Las miserias que nos arrasan

Pablo Sánchez salió a laburar en la madrugada del sábado 13 de julio con la finalidad de ganarse el pan para mantener a sus tres hijas, pero no volvió esa noche a su casa y aún no regresa porque está postrado en una cama del hospital Regional.

Una banda que asaltaba tacheros lo tuvo como blanco. Pablo llevaba apenas unos minutos trabajando y no tenía prácticamente recaudación. Eso no les importó a los atracadores, que en golpes anteriores se habían levantado dos y tres mil pesos, montos que con la economía actual sirven para pagar el carrito del súper, para comer una semana. Por esos míseros pesos, casi lo matan.

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Para estos tipos, al margen de sus historias personales que no pueden servir para justificar sus decisiones, la vida del otro no vale nada.

Es acá donde la miseria humana rompe con toda lógica y desborda cualquier análisis posible.

Dos tipos con sus vidas arrasadas arruinaron la del taxista. La miseria humana aparece y nos interpela

Teniendo en cuenta que Pablo zafó, pero tiene muchas chances de quedar en silla de ruedas, es donde los mantos de piedad sobre los agresores se hacen muy difícil de sostener.

En definitiva, podemos asegurar que hay tres vidas arrasadas en forma directa sin contar todo el daño colateral que generan. Las del hombre de 37 años y la del pibe de 21 que atacaron al taxista también son vidas que venían arrasadas y en el camino se lo llevaron puesto a Pablo.

En el trasfondo de toda esta trágica historia está el consumo de drogas y un mercado negro de armas que nadie parece poder frenar y crece a tal punto que “los pibes están saliendo con los fierros y no podés preveer qué cagada se van a mandar. Está muy difícil”, según sinceró un integrante de la Policía con preocupación. Algo (y mucho) habrá que hacer.

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