La nueva vida de aquel lustrabotas del barrio San Lorenzo que a los 12 robaba
Conoció la violencia de cerca, el abandono, el hambre, la marginación, el delito, la supervivencia y la solidaridad. Se presenta como un privilegiado porque “la mayoría de los pibes con los que compartí mi vida buena y mala, murieron”. Luis Soto, más conocido como “Tatú” tiene 51 años vividos y sufridos intensamente. Su historia está reflejada en El Lustra un libro que publicó en octubre pasado en el que recorre sus vivencias.
En 1978, cuando tenía 8 años descubrió ese mundo desconocido hasta entonces que se extendía más allá de las calles de San Lorenzo, su barrio. En pleno festejos por la conquista de la selección argentina de fútbol de la Copa del Mundo, se subió a un camión que lo llevó hasta el centro de la ciudad. Sus ojos quedaron deslumbrados por las vidrieras, los comercios y la gente. Ahí decidió su suerte, dejó el “ranchito” donde vivía con su madre, Ubaldina, porque “entendí que en ese mundo podía laburar para no sufrir por no comer”. “Ese día me rajé de casa, no había para comer, dormíamos boca abajo para que no nos duela la panza por no comer”, describe.
Era uno de los cinco hijos de esa mujer que trabajaba como empleada doméstica, pero que no le alcanzaba para mantenerlos y que había sufrido violencia por parte de su marido. “Mis viejos se separaron después de la última paliza que le dio mi viejo que casi la mata. Cuando la ví tirada en el piso pensé que estaba muerta. Salí a la calle para pedir auxilio a los vecinos”, cuenta recordando lo que vio con sus ojos de 6 años.
Su vida cotidiana pasaba por andar en las chacras para robar alguna fruta o verdura y en las calles “manoteando cualquier cosa”.
El centro fue su lugar en el mundo donde ganarse unos pesos. “En la terminal de ómnibus empecé vendiendo estampitas hasta alfajores, hasta que un día encuentro un cajón de lustrabotas y con mis amigos nos ponemos a lustrar”. Durante cinco años cargó el cajón con cepillos y pomadas para lustrar zapatos en la terminal de Neuquén. Durante cinco años “con los pibes nos mandamos un montón de cagadas y todos los días caíamos en cana; choreábamos todo lo que veíamos”. Los días que no dormía en la comisaría lo hacía en las casas ferroviarias.
Agradece a los hermanos Castaño que lo dejaron lustrar los zapatos dentro de la confiteria Avenida que estaba al lado de lo que actualmente es el Hotel Cristal. “Los Castaño y los dueños del hotel se encariñaron conmigo a tal punto que muchas veces me ofrecían una habitación para que durmiera. El dueño de Andresito, por ejemplo, cuando me encontraba sucio me llevaba a la tienda, me hacía bañar y me daba ropa nueva. A toda esa gente maravillosa le estoy muy agradecida y ese ha sido uno de los motivos para escribir el libro”.
Todo el dinero que ganaba vendiendo o lustrando zapatos se lo llevaba a su madre. En 1982, en plena Guerra de Malvinas, decidió volver a su casa en San Lorenzo. “Tenía 12, 13 años y me di cuenta que en la vida no solo sos feliz teniendo plata sino también no teniendo plata. Aunque volví a pasar hambre ahora estaba otra vez con mi vieja”, afirma.
Luis “Tatú” Soto pasó hambre en su infancia en el barrio San Lorenzo y fue testigo de la violencia que su padre ejercía contra su madre. A los 13 años ingresó al mundo del delito que abandonó para cambiar su vida y transformarse en un trabajador comunitario.
En ese tiempo su vida dio otra vuelta pero hacia lo peligroso, la delincuencia. “Tenía 13 años y me prendí con pibes de 20, 22 años para robar en las casas”, cuenta. Por su baja estatura, sus compañeros de andanzas le pusieron de apodo Tatú, por su baja estatuta, como aquel protagonista de la serie "La isla de la fantasía". “Empece a robar porque estaba junto a toda esta gente y porque si no tenía zapatillas sabía que con ellos las iba a tener, y si no tenía plata con ellos la iba a tener”, confiesa.
Su final en la delincuencia llegó cuando en uno de los asaltos lo agarró la policía. “Me pegaron mucho, me preguntaron con quién andaba, me nombraron a todos los chorros de acá, Culebra, Machuca, Chimango..., pero a pesar de los golpes que me dieron no los vendí”.
“Cuando el juez me dio la libertad me encontré con los que andaba choreando y les dije que no me iba a prender en ninguna más. No mandé preso a nadie, les dije. Lo aceptaron y siguieron siendo mis amigos. Si no hubiera tomado esa decisión estaría muerto como todos ellos o andaría inválido”, asegura el vecino del barrio San Lorenzo.
Estuvo preso catorce días y cuando salió decidió dejar de delinquir. “Cuando el juez me dio la libertad me encontré con los que andaba choreando y les dije que no me iba a prender en ninguna más. No mandé preso a nadie, les dije. Lo aceptaron y siguieron siendo mis amigos. Si no hubiera tomado esa decisión estaría muerto como todos ellos o andaría inválido”.
“Mi vida fue muy jodida, tuve que manotear de todas partes para sobrevivir y luchar permanentemente para tener un proyecto de vida. Me transformé en un trabajador comunitario para ayudar a los demás”, afirma Luis "Tatú" Soto.
“Fui feliz cuando era lustrabotas”
Luis dice que después de haber pasado hambre, de ser un marginal y de robar, se transformó en un trabajador comunitario, en un referente del barrio San Lorenzo. Transita la vida junto a su mujer y su hijo de 20 años, haciendo trabajos de pintura, refacciones o elaborando más de 30 pan dulces para regalarles en esta Navidad a los que trabajan en la calle.
Dice que el libro "El Lustra" lo escribió como forma de agradecimiento a Jose Luis Savanco, Brasas Mantilaro, Rubén Capitanio, entre otros que lo ayudaron a sobrevivir.
Confiesa que volvería a hacer lo mismo que hizo “porque mi vida fue muy jodida, tuve que manotear de todas partes para sobrevivir y luchar permanentemente para tener un proyecto de vida”. “En la vida hay buenas y malas, y hay que bancar sin perder la alegría de vivir, hay que ser fuerte, no rendirse. Me transformé en un trabajador comunitario para ayudar a los demás”. Y agrega “cuando era lustrabotas fui feliz”.
Recuerdos que reflejan la lucha cotidiana
Luis Soto cuenta que cuando terminaba de lustrar zapatos juntaba el dinero y con el resto de los lustrabotas compraban desde gaseosas hasta chocolates. Mientras bebían, comían, charlaban y hacían chistes, Luis les anunciaba a sus amigos: “con esta vida que vivimos yo alguna vez voy a escribir un libro”.
Mucho tiempo después ese anuncio se convirtió en realidad. En octubre de este año vio salir de la imprenta su libro El Lustra. Por las calles de Neuquén que se vende en las librerías Libracos y Malapalabra. “Hice este libro como una forma de agradecimiento a esa gente que me ayudó en la vida”, dice Luis en su casa de Godoy al 600. Además, según el autor, es un libro “que al lector le da fuerza para empujar la vida cotidiana, para pelearla, son recuerdos que estimulan a empujar y darle para adelante”.
Señala que las páginas de este libro sirven también "para recordar esos lugares y personajes que ya no están, y aquellos que me permitieron encausar mi vida”.
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