¿Más es mejor?

Es válido preguntarse si más horas en la escuela son un sinónimo eficaz de calidad formativa.

Además de ofrecer el dictado de contenidos curriculares, la escuela se erige como un espacio de contención para los niños y adolescentes que están en plena formación, por lo que extender el tiempo que los estudiantes pasan dentro de la institución siempre suena como el discurso políticamente correcto.

Aunque en Argentina existe la Ley 26075, que establece que el 30% de las escuelas primarias deberían contar con la jornada extendida, la provincia de Neuquén se quedó en el último puesto de cumplimiento en la materia. Según un informe del Centro de Estudios de la Educación Argentina (CEA) de la Universidad de Belgrano, apenas el 2,5% de los alumnos de primarias neuquinas cumplen con esta premisa, muy por debajo de otras provincias, como Tierra del Fuego, donde el 78% de los estudiantes acceden al beneficio.

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Si bien el propio CEA vincula directamente la falta de la jornada extendida a los pobres resultados de los alumnos argentinos en las pruebas internacionales de calidad educativa, es válido preguntarse si más horas en la escuela son sinónimo eficaz de calidad formativa.

Del otro lado de la balanza se encuentran los educadores que pregonan que sobrecargar a los más chicos con demasiadas horas de estudio puede ser contraproducente, por lo que proponen jornadas más flexibles e incluso talleres en contraturno que apunten a los deseos y potencialidades de cada estudiante.

En el medio, otros interrogantes desnudan la realidad educativa: ¿estamos en condiciones de proponer una jornada extendida cuando aún es difícil que se cumplan los 180 días de clases del ciclo lectivo? ¿Es la escuela la única y exclusiva encargada de formar a los jóvenes? ¿Es la cantidad de horas un causal directo de la mejora en los resultados?

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