Livianos como el aire, fuertes como el acero

Son el primer grupo de acroyoga de Neuquén, una disciplina que combina el equilibrio del yoga, la energía de la acrobacia y la calma de un masaje tailandés.

En un rincón de la ciudad, un grupo de neuquinos le cambió la cara a los lunes. Ya no son sinónimo de estrés y el inicio de una semana cargada de obligaciones, sino un día de encuentro para conectarse con uno mismo, cargarse de energía y suspenderse en el aire en una comunión de cuerpo y espíritu con los demás. La clave para ese cambio es el acroyoga, una disciplina que hace furor en los países del Caribe y llegó hace un par de años a las tierras patagónicas.

Diana Jordán es la embajadora de acroyoga que inició el grupo neuquino. Aprendió la técnica en 2014 en Venezuela y le gustó tanto que se especializó con maestros internacionales. Para ella, la gravedad se puede dominar; sólo necesita un punto de apoyo para darlo vuelta todo y dejar fluir la energía con el cuerpo desplegado en el aire. “El acroyoga es una combinación de acrobacia, masaje tailandés y yoga; los fundadores son de Estados Unidos y existen otras acrobacias que se funden con la danza, por ejemplo, pero esto es totalmente distinto”, explicó.

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acroyoga

Contó que “en Venezuela, Panamá y Colombia es una disciplina muy conocida, pero, cuando llegué acá, busqué la comunidad de Neuquén y descubrí que no existía”. Sin desanimarse, reunió a varios alumnos y juntos empezaron a practicar en las plazas, ante la mirada atónita de quienes tomaban mate en los alrededores. Poco después, consiguieron un salón en el centro de acrobacias Vañka, del barrio Villa Farrel.

Allí se reúnen los acroyoguis neuquinos todos los lunes, cuando cae el sol. Cada encuentro tiene dos momentos: uno de yoga más tradicional, con ejercicios individuales para preparar el cuerpo y la mente. Se concentran en la respiración y toman control de sus músculos y articulaciones. Cuando se sienten preparados, empieza la práctica compartida, que es uno de los sellos distintivos de la disciplina.

acroyoga

Para los ejercicios grupales, se necesitan tres acoyoguis como mínimo. Toda figura tiene una “base”, que es la persona recostada en el piso que sostiene a su compañero, y un “volador”, que literalmente se suspende en el aire con apenas uno o dos puntos de apoyo. El tercer participante es el “cuidador”, que los guía y aconseja cuando hay algún problema.

En acroyoga, la armonía es fundamental. Si están alineados con la parte del cuerpo que toca el suelo, las piernas, brazos y hombros pueden soportar mucho peso. Por eso, una persona pequeña es capaz de sostener en el aire a un compañero más grande.

Las figuras que pueden armar son infinitas. Algunas están más vinculadas a la acrobacia y a la destreza física, que conforman la fase “solar” del acroyoga, y otras son más terapéuticas, para relajar y sumergirse en un masaje aéreo, denominadas fase “lunar”.

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Una de las figuras más simples, la primera que se aprende, es el “pájaro”. Es muy parecida al archiconocido “avioncito” que hacen los papás y mamás con sus niños pequeños, al sostenerlos en el aire con los pies. De ahí en adelante, la creatividad permite un sinfín de combinaciones hasta llegar a ejercicios muy complejos, como la “estrella” y la “ballena que vuela alto”, en los que ambos acroyoguis parecen estar sostenidos por cuerdas y cuesta creer que siguen pegados al piso.

Aunque a primera vista parece inalcanzable, no hay requisitos para convertirse en acroyogui. “Lo puede hacer cualquier persona, aún cuando no tenga experiencia con acrobacias o yoga, porque cada quien adapta las figuras a su nivel y, para ir avanzando, la práctica lo es todo”, aseguró Diana.

E indicó que esta disciplina tiene beneficios en múltiples niveles, siempre que haya constancia. Refuerza los músculos y la coordinación física propia y combinada con otros cuerpos. También se gana en flexibilidad y en el manejo de la respiración para regular el organismo. A eso se suma el estímulo a la comunicación grupal, con la confianza que brinda depender de otro y a la vez ser responsable del cuidado de un par.

Y como si eso fuera poco, la embajadora neuquina recalcó que otro beneficio fundamental “es la diversión, porque tiene que ser un momento para disfrutar y permitirnos jugar como si volviéramos a ser niños”.

Una invención californiana

Existen disciplinas que combinan las acrobacias con yoga desde hace más de 30 años, pero el acroyoga como tal, con marca registrada y todo, se creó en 2003 en San Francisco. Sus inventores son el ex campeón de gimnasia acrobática Jason Nemer y la profesora de yoga y circo infantil Jenny Sauer-Klein. No hay competencias, pero sí se organizan festivales e “inmersiones”, que son retiros de 4 días en los que se practica y se estudia el acroyoga. Esos encuentros permiten ir especializándose hasta llegar al nivel de “embajador”, el que puede enseñar la técnica. Los acroyoguis nunca están solos, siempre buscan momentos para encontrarse y compartir. Dentro de la disciplina, los pares se consideran parte de una familia. Por eso, se habla con frecuencia del “kula”, que en sánscrito significa “comunidad del corazón”.

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