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La vieja cabina telefónica que se resiste a morir

Es uno de los pocas que quedan en la ciudad de Neuquén. Alguna vez fueron indispensables.

Es un reflejo de lo que alguna vez fue el progreso para el barrio, la posibilidad de comunicarse frente a una emergencia, la necesidad de entablar un diálogo con algún ser querido, la urgencia de un trámite o dar a conocer un contratiempo cotidiano.

El teléfono público está ubicado en el bulevar de la Avenida Olascoaga y es uno de los pocos que deben quedar en pie en la ciudad de Neuquén. Es el testimonio de una época distinta, donde la vida transcurría de otra manera, sin tanto vértigo, inmediatez ni ansiedad, donde el tiempo para hablar por teléfono era tan breve como valioso y la economía de las palabras se imponía frente a las ganas de una charla larga y distendida.

Era la síntesis de lo necesario y lo urgente: “Mamá, llego más tarde”; “¡Necesito una ambulancia!”; “Viajo el fin de semana”; “¡Está por nacer mi bebé!”; “Nos encontramos en el centro”; “Te amo y te extraño” y tantas frases breves, precisas e importantes que marcaron la vida de miles de personas.

Fue un servicio que tuvo su auge entre las décadas del 60 y los 80, que se extendió hasta mediados de los 90 y finalmente comenzó a desaparecer con la llegada de las nuevas formas de comunicación. No fue un proceso rápido porque la extinción fue de a poco. En julio de 2008, según Indec, en todas las ciudades del país había 164.832 cabinas de teléfonos públicos, pero en los dos siguientes meses desaparecieron 45.600 y en 2012 solo quedaban 92.000. Casi una década después terminaron de morir.

En Neuquén Capital hubo muchas, pero algunos aparatos atendieron la mayor demanda de la población. Uno estaba ubicado en la entrada del hospital Castro Rendón, lugar indispensable para dar las noticias buenas y malas frente a algún hecho de emergencia. Otro funcionó en la galería de la calle Roca, espacio donde en las décadas del 50 y 60 era muy concurrido y formaba parte de los paseos por el centro y “la vuelta del perro”, tan comunes en esa época.

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"Nuestros teléfonos públicos salvan vidas", reza el mensaje en la vieja cabina.

A la salida del cine Español, a unos metros de la confitería El Ciervo, también existió otra cabina muy popular, utilizada por miles y miles de personas de todas las edades que caminaban por esa vereda y necesitaban comunicarse. También fue la parada obligada de muchos periodistas que la aprovecharon para dar primicias o anticipar a las redacciones noticias que quemaban cuando la realidad urgente los sorprendía en la calle.

¿Cuántos mensajes necesarios llegaron a tiempo? ¿Cuántas historias nacieron y murieron a partir de esos cruces de palabras? ¿Cuántos teléfonos públicos sobrevivieron?

La cabina de la Avenida Olascoaga ya no funciona. Está despintada, luce ridículamente moderna y pasa inadvertida ante la mirada de quienes transitan a diario por la zona del Bajo.

Nadie sabe bien cuando murió, pero cuando lo hizo se llevó mil conversiones, secretos e intimidades.

Hoy sigue en pie, ignorada e inútil; vacía de cospeles, pero cargada de recuerdos.

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