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La mujer que conoce todos los secretos de los dulces del norte

Juliana Soto. Hija de pioneros en el jardín del Neuquén.

Además de trabajar en la fábrica de dulces, Juliana hizo cuanta tarea le encomendaran en el campo. Aprendió a tejer en la escuela y, desde entonces, el telar es una parte de su vida. Aunque también fue pirquinera.

La historia de los pueblos en el norte neuquino está atravesada por un montón de historias personales de los primeros vecinos que dejaron su impronta y jirones de su vida al servicio del crecimiento del lugar que eligieron para vivir y desarrollarse. Es el caso de doña Juliana Soto, más conocida por todos simplemente como Julia. Ella es una insigne pionera en este jardín del Neuquén.

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Los orígenes de Huinganco corren por sus venas y por su frente corre aún el sudor de tantas faenas cumplidas y que eran propias de los hombres, pero igualmente le puso la espalda y no escapó a ningún trabajo.

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“En la vida aprendí a hacer de todo. Lo que más recuerdo era tirar del carro con bueyes y llevar el trigo, antes lo teníamos que cargar completo. Lo único que me faltó aprender fue a ponerles el yugo a los bueyes. Era muy pesado y peligroso a la vez, pero de lo otro hice de todo”, cuenta Juliana mientras va entrecruzando los hilos en el telar heredado de su madre.

Juan Basilio Soto y María Nieves Saso fueron sus padres. Juliana es la hija del medio de cincos hijos que le dieron a esta tierra del norte neuquino esta pareja de esforzados pobladores. Sus hermanos se llaman Jonás, Justiana, Juana y Juan.

Juliana supo desde muy pequeña lo que era el trabajo, la responsabilidad y el compromiso. Su padre fue uno de esos pirquineros que le supieron arrancar la riqueza a la tierra de manera artesanal. “Él tenía una pequeña mina y nosotros siempre lo acompañábamos”, recuerda. También criaban vacas de las que extraían la leche para vender y elaborar quesos caseros. Algo que la hizo crear fuerza fue preparar la tierra, siempre acompañada por una yunta de bueyes.

“Mi padre nos mandó a la escuela y cumplimos hasta séptimo grado, y hasta ahí llegó el estudio porque antes a las mujeres no las mandaban a continuar sus estudios a otros lugares, así que hoy pienso que no sé qué me hubiera gustado estudiar de haber podido hacerlo”, explica.

Contrajo matrimonio con un empleado forestal del incipiente vivero de la localidad. Carlos Contreras junto a Juliana le dieron vida a un solo retoño que hoy es su orgullo. Claudio, su único hijo, heredó la estirpe de estos dos pioneros del pueblo y hoy los representa como concejal del pueblo.

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Juliana tiene mucho que ver y prácticamente es una de las fundadoras de la Fábrica de Dulces Regionales de Huinganco, todo un símbolo de identidad de la localidad.

Su padre Basilio fue uno de los integrantes de la primera comisión municipal de la localidad. Fue también un verdadero hombre visionario con la creación de un molino harinero que supo destacarse en la región y también fue uno de los primeros habitantes que proveyó de energía eléctrica a la zona y en especial a su chacra.

El hombre supo montar una pequeña usina hidroeléctrica aprovechando el cauce del canal de riego a través de un dinamo, que por esas cosas de la vida una vez lo mandaron a reparar y nunca más volvió a su lugar de origen.

La tarea de moler el trigo era todo un ritual de vecindad, integración y solidaridad. “Mi padre molía su trigo y después los vecinos podían usarlo, era muy lindo porque en esos días todos se ponían de acuerdo para dejar que todo el caudal del canal de riego llegara al molino para que funcionara a pleno. Éramos muy unidos en esa época”, cuenta

No pudo estudiar, sin embargo ella tuvo la mejor escuela que se puede tener: la escuela de la vida. Ella aprendió de todo un poco y eso con los años le valió la posibilidad de trabajar como maestra de oficio en el antiguo Cepaho.

“En aquellos años nombraron a cuatro mujeres en ese lugar, además de la directora a una cocinera, a una profesora de tejido a dos agujas y a mí en tejido a telar. Más tarde Verónica Parra (directora), Violeta

Parra, Yolanda Fuentes y yo también le empezamos a dar vida a la Dulcería Regional”, comenta. “Por un tiempo trabajábamos todo el día, en la mañana en la dulcería y por la tarde en el Cepaho”, agrega.

“Así fueron pasando los años y mi compañera de trabajo hasta la jubilación fue mi amiga Eloina Quezada, con ella gastamos gran parte de nuestras vidas en la dulcería. Siempre me acuerdo de los senderos que teníamos que recorrer para llegar de nuestras casas a la dulcería”, recuerda.

El camino de la materia prima

La tarea en la fábrica en aquellos inicios no fue fácil, las mismas cocineras tenían que salir a buscar la fruta para procesarlas, cocinarlas y preparar el dulce. Con el tiempo fueron trayendo plantines de frutas finas.

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