención familiar.

No obstante, por sus propios medios decidió suspender el tratamiento médico-psiquiátrico. Y los especialistas que lo han observado afirman que “tiene trastorno antisocial de la personalidad y el pronóstico es de riesgo alto de recaída en comportamientos violentos”.

En ese sentido, “denota que se trata de un sujeto impulsivo, de muy difícil autocontrol, que tiende a actuar de manera espontánea y precipitada (en cortocircuito, es decir, con escasa actividad deliberativa); que, a nivel interpersonal, es irresponsable, y se niega o resiste a hacerse cargo de sus responsabilidades personales, conyugales, laborales o económicas. La estructura cognitiva que contiene sus impulsos es pobre, lo que acarrea una fácil trasgresión de los controles, con bajos umbrales para la descarga hostil o erótica, e intolerancia a la demora o frustración; con un estado de ánimo insensible, duro, irritable y agresivo”.

Además, demuestra rasgos de una personalidad depresiva “que le dan un talante crónicamente desanimado y abatido”.

Para los especialistas, la recaída en el consumo de sustancias es un parámetro alarmante, por lo que en caso de darle algún tipo de beneficio debe ser bajo un extremo control, porque ese predictor latente podría facilitar la aparición de factores de violencia.

Por todo esto, si no hay un tratamiento puntual con un seguimiento profesional e interdisciplinario, Julio Aquines es un riesgo para terceros, una bomba de tiempo que nadie puede predecir cuándo podría estallar.

Por último, cuando Aquines cumpla la condena, ¿qué van a hacer los jueces en caso de sostenerse semejante personalidad?

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