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Manos solidarias que hacen costuras para dar calor

Mirta González. En plena pandemia, confecciona acolchados para los más necesitados de Las Lajas.

Tuvo una historia de carencias y en los momentos más difíciles pensaba en ayudar. Cuando estaba embarazada, ayudaba a su esposo a construir la vivienda en la que criarían a sus hijos y apostarían por Las Lajas.

La vida muchas veces se empeña en ponerse difícil y dar fuertes manotazos que muy pocos resisten. Esos golpes a veces suelen ser a corta edad y cuando el entendimiento aún no es preciso. En esos momentos, los destinos de las personas los deciden otros y la mayoría de las veces no de la mejor manera. Es la historia de Mirta González, que atravesó etapas de vida por demás complicadas.

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Mirta sintió hambre, frío y todo tipo de necesidades. Lo que nunca sintió fue vergüenza de ser pobre. Fue humilde pero rica en valores. Hoy la vida la premió.

Hoy está bien y feliz. Hoy sus manos sufridas y laboriosas se transformaron en corazones solidarios y su ayuda les brinda calor a los que menos tienen y les llena el alma con un gesto de amor en momentos de cruda realidad y extremas necesidades.

Hoy, con ropa usada confecciona acolchados para las familias de menos recursos. Un gesto digno de destacar en estos tiempos difíciles.

Mirta nació un 3 de agosto de 1964 en San Martín de los Andes, en un hogar lleno de necesidades y privaciones. Es la anteúltima de siete hijos que tuvieron sus padres, José González y Rosa Arias.

Al año de vida, su padre falleció y su madre se vio envuelta en situaciones extremas que de alguna manera la obligaron a dejarla al cuidado de una pareja de ancianos (Mamerto Cárcamo y Guillermina Asencio) que por esas cosas de la vida, o del destino esquivo, se transformarían en sus padres del corazón.

A pesar de haber tenido el calor de un hogar y una familia que le brindó su amor incondicional, la pequeña Mirta igualmente creció de manera humilde y valorando cada cosa que tenía u obtenía. Así fueron sus primeros años de vida hasta los 12 años, cuando el destino la golpeó nuevamente con el fallecimiento de sus queridos padres adoptivos.

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Regreso

El círculo de la vida que siempre se termina cerrando permitió que Mirta regresara con su madre biológica.

“Mis padres del corazón fueron muy buenos conmigo, me dieron educación y me enseñaron muy buenos valores, y en especial eso de pensar siempre en los demás y darle importancia a cada cosa en la vida, las buenas y las malas, de todas se aprende algo y sirve de experiencia”, relata.

Al convivir con su verdadera madre, se le cruzaron miles de cosas, pero las enseñanzas de sus padres adoptivos le permitieron practicar el ejercicio del perdón.

Luego se empleó como servicio doméstico de la familia de un efectivo de Gendarmería.

A su corta edad, supo acompañar a sus patrones a distintos destinos dentro del país como Buenos Aires y Mendoza.

Ya de vuelta en San Martín, siguió trabajando como empleada doméstica, y en una de esas mañanas en las que Cupido andaba libre, de repente hizo su trabajo y permitió que naciera un amor a primera vista y para siempre.

Esa mañana, Mirta supo cruzar su camino y su destino con Gilberto Sambueza. Se transformaron en novios y más tarde en esposos. Vivieron parte de su amor en la ciudad lacustre hasta que un día partieron con destino a Las Lajas en búsqueda de otro horizonte.

Era el año 1980 y el pueblo de Las Lajas los vio llegar con una mano adelante y otra atrás. Mirta y Gilberto pusieron manos a la obra para salir adelante por ellos y por sus hijos. Hicieron todo y de todo para prosperar. “Nadie nos regaló nada, de apoco y como pudimos fuimos armándonos de nuestras cosas”, dice.

Algunas changas sirvieron hasta que ambos comenzaron a trabajar en el municipio local. Ella como maestranza y él haciendo trabajos vinculados a sus conocimientos y oficio como gasista, electricista y cloaquista.

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Los primeros años, la pareja compartió hogar con la madre de Gilberto, hasta que las cosas empezaron a mejorar y se embarcaron en el desafío de tener un techo propio. “Como pudimos, fuimos comprando las cosas y buscamos ladrillo por ladrillo para levantar nuestra casita”, señala con orgullo.

Embargada por la emoción, cuenta: “Yo le ayudaba en todo a mi esposo, hasta pegaba ladrillos. Me emociono porque, estando embarazada de una de mis hijas, igual les ponía ganas a las paredes”, agrega con un nudo en la garganta.

Después de años de esfuerzo llegaría el techo propio y la ansiada estabilidad laboral.

Cuando estábamos mal, siempre le decía a mi esposo que, de alguna manera, nosotros íbamos a ayudar a la gente”.

Son cosas del amor

Hace 26 años que Mirta se ha transformado en la columna vertebral de su casa. A su amado Gilberto le diagnosticaron una rara enfermedad que le fue desgastando los huesos y su ánimo quedó muy vulnerable.

De acuerdo con lo que cuenta Mirta, su esposo tiene días en los que atropella la vida con todo el coraje y la valentía que sus fuerzas le permiten, y hay otros en los que lo inunda el dolor.

Cuesta imaginarse de dónde ha sacado tantas fuerzas, tanta dedicación y tanta comprensión esta mujer para llevar adelante esta situación. A medida que sigue hablando, se encuentra la respuesta: a ella la mueve el amor. Un amor incondicional que rompe las fronteras del dolor, las enfermedades y todas las limitaciones.

Ella simplemente ama a su marido con la vida y no quedan dudas de que daría hasta su vida para que Gilberto vuelva a ser como antes

Hace 26 años que las visitas a médicos, tratamientos ambulatorios y largas y duras internaciones han formado parte del paisaje de su propia vida y las de sus hijos a medida que iban creciendo.

A partir de esta enfermedad, duras han sido las batallas que debió enfrentar. El signo pesos fue lo primero que veían sus ojos. Los tratamientos y las medicaciones que de por vida debe ingerir arrasaron con sus ahorros y cualquier presupuesto.

Siempre Dios proveyó y hoy su esposo está bien de salud y la acompaña en su vida diaria y en sus actividades solidarias.

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Una máquina que no tiene descanso

Las personas que han pasado necesidades son las que realmente pueden dimensionar la vida de aquellas familias carenciadas y huérfanas de todos los servicios y las comodidades que la modernidad prodiga.

A esas familias, haciendo un soberbio papel de resiliencia y empatía, son a las que hoy Mirta ayuda con su gesto solidario. Desde que comenzó la pandemia y después la cuarentena, hurgando en el placar encontró ropa usada y con la compañía de su marido y tijeras en mano, se pusieron a cortar cuadraditos de colores

Más tarde, echando mano a una antigua máquina de coser Singer (a la que Gilberto ha refaccionado y le ha colocado un pequeño motor) comenzó a confeccionar una especie de acolchados multicolores, a los que ella con toda humildad llama “mantitas”.

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