La peor cara de la crisis

Pobreza hubo siempre, lo que no había era hambre”, afirmó sin vueltas hace unos días a este diario el presidente de una comisión vecinal, reflejando la postal cotidiana que se observa en merenderos y comedores de distintos barrios de la ciudad, a los que llegan cientos de niños, adultos y hasta familias enteras en busca de un plato de comida, una copa de leche y, en algunos casos, una bolsa con alimentos no perecederos para comer durante el fin de semana.

Quienes con mucha solidaridad y enormes esfuerzos para conseguir donaciones están al frente de estos lugares de asistencia y contención social a los sectores más castigados por la desocupación, la inflación y los aumentos de los productos de la canasta básica coinciden en que la demanda se duplicó en el último tiempo.

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Hace dos fines de semana, Mary Salvo, quien hace diez años brinda asistencia diaria a unas 400 personas en el comedor Caritas Felices en la toma Rincón del Valle –al final de la calle Novella-, contó con profunda tristeza que algunas familias que años atrás habían dejado de acudir porque consiguieron trabajo ahora volvieron a pedir ayuda porque quedaron desempleados y atraviesan con sus hijos una situación extrema.

Al recorrer barrios, comedores y merenderos, los índices de la pobreza adquieren rostros y nombres.

“Ahora también vienen los papás o los abuelos a buscar la leche”, cuentan los encargados de los merenderos.

Y también hay otra postal que comentan quienes están al frente de estos lugares, que es la de numerosos niños con la responsabilidad de llevar el alimento a su núcleo familiar, compartiendo la comida o lo que sobra de la merienda con sus padres y hermanos.

Al recorrer los comedores y merenderos, los índices estadísticos de la pobreza adquieren rostros y nombres.

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