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La teenager psicópata que asesinó a su hermanito

El pequeño tenía 9 años, le disparó a quemarropa, luego le puso una toalla en el cuello y una bolsa negra en la cabeza, y lo arrastró. Desordenó toda la casa para fingir que se había tratado de un robo. El hecho ocurrió en Cutral Co.

Corría julio de 2001 y el país estaba imbuido en una de sus peores crisis sociales y financieras. En Neuquén, la Ley 2302 del Niño y el Adolescente era un faro para el resto de las provincias, pero a poco andar un crimen cometido por una adolescente de 16 años de la comarca petrolera demostraría que todavía la letra solo era letra.

La 2302 constituyó un fuerte cambio en la política penal en lo que a menores de 18 años se refiere. Fue promulgada en diciembre de 1999 y publicada en el primer trimestre del 2000. Fue así que se convirtió en un paraguas protector para los niños y adolescentes en conflicto con la ley, pero todas las instituciones que debían actuar como el colchón legal para darle sustento a la letra no estaban preparadas y, en algunos casos, sus carencias quedaron a la luz con el crimen de la teenager.

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Entre otras cosas que no se supo resolver ­–o, en todo caso, se resolvió mal por ese entonces- estuvo el seguimiento psicológico y psiquiátrico de la asesina.

Si bien a esa edad no se puede confirmar que se trate de una psicópata, sí se puede hablar de rasgos psicopáticos. “Todo indicaba que era la típica psicópata de manual, en la actualidad es una psicópata integrada”, aseveró uno especialista que trabajó en la causa.

Un posible móvil

El hecho ocurrió en interior de la casa de una familia de Cutral Co. El matrimonio tenía dos hijos. La adolescente de 16 años era una “chica diez” en el colegio, le gustaba vestirse como las jóvenes que aparecían en las series de Cris Morena, y por su belleza y personalidad seductora y desafiante, todos sus compañeros querían invitarla a estudiar o a salir.

El nene de 9 años, que resultaría víctima de su hermana en un homicidio atroz, era un chico tranquilo, amante del fútbol e hincha de Boca, y valoraba mucho una foto que se había hecho con Ricardo Bochini, un 10 distinto que brilló en Independiente de Avellaneda.

Cuando los padres salían a trabajar y su hermana se iba al colegio, el pequeño acostumbraba quedarse solo en la casa, con una llave por cualquier cosa. Incluso, en el frente de la vivienda había un ovejero alemán atado con una cadena que se encargaba de custodiar la vivienda.

La joven tenía una fuerte influencia en su círculo familiar, que la trataba de complacer en todo. De hecho, le contó a su madre que tenía interés en la carrera de Medicina y la convenció de ir al cementerio y comprar el esqueleto de un niño.

La operación clandestina se concretó y en el fondo del local donde trabajaba la madre, la chica, dos días antes del crimen, se puso unos guantes de látex celestes y lavó cada hueso del esqueleto.

“Ella era la que guardaba los ahorros de la familia, junto con un dinero que les había dado en custodia la tía”, confió un investigador del caso a LMN para mostrar la fuerte personalidad de la adolescente, que escondía los ahorros en una lata en una parte oculta de su placard.

Sus compañeras y compañeros de colegio, en sus declaraciones y aportes de información a la investigación, contaron que la chica llevaba un tiempo “haciendo gastos importantes en ropa y otras cosas que no eran propias de sus pares”. “Incluso pagaba en dólares”, reveló otra fuente del caso, que aclaró que la familia tenía un total de 3000 dólares en ahorros.

La tía ya había pedido que le entregaran su dinero porque necesitaba pagarles a los albañiles que le estaban refaccionando la casa, pero la adolescente se había negado con distintas excusas. Las evasivas comenzaban a acabarse, así que era necesario actuar rápido.

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El crimen

Acorralada por la situación, la teenager elaboró un plan para simular un robo, pero para ello debía asesinar a su hermano y eso lo tenía claro.

El viernes 30 de marzo de 2001, puso en marcha su empresa criminal. Ya había solicitado en el hospital local un turno para ver al oculista, con el fin de obtener un certificado médico para luego justificar su llegada tarde al colegio.

Tras salir del hospital, llamó un par de veces al trabajo de la madre para confirmar que ya no quedara nadie en la casa, salvo su hermanito.

La chica entró a la casa y su hermano se fue a su habitación, hacía tiempo que les había manifestado a los padres que le daba miedo estar con ella solo en la casa.

La teenager buscó los guantes de látex, fue hasta la habitación de los padres y sacó el revolver que guardaba su papá en la mesita de luz. Es decir que con esta acción, quería evitar dejar huellas y, a la vez, sabía que había un arma en la casa. Después, arrancó la conexión telefónica del living y se dirigió directamente en busca de su objetivo, el hermano.

El niño, cuando la vio entrar a la habitación armada, corrió y fue ahí que se produjo el primer disparo. “La bala dio contra un cuadro del Titanic que estaba en la cabecera de la cama del nene”, reveló el investigador que recorrió toda la escena del crimen.

El pequeño llegó hasta el living y al darse cuenta de que no le daba el tiempo para abrir la puerta de la casa porque no estaba la llave puesta, intentó abrir las ventanas corredizas, que por la tierra se deslizaban con dificultad y hasta había que hacerles fuerza.

La joven lo sorprendió contra la ventana y le apuntó a corta distancia. El reflejo defensivo del niño fue estirar una mano para protegerse. El proyectil le atravesó la mano izquierda, ingresó por el tórax y salió por la espalda, perforando posteriormente la ventana, que estalló y una de las astillas dio en el ojo de la asesina.

El plomo mortal los peritos lo encontraron tirado en la vereda.

Hasta acá, el plan de la teenager venía sobre ruedas. Para confundir a los investigadores y hacer parecer que el crimen fue producto de un robo, tomó a su hermano muerto, le puso unas toallas en el cuello y una bolsa negra en la cabeza, y lo arrastró para dejarlo cerca de la puerta de ingreso a la casa.

Los peritos estimaron que las manchas de arrastre eran de entre tres y cuatro metros.

Luego, con total tranquilidad, la joven desordenó toda la vivienda con la idea de apuntalar la hipótesis del robo.

Todo lo descripto lo llevó entre 20 y 30 minutos como mucho.

Finalmente, salió de la casa y se fue al colegio, donde entregó el certificado de que había acudido al oculista.

Cuando trascendió el crimen y la casa estaba llena de policías y funcionarios judiciales, “ella estaba tranquila como si nada ocurriera”, relató el pesquisa.

Caen las coartadas

El rol de la fiscalía y de los peritos en el análisis de la escena del crimen fue vital para entender lo que había ocurrido. La madre estaba desmoronada y llorando a rabiar. “Recuerdo la imagen de verla llegar a la casa. Venía caminando desde el comercio, pasando su mano por las paredes y las rejas con una profunda tristeza. Cuando llegó a la casa, se arrodilló en la puerta, vio a lo lejos al nene y se desmayó”, contó uno de los policías que trabajaron en el lugar.

Al padre del niño lo vieron sereno y la adolescente solo miraba el ir y venir de los uniformados. Quería comprobar si había hecho todo bien.

“Lo que nos llamó la atención fue que, en la dinámica criminal, un delincuente que ingresa a robar no mata a un nene de nueve años. A esto se sumó que el barrio donde ocurrió el hecho no estaba dentro de las zonas complicadas del delito”, describió un funcionario judicial.

“Al escenario hay que sumarle que había un perro, que pese a estar atado llegaba hasta la puerta de la casa, por lo que hubiese ladrado llamativamente e intentado atacar al agresor. Los vecinos no escucharon nada, lo que nos dio la pauta de que el autor era del entorno de la familia y que el animal seguramente lo conocía”, relevó el investigador.

El médico forense que debía acudir a la escena de crimen se encontraba de vacaciones, por lo que después de varias llamadas, un cirujano del hospital de la comarca fue a prestar colaboración. Una vez que cotejó la muerte del chico y observó las lesiones, se acercó al fiscal y le confió, casi al oído, que la chica había concurrido esa mañana al hospital y le habían extendido un certificado médico.

Ese testimonio, más los extraños indicios de criminalidad, ya habían disparado una alerta en los investigadores.

Los policías entrevistaron a vecinos y lograron sumar el claro testimonio un comerciante que tenía su local en diagonal a la vivienda. El hombre contó que había visto a la adolescente pasar alrededor de las 9 cuando estaba abriendo el local, y 30 o 40 minutos después volvió a pasar. Incluso, ingresó al negocio y preguntó por los hijos del comerciante, y luego se marchó.

En cuestiones de horas, la concepción de los pesquisas sobre la joven ya había cambiado, pero ella seguía firme con su mirada reptiliana, típica de los psicópatas, que carecen de empatía y culpa, entre otros rasgos.

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Pericia clave y un cabello

La chica fue derivada a una comisaría local y los funcionarios judiciales ordenaron la prueba de parafina, hoy conocida como barrido electrónico, que es mucho más específico y sirve para tratar de establecer si una persona disparó un arma.

La medida luego sería cuestionada por la defensora de la joven, pero en ese momento se habló con el padre de la adolescente y le explicaron que era pura rutina.

En verdad, se había convertido en la sospechosa número uno y esa pericia clave urgía hacerla para evitar que se perdieran los rastros o que por los niveles de concentración diera un falso positivo.

El resultado de la prueba fue bastante concluyente: había una gran concentración de nitritos y nitratos en las manos de la teenager, rastros propios del uso de un arma de fuego. Esta pericia no fue descartada en ningún momento del proceso pese a los denodados esfuerzos de la defensa.

Pero aún restaba un indicio contundente: un cabello encontrado bajo la cola del disparador del revólver, que tras las pericias se comprobó que era de la joven asesina.

Con esas pruebas, la reconstrucción de los hechos, a partir de los distintos testimonios que sumaron, hizo cuadrar toda la historia.

La Policía junto con los médicos y el fiscal del caso, Santiago Terán, esa tarde noche realizaron una conferencia de prensa sumamente escueta y contundente, “con la que se logró frenar una pueblada porque la comunidad estaba enardecida y no podía entender cómo iban a matar así a un chico”. “Ni bien contamos que la hermana era la sospechosa, todo se aplacó y generó mucho asombro”, aclaró uno de los funcionarios que estuvo en dicha conferencia.

La más sorprendida fue la madre, que no podía creer que su pequeño hijo había sido asesinado de manera deliberada y despiadada por su hija, de quien todos esperaban que a fin de año fuera la abanderada del colegio.

Una familia con secretos

La ley 2302 permitió que la adolescente volviera al seno familiar mientras la causa avanzaba a la espera de reunir las pruebas necesarias para declararla responsable penal del hecho. A partir de ahí, tendría que recibir tratamiento hasta la mayoría de edad y luego, a la luz de distintos informes, la Justicia debería determinar si se le dictaba una pena o no.

Algunos especialistas que trabajaron con la familia observaron que “el papá ponía muchos palos en la rueda, no dejaba que ni la chica ni su esposa quedaran a solas con el personal de Atención a la Víctima”.

Eso impresionó mucho y se intentaron distintos ardides para poder charlar con ambas a solas.

El día que la chica acudió a su primera entrevista con los especialistas de Atención a la Víctima, los profesionales se llevaron una sorpresa muy grande.

“Evitemos los prejuicios y pongamos las cosas en contexto – aclaró un especialista de entrada – la piba venía a charlar sobre el crimen de su hermano. Acudió vestida como si fuera al boliche. Unos borcegos altos, medias tipo red, una mini y una camperita. Toda una teen como las de Cris Morena. Su padre no se quiso alejar en ningún momento de ella, lo que nos despertó ciertas sospechas. En estas charlas, lo verbal y lo paraverbal se tienen muy en cuenta, pero ella siempre pareció no estar afectada por lo ocurrido y el padre trataba siempre de justificarla. A las claras, algo escondían”, sintetizó un profesional.

En una ocasión, lograron quedarse por dos minutos a solas con la madre. “La mujer nos dijo ‘por suerte mi hijo ahora está en un mejor lugar que yo’. Eso fue estremecedor”, recordó el especialista.

El hermetismo familiar, la forma en que estaban construidos los lazos y el poder que tenía la joven dentro de la casa levantaron las sospechas de que podía existir una trama intrafamiliar mucho más oscura, pero nunca se pudo avanzar mucho más allá.

“No fue lo más atinado que la chica haya quedado, según lo establece la 2302, dentro del ámbito familiar, porque ahí había mucho para indagar y no se hizo nada. A veces, no es lo mejor que el niño o adolescente quede en el núcleo familiar hasta que no se haya realizado un trabajo más profundo. Por ejemplo, en este caso, descifrar los dichos de la madre y los lazos de la chica con el padre”, explicó.

Terror en la comarca

Como se remarcó al principio, la letra de la ley es buena, pero las instituciones se encontraron sin herramientas para trabajar sobre el tema, tal vez, por lo prematura que fue la puesta en vigencia y la falta de capacitación a los actores que debían interactuar con los adolescentes en conflicto con la ley.

No solo se dispuso que la chica volviera a su casa sin indagar en otros aspectos que hubiesen sido cruciales, sino que cuando se suponía que volviera al colegio, quedó al desnudo la incapacidad de los docentes para contener a una joven a la cual pasaron a tenerle miedo como así también sus compañeros.

“Es vergonzoso esto, pero hubo docentes autoindulgentes que planteaban que cómo ellos iban a desaprobarla, llegado el caso, porque le temían a su reacción”, recordó un especialista.

Ante este escenario que impactó a toda la comarca, la joven ya no volvió al colegio y rindió los dos últimos años como alumna libre. Fue un papelón institucional.

“Ella era consciente de lo que generaba y en cierta medida le atraía jugar con ese halo de temor y terror que se había generado en torno a su figura. Cada tanto iba al colegio, con el pretexto de hacer una consulta a un profesor, y cuando la veían caminando por los pasillos se revolucionaba todo”, detalló.

La psicóloga que la acompañó durante la primera etapa de su tratamiento “sentía que se le quemaban los papeles”. “Y si bien a un adolescente no se le puede determinar del todo que es un psicópata porque está atravesando una serie de avatares propios de la edad, esta joven era una psicópata de manual”, reveló el especialista.

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Condena sí, condena no

Al año siguiente del crimen, todos los elementos de pruebas y pericias habían sido más que contundentes respecto de la autoría: el chiquito de 9 años había sido asesinado por su célebre hermana.

El 1° de noviembre de 2002, la titular del Juzgado de Instrucción y Penal del Niño y el Adolescente Nº 1 de Cutral Co resolvió declarar a la teenager autora material y penalmente responsable del delito de homicidio simple.

Cuando cumplió la mayoría de edad, le dictaron una pena de cuatro años de prisión, pero su defensora, Nancy Noemí Vielma, siguió las instancias judiciales de rigor hasta que el expediente llegó a casación.

Básicamente, Vielma pedía la nulidad de la pericia de parafina y alegó que a la joven la fiscalía y la policía la trataron de sospechosa desde el primer momento. Lo que no estaría mal dentro de una investigación criminal, en la cual no se tiene que descartar nada ni a nadie y todos los indicios apuntaban a un integrante de la familia.

De hecho, en el acuerdo del 1° de diciembre de 2004, el Tribunal Superior de Justicia rechazó el recurso de casación solicitado por la defensora y dejaron en claro que la joven había “preparado con antelación el hecho realizado, diseñando burdas coartadas”.

Mientras la causa seguía yendo de un despacho a otro, la joven comenzó la facultad en la UNCo, donde demostró ser una alumna muy inteligente.

En 2007, nuevamente el TSJ trató un pedido de la defensora en conjunto con la Defensoría de los Derechos del Niño y el Adolescente, donde aseguraban que la pena impuesta carecía de argumento porque se estaban obviando las medidas alternativas a la prisión de acuerdo con la 2302.

El planteo de Vielma fue inteligente, porque puso en tela de juicio los dichos de la jueza respecto de la “peligrosidad” de la joven por el modo en que cometió el delito, y alegó que tal cualidad estaría solo en la íntima convicción de la magistrada.

A ello sumó el dato que su defendida no había delinquido antes ni después del crimen de su hermano. De hecho, la joven continuaba conviviendo con sus padres, donde se valoraba la contención afectiva y psicológica. Además, la teenager ya había concluido sus estudios secundarios e iniciado la universidad, y no había presentado problemas de conducta.

Ahora, sí fue tomado el caso por el TSJ, que tras revisarlo declaró la nulidad de la condena de cuatro años de prisión efectiva.

Finalmente, la fiscalía fue la que interpuso un nuevo recurso de casación por considerar que “la decisión de eximición de pena estaba desatendiendo la modalidad y gravedad del hecho cometido”.

Mediante una resolución interlocutoria del 13 de diciembre de 2010, el TSJ declaró inadmisible el recurso y con eso se cerró el debate.

¿Psicópata integrada?

A lo largo del expediente, se deja claro y sin objeción de las partes, que “tampoco se llevó a cabo un seguimiento adecuado del tribunal en lo que atañe a los informes socioambientales y psiquiátricos; pero que estas omisiones, claro está, no son atribuibles a la enjuiciada”. Incluso agregan: “El tratamiento impartido no satisfizo ni mínimamente el concepto de la ley de tutela”.

Y acá es donde queda expuesto que la teenager asesina no recibió un tratamiento adecuado de acuerdo con los parámetros que establece 2302. Pese a ello, a la joven se la eximió de prisión porque no es responsabilidad de ningún condenado que el Gobierno no cumpla con la letra de la ley.

Cierto es que no volvió a cometer delitos, al menos que se conozcan. De acuerdo con lo que se pudo averiguar, la joven se licenció en la UNCo y hasta participó en un equipo de investigación del Conicet.

Su personalidad es la de un psicópata que tuvo un episodio y luego se integró. Es decir que puede vivir en sociedad y hasta ocupar cargos importantes, algo muy común de este tipo de casos.

El psicópata tiene rasgos que suelen pasar inadvertidos por el resto de la población. Carecen de empatía, son narcisistas e impulsivos, y ejercen conductas de control y manipulación hacia las personas que lo rodean.

Los psicópatas integrados suelen imitar conductas que observan en su entorno y es así que muchos terminan diciendo que son buenos vecinos o compañeros. Las manifestaciones más claras que tienen los psicópatas integrados son el hostigamiento y hasta el temor que infunden a compañeros de trabajo, subordinados, pareja e incluso sus propios hijos.

En definitiva, el caso de la teenager psicópata demostró que las instituciones, en ese entonces, hicieron agua pese a la letra de la ley 2302, que está muy bien, pero la estructura y los actores no estaban a su altura.

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