El clima en Neuquén

icon
Temp
69% Hum
La Mañana vida

Loli, la esquiadora que volvió a las pistas a tres meses de operarse un tumor

A tres meses de una compleja operación en la médula, volvió al cerro con un esquí adaptado. Después de vivir una rutina muy activa, pasó un año postrada. Hoy, escala cumbres y contagia sus ganas de vivir.

Siempre, aunque no sea de la forma planeada, los sueños encuentran el vericueto necesario para escurrirse entre los obstáculos y convertirse en realidad. Y en eso pensaba Loli cuando apoyó un par de bastones sobre la nieve y se deslizó de nuevo por las pistas de Chapelco. Después de varios meses postrada por una compleja cirugía, otra vez sintió la fricción del esquí sobre el polvo blanco; otra vez, el viento frío golpeando su cara y, otra vez, esas locas ganas de vivir que le nacen cada vez que le da rienda suelta a su pasión por este deporte.

Carolina “Loli” Lanusse tenía apenas un puñado de años el día que conoció la nieve. En 1976, sus padres se instalaron en San Martín de los Andes, cuando la ciudad cordillerana era una verdadera aldea de montaña y tenía un grupo austero de vecinos que vencían el clima hostil con la mayor de las alegrías. Así mamó el amor por los cerros, el contacto eterno con la naturaleza y una energía avasallante que la llevó a practicar deportes desde chica.

Te puede interesar...

Como esquió desde siempre y terminó el secundario antes de tiempo, quiso dedicar su vida a este deporte, apostando a las dobles temporadas como instructora de esquí. Así, Loli perseguía al invierno. Pasaba la mitad del año en el Hemisferio Norte y, cuando el sol derretía la nieve de las laderas de Andorra, volvía a América del Sur para deslizarse en los cerros argentinos o chilenos.

“Cuando era muy chica, en Las Leñas, tuve una caída muy fuerte, en ese momento nadie usaba casco”, relató sobre el accidente que tuvo a los 18 años y que, quizás sin anunciarse, le daría una lección de vida muchos años después. “Me caí y dejé de sentir el cuerpo automáticamente; me envolvieron en una manta que se infla y te deja inmovilizada, y me trasladaron de urgencia a Buenos Aires”, recordó.

Sus pocos años y su cuerpo entrenado la ayudaron bastante. Aunque había sufrido una lesión en la quinta cervical, la deportista no necesitó demasiadas sesiones de rehabilitación y, poco tiempo después, ya estaba otra vez deslizándose por las pistas de Andorra. Pero había algo distinto: “Tenía menos sensibilidad, no sentía tanto el frío y el calor, pero no le di importancia, era joven y quería esquiar y andar por el mundo”, explicó.

El frío ya le había penetrado demasiado en los huesos cuando se decidió a cambiar de rumbo. “Yo vivía en Chile, en Valle Nevado, y conocí a unas chicas de American Airlines que me decían que tenía condiciones para trabajar como azafata”, explicó. Su porte esbelto de deportista, su fluidez con el inglés y el portugués y la lozanía de su rostro hicieron su parte, y Loli se convirtió en tripulante de esa compañía.

Después de dos meses de capacitación en Dallas, la joven comenzó a vivir la vida a toda velocidad. Dice que sumó tantas millas como para hacer varios viajes a la Luna. Es que pasaba sus semanas de trabajo conectando aeropuertos de distintos países del mundo, y optaba por un destino remoto del mapa para pasar su escaso tiempo libre. Y siempre elegía las montañas. Siempre el invierno. Siempre el esquí.

SFP Loli Esqui asistido (4).jpg

En sus vuelos por el mundo conoció a un estudiante de abogacía, con el que se casó en Las Vegas el 9 de septiembre de 1999, para hacer un pequeño homenaje a su amor por los números. Tuvieron a su hijo Nicolás y, mientras él trabajaba en un buffet de abogados en Manhattan, ella se las ingeniaba para transitar los aeropuertos y pasar su tiempo libre en familia.

Cuando se separó, no dudó en volver a elegir San Martín de los Andes. “Quería darle a mi hijo la infancia que tuve yo”, aseguró. Deseaba para Nico la tranquilidad de la aldea, que ahora ya era una ciudad, y también la cercanía con la familia, el contacto pleno con la naturaleza y ese amor por el deporte que dirigía su vida como un hilo tensor.

“Como yo hacía vuelos internacionales, me organizaba para darle dos o tres semanas a la compañía y después tener varias semanas libres con Nico”, señaló. Así, dejaba al chiquito con su papá cada vez que volaba por el mundo, y lo llevaba de vuelta a San Martín para compartir tiempo de calidad entre madre e hijo.

Pronto, la rutina de tripulante empezó a pesar demasiado. Le dolía escuchar que Nico miraba hacia el cielo y le decía “chau mamá” a todos los aviones, con la ilusión de que Lola lo estuviera mirando desde la altura imposible de esos pájaros de metal. Prefirió renunciar a esa rutina vertiginosa y regresar a su querida cordillera para recuperar la calma.

Aunque había enseñado esquí en las pistas más prestigiosas del mundo, Lola nunca había dado clases en Chapelco, el primer cerro donde se deslizó con sus esquíes. Y retomó allí su trabajo de instructora al tiempo que forjaba un vínculo de amor con Jorge Sapag y lo acompañaba en sus actividades, sin sospechar que él iba a convertirse en su “enfermero favorito” cuando la vida le pusiera una prueba demasiado difícil.

La noticia de un tumor en la médula llegó en 2016 y casi de casualidad. Cuando Nicolás se cayó jugando al fútbol, decidió llevarlo a una consulta médica y pidió estudios de rutina porque, aún entonces, sentía alguna molestia en la cervical. El profesional estuvo a punto de pedirle una radiografía pero cambió de opinión de manera abrupta y le dio la orden para una resonancia.

“Si me hacían una radiografía, no se hubiera visto lo que se vio”, dijo Lola sobre la mancha oscura que detectaron en su médula y que recién analizó cuando, al regresar de un concierto en Buenos Aires, Jorge le aconsejó que lleve a su hijo otra vez al médico porque se había caído de nuevo, como si los golpes del chico buscaran algo más.

SFP Loli Esqui asistido (5).jpg

Después llegó el miedo. Aunque tenía la misma vitalidad de siempre y no sentía ningún dolor, las alarmas de todos los médicos estaban encendidas: tenía que operarse urgente. “Esta operación se hace en Francia con robots, es muy precisa, pero yo elegí operarme en el Fleni porque no sabía cómo iba a salir de la cirugía”, recordó.

El cirujano le prometió que Lola iba a odiarlo más tarde. Es que tenía que atacar con su bisturí un cuerpo sano en apariencia. Tenía que hacerle mucho daño para permitirle vivir. Y cuando ella salió del quirófano sin sentir el cuerpo, cuando quedó postrada en una cama y no pudo ejecutar las tareas más simples, como peinarse o lavarse los dientes, la promesa del médico se cumplió.

“Ahí empezó una nueva vida para mí”, admitió. Durante un año, Jorge y Lola tuvieron que adaptar la casa a una silla de ruedas. Él debía ayudarla en las tareas más cotidianas, como comer, bañarse o vestirse. Y ella tuvo que aprender todo otra vez: sin motricidad fina, hasta tomar mate era un desafío inalcanzable.

Aprender a escribir fue difícil. Tuvieron que adaptar las lapiceras con coberturas de goma espuma para engrosarlas y hacerlas aptas para sus dedos, que no podían sentir. Y dibujaba las letras con trazos torpes, unos palotes infantiles que fue perfeccionando después y que le demostraron que, paso a paso, podría lograrlo todo.

“Nunca pensé en darme por vencida”, afirmó. Sí pensaba mucho. En las horas postrada en la cama, su mente iba a toda velocidad, a contramano de su cuerpo inerte. Se hacía muchas preguntas, pero encontraba las respuestas que la ayudaban a continuar. “Quería ser la de antes, esquiar, llevar a Nico en la escuela, acompañarlo a Jorge, y me parecía como ir a la Luna. Quiero pero, ¿cómo?”, expresó.

A tres meses de superada la operación, cuando aún estaba en silla de ruedas, empezó a nevar en San Martín. Y los cerros la llamaban como dándole una esperanza nueva. “El médico nunca estuvo de acuerdo, pero convencí a Jorge y a mis amigas y me llevaron a esquiar con un esquí adaptado”, relató.

Lola Lanusse 2.jpg

Su primer contacto con el cerro la embargó de emoción. “Empecé a llorar y no podía parar, era estar otra vez en la nieve; en contacto con esquíes, que eran distintos, pero eran esquíes; era volver a hacer lo que me gustaba”, explicó Lola, que siempre usó el monoesquí con asistencia, pero que logró sentir otra vez el aire en la cara y el contacto con la nieve que la había marcado durante toda la vida.

Volver a esquiar fue el motor necesario para una recuperación que avanzó al ritmo de Lola: a toda velocidad. Y hoy, seis años después, creó un blog para compartir su historia e iluminar, con su ejemplo, los caminos difíciles que a otros les toca enfrentar. Aunque camina un poco más lento y asegura que nunca recuperó del todo su capacidad sensorial, se animó a subir cumbres, como la del volcán Lanín, y a pensar en nuevos desafíos que la llevan siempre un paso más allá.

Y ella, que siempre había preferido alejarse de las cámaras, eligió sentarse en un estudio de televisión y contarle su dolor al mundo, con el sólo fin de brindar una palmada en el hombro a otros que sufren. Es que ahora, su antiguo dolor no es más que fortaleza, y lo comparte con una sonrisa franca y un mensaje que promete siempre un futuro mejor. Dolor que también compartió en su blog personal.

“Todo se puede, absolutamente todo”, aseguró. “Quizás no de la manera en que lo planeabas, pero cambiándolo, adaptándolo, se puede”, continuó, como hablando de su propia historia y también la de muchos otros que, en un sentido metafórico, también quedaron postrados durante la pandemia.

“La fuerza más poderosa es la interna, la de nosotros mismos”, afirmó. E invitó a todos a que vivan cada minuto del día, quizás a paso lento, o quizás como ella, con ese deseo indómito de devorarse el mundo. Pero siempre adelante, siempre creyendo que la vida se merece una pelea más.

Entrevista Lola Lanusse editada Final (Es la que se sube a backend).mp4

Lo más leído

Leé más

Noticias relacionadas