Daniela Bailo se trajo muchas cosas de su Rosario natal: a sus hijas gemelas, Ailín y Luana, su título en gastronomía, su amor por los viajes y una valija llena de ilusiones por la nueva vida que comenzaba en Neuquén como azafata. Cuando su aspiración de trabajar en una aerolínea se derrumbó, decidió reinventarse a través de la cocina y hoy dirige un exitoso emprendimiento de mermeladas caseras con sabores que se distinguen por su naturalidad.
Su marca “Lo Quiero Casero” nació a partir de un rompecabezas de casualidades. El año pasado, mientras buscaba reinventar su actividad económica, Daniela se había anotado en un curso de vinos en el Centro de Formación Agropecuaria que se suspendió por la pandemia de coronavirus. “Ya habíamos ido a cosechar las uvas a un viñedo biodinámico de Senillosa y me quedaron las uvas en casa”, recuerda.
Por su formación en gastronomía y su amor por la comida natural, ella ya sabía la técnica más adecuada para hacer mermeladas. Y decidió convertir esa extensa cantidad de frutas en frascos para regalar. Usó las viejas etiquetas que se había traído de Rosario, de cuando había hecho un curso de conservas e iniciado un emprendimiento anterior. “Eran dulces con uvas Malbec; cuando mis amigos los probaron, quedaron encantados y me dijeron que los tenía que vender”, detalla.
Por ese entonces, Daniela trabajaba como vendedora de una empresa de productos químicos y la actividad había mermado de manera considerable a causa de la pandemia. Por eso, se animó. Consiguió más frutas y se lanzó con un emprendimiento para generar nuevos ingresos para vivir.
A diferencia de otras propuestas similares, la cocinera elabora las mermeladas con distintas cepas de uvas que otorgan cierto carácter a cada frasco. Así como hay vinos más ácidos o más espesos, las uvas de cada cepa aportan su identidad también a los dulces y generan experiencias diferentes en el paladar.
“El Merlot tiene un dejo a arándanos, y el Pinot Noir se siente como el sauco o calafate”, explica Daniela, que aprendió a interpretar el carácter de cada uva y domarla con cuidado para encapsularla en un frasco de vidrio.
Sus mermeladas con reminiscencias del vino fueron el puntapié inicial para darle comienzo a una colección más nutrida, donde la etiqueta de ananá con jengibre es la estrella indiscutida. Pero hay mucho para elegir: frutilla, durazno, naranja, zapallo, pera, manzana, higo, cereza, membrillo, batata. “Todo lo que encuentro, lo transformo en dulce”, se ríe.
Daniela aprovecha los productos de estación y busca participar ella misma de las cosechas para garantizarse la provisión de frutas orgánicas. Así, puede aprovechar la piel y las semillas de cada fruta como espesantes naturales de su elaboración, que incluye un cuidado y largo proceso para generar acabados perfectos. “Hago una maceración primero y después dos cocciones, para que el dulce no quede con esos tonos amarronados que le dan el aspecto quemado; en su lugar, cada dulce conserva el color, sabor y textura propio de cada fruta”, explica.
Otras formas de despegar
Daniela dice que la aviación llegó tarde a su vida. Hace apenas cuatro años se recibió como tripulante de cabina, con el sueño de viajar como azafata a distintos puntos del país y del mundo. “No es tan glamouroso como te lo cuentan, es un trabajo muy arduo, pero para mí era un gran desafío”, señala.
En agosto de 2018, quedó seleccionada para integrar la tripulación de la aerolínea LASA, con base en Neuquén. Y se mudó con sus hijas y todas sus ilusiones a cuestas. “Recién en noviembre empezamos a volar y, después de 25 días de operación, la empresa quebró; nunca cobramos los sueldos”, afirma.
Daniela no trabajaba. No había renunciado y tampoco la habían despedido. Pero debía aguardar a que la empresa volviera a volar para recuperar su rutina como azafata. Eso, con la suspensión de los vuelos por la pandemia de coronavirus, parecía una promesa casi imposible, por lo que se decidió a cambiar de rubro.
Así, comenzó “Lo quiero casero”, que ya tiene tres etiquetas aprobadas por el área de Bromatología de la Municipalidad. “Me dan turno en la sala de elaboración de alimentos una vez al mes, para preparar esas variedades, y el resto lo preparo en mi casa con algunas ollas que me prestaron”, dice y aclara que cada dos días elabora unos 50 frascos, aunque no lleva las cuentas de cuántos vende cada semana.
Sabores de familia
Daniela sumó a sus hijas Luana y Ailín a “Lo quiero casero”. Las dos son entusiastas de la cocina y de la alimentación natural, por lo que comenzaron un proceso autodidacta para sumar nuevos productos a la marca y generar opciones distintas para la merienda.
Así, una de ellas se dedica al dulce de leche con la leche fresca que consigue de los tambos o los sachets, cuando no hay alternativas en el mercado. Mientras tanto, su hermana usa la cebada de la producción de cerveza artesanal para elaborar harina integral, con la que hace panes. Así, genera la base perfecta para degustar el dulce de leche y la mermelada.
“Cuando la gente las prueba, dicen que parecen un postre para comer con cuchara”, se ríe Daniela. Las recetas y el cuidado proceso de elaboración provocan emociones distintivas en el paladar: desde la identidad propia de las cepas de uva hasta ese sabor casero y natural que recuerda a las recetas de abuela.
Gracias al crecimiento de su proyecto, Daniela y sus hijas compraron un pequeño Fiat para recorrer distintas ferias de la región. Y la cocinera ya sueña con viajar: quizás no con alas de azafata, pero sí sobre cuatro ruedas y de la mano de sus sabores.
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