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Las antigüedades de Villa La Angostura que llegan a distintos puntos del país

Hugo Sorzini habló de su pasión por las piezas de colección y del emprendimiento que montó en lo que fue Cuernavaca, la primera boîte de la localidad, devenida luego en el boliche La Barra.

Los amantes de las antigüedades cuentan con un enorme reserva en Villa La Angostura, ideal para coronar un paseo por la zona del puerto o para chusmear desde otras geografías, a través de alguna ventana digital. Un viaje en el tiempo con tesoros intactos de hojalata que hablan de marcas y publicidades eternizadas; juguetes de siglos pasados, robustos muebles de correo o con estilo art deco. Testimonios del paso del tiempo, de las modas y costumbres, del desarrollo de la Argentina y sus vaivenes, del capitalismo mismo y la cultura en sus diversas expresiones, con joyitas inéditas y olvidadas que cotizan en alza al disparar directo al recuerdo y la emoción.

Luego de incursionar en diferentes rubros, un acumulador serial se encontró a los "cuarenta y pico" con la posibilidad de vivir de esa pasión que alimentó cazando vestigios del pasado, divisándolos con un ojo clínico, allí donde pasaban desapercibidos, recorriendo kilómetros con una Chevrolet Sapo, estrechando lazos y descubriendo con precisión circuitos, dinámicas y los pormenores de un mercado que permanece inoxidable en la era de la inmediatez.

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"Yo vine a Villa La Angostura cuando tenía 20 años. Fue una decisión familiar, buscando algo diferente de Buenos Aires. Primero llegó mi hermano, después mi vieja y yo, y luego convencimos a mi hermano mayor. Hicimos varios negocios como alquiler de cabañas, Nativa Café, donde está ahora Ruta 40; y La Barra, el primer boliche estilo la costa atlántica, que es el mismo lugar donde estoy ahora con las antigüedades", dijo Hugo Sorzini, en alusión al llamativo local emplazado en boulevard Nahuel Huapi 1596, cerca de la icónica Capilla Nuestra Señora de la Asunción y El Messidor.

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"Este mismo edificio fue la primera la primera boîte de la villa, se llamaba Cuernavaca y estaba orientada hacia el puerto porque la gente venía de Bariloche al Bosque de Arrayanes y luego la traían a cenar acá y se quedaban bailando en la pista que estaba arriba. El lugar lo hizo Luque, el mismo ingeniero que diseñó Grisú. Tiene también un estilo medio cavernoso, muy 70´. Nosotros lo habremos comprado hace unos 25 años. La Barra funcionó hasta 2007. Por ahí pasaron muchas figuras. Una vez fue Fito Páez, con (Joaquín) Sabina y Cecilia Roth. También Hilda Lizarazu y los chicos de La Terminal", recordó antes de hablar de su amor por las antigüedades.

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Julieta Prandi en La Barra.

Julieta Prandi en La Barra.

"Siempre me gustaron por lo bien hechas que están, sin que haya obsolescencia programada en la mayoría de los artículos. Artículos que pueden pasar años y siguen intactos porque se hacían de una manera para que no se estropeen. De hecho, siguen durando y se pueden seguir usando, la mayoría. También siempre me llamó la atención los estilos de los muebles, de las lámparas y otras cosas que se fueron perdiendo con el ingreso de los importados y muebles para armar. Así que todo lo que aparecía en la familia y nadie lo reclamaba era mío", contó.

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Más allá del legado familiar, Hugo se convirtió en un experto en forma autodidacta. "Desde novios, con mi señora salíamos y buscábamos antigüedades. Yo tenía una camioneta Chevrolet Sapo 51' que con el tema del volcán la vendí porque no es lo mismo que la comodidad de un auto, pero la tuve muchos años. Ahora seguimos viajando con los chicos que van con las rodillas en el cuello porque el piso está repleto de cosas. El tema fue que guardé tanto que un día dije 'o me pongo a vender o no voy a poder comprar una cosa más'. Así que en verdad todo esto es una excusa para poder seguir acumulando antigüedades", lanzó entre risas.

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"Antes guardaba todo en un lugar de un complejo de cabañas que alquilábamos y como me quedó chico hice otro galpón al lado de la casa de mi mamá. Después compartí un local en el centro que tenía la planta alta vacía", comentó al contar que decidió echar mano al viejo boliche -"que ya está quedando chico"- para concentrar sus piezas de colección con la idea de sumar más a partir de la venta de aquellas que ya habían cumplido su ciclo.

Para su sorpresa el negocio prendió e incluso funcionó muy bien durante la época de aislamiento estricto, que dejó a la villa sin turistas. "En la pandemia nos aggiornamos a la venta online y por suerte en el mundo de las antigüedades no se sintió. Yo vendo mucho por la web y de la misma manera, las redes y las plataformas me permitieron comprar en los lugares a los que no podía llegar. Hoy igualmente sigo saliendo a buscar porque me gusta", aclaró para luego remarcar: "Hoy por hoy tenemos una venta mixta y más con la temporada. Muchos vienen al local y luego me terminan haciendo un pedido por whatsapp. A veces ven muebles grandes y como no se los pueden llevar, los encargan para que se los despache luego".

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"Nuestro fuerte son los muebles de madera real, nada enchapados o laminados. También cartelería, vajilla de calidad que hoy por hoy no se ve. El otro día una persona me dijo 'mostrame todos los juguetes Duravit que tenés' y se llevó todo. Eran como quince. Estamos hablando de unos cien mil pesos en juguetes", calculó al repasar algunas curiosidades de su quehacer.

"También he tenido ventas de cosas muy bonitas que me dejaron con ganas de conocer más la historia. Tuve un casco con pico y una charretera con la banda argentina muy especial y nunca pude rastrear a quién había pertenecido", apuntó.

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"Otra cosa simpática que pasa muchas veces es que compro cosas en distintos lugares y cuando las vendo regresan allí. Hace poco compré unos manuales de vehículos en Necochea y luego se los vendí a una persona que vive a 50 kilómetros de ahí. Así que el objeto incluso tiene ese espíritu de volver a su lugar de origen", postuló para luego advertir cierta escasez de artefactos típicos de la cordillera. "Están concentrados en coleccionistas de Bariloche y es difíciles conseguir", acotó.

Al ser consultado sobre cómo se dirimen los precios de las piezas de colección, manifestó: "El valor lo pone el mercado. Tiene que ver con la escasez, lo ansiado por el coleccionista, la calidad o lo raro del objeto. Por ejemplo, los sifones rosa que estaban en las casas de la gente adinerada, son cuatro veces más caros que los azules, porque hay pocos", indicó.

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A la hora de reflexionar sobre el poder de atracción de este tipo de reliquias, Hugo expresó: "La pasión por las antigüedades es mayor de lo que uno piensa. Quizás puede no gustarte todo, pero todos quieren tener algo o porque les recuerda a un familiar o algo de su infancia. Quizás es un juguete que tuvieron cuando eran chicos o que no pudieron tener. Siempre hay alguna pieza termina convenciendo, ya sea para decoración o colección. Es increíble".

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"Hay gente que valora la cachadura, las cicatrices, las marcas de los carteles enlozados y otras que quieren el cartel impecable como si hubiera salido recién del horno. Son gustos", planteó. "Yo selecciono mucho, compro lo que me gustaría tener -no lo que es antiguo nomás-, y muchas veces cuando vendés, sentís como que se te va algo porque uno también es coleccionista. En algunos casos dejo que algo se vaya porque me motiva volverlo a encontrar. Hay cosas que no vuelven o que se encarecen. Otras quizás pueden venderlas más baratas porque necesitan la plata", agregó antes de manifestar la felicidad que le dio la versión comercial de su hobby.

"Yo fui gastronómico, tuve boliche, manejé cabañas, pasé por los rubros que se te puedan ocurrir y recién a los cuarenta y pico encontré mi vocación, lo que realmente me gusta y amo, que es trabajar con las antigüedades. Me gustó toda la vida, pero nunca pensé en hacer un negocio y vivir de esto. Lo hice para probar, para poder comprar más y terminó resultando. Muchas veces mi familia me critica porque paso un montón de horas hablando con gente, contestando en la página, pero yo no siento que estoy trabajando, para mi es un placer", concluyó.

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