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La Mañana hermano

"Me quería decir el nombre del asesino, pero se ahogaba en sangre"

SEGUNDA PARTE: Lo contó José Jacinto Sepúlveda, hermano del sargento asesinado en el destacamento de Don Bosco III. Su testimonio estremece y al día de hoy la impunidad en la que quedó el caso duele.

“Yo hablé con él esa noche y 15 minutos después me enteré que lo habían herido. Lo ví morir en la camilla del hospital. Me quería decir el nombre del asesino, pero se ahogaba en sangre”, reveló José Jacinto Sepúlveda, hermano mayor del Néstor “Gilligan” Sepúlveda, el sargento asesinado la madruga del 16 de agosto de 2000 en el destacamento del barrio Don Bosco III en un hecho sin precedente en la historia criminal neuquina (ver primera parte).

El crimen de esa noche conmocionó a toda la familia Sepúlveda, de tradición policial, además de las autoridades provinciales que sospecharon que el asesinato a sangre fría y dentro de una sede de la fuerza era una suerte de vendetta de la delincuencia por la muerte, unos días antes y en medio de un tiroteo, del conocido ladrón Patico Hernández.

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José Sepúlveda, nunca quiso hablar con los medios del crimen de su hermano, pero ahora decidió romper el silencio y contar todo, incluso reveló que el hecho motivó a que se retirara de la Policía con el rango de sargento ayudante. El dolor lo llevó a atravesar zonas muy oscuras de su vida y gracias a su familia logró superarlas.

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De Gilligan y los crucigramas

José, vive a un par de cuadras del ingreso a la Jefatura de calle Richieri. Lleva 20 años retirado de la Policía y sus ojos brillan cada vez que habla de sus nietas y sus hijos, pero se ponen bridiosos a la hora de recordar a su hermano Néstor.

Las pérdidas, desgraciadamente, se arrastran toda la vida y cada uno hace lo que puede para convivir con ellas. Para José, el crimen y la impunidad del caso de su hermano es como una sombra incomoda que siempre va a su lado.

“A mi hermano le decían Gilligan porque caminaba igual que el personaje de la serie, así todo raro y simpático”, cuenta José.

El policía retirado se refiere a la serie que emitió la CBS entre 1964 y 1967, pero cuya popularidad hizo que se difundiera hasta los ’80. El personaje principal, Bob Denver, Gilligan, utilizaba un gorrito y caminaba de manera extravagante.

Soledad, sobrina del sargento, sonríe y agrega: “mi tío era un hombre que sabía mucho. Le gustaba mucho resolver crucigramas y cada vez que venía a casa, más allá de leer el diario le gustaba agarrar algún tomo de la enciclopedia que nosotros teníamos y se ponía a leer”.

José y Néstor eran muy unidos y ambos habían seguido la carrera policial porque su padre había sido integrante de la fuerza. La vocación de servicio ya la habían adquirido desde chicos.

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Noche trágica

Néstor había trabajado mucho tiempo en la Comisaría segunda donde se encargaba de hacer notificaciones en la jurisdicción que, en ese tiempo, en muchas oportunidades, los policías solían hacer a pie a falta de móvil.

Al destacamento del barrio Don Bosco III recayó tras volver de una licencia médica por un problema de salud. El día que lo asesinaron le faltaba seis meses para retirarse de la Policía después de más de 20 años en servicio.

A la hora de hablar de la noche en que mataron a su hermano, José se pone muy serio y hace una mueca para evitar quebrarse. En su memoria los recuerdos fluyen con una claridad tal que parecieran estar ocurriendo todo en ese instante y el dolor está a flor de piel.

Tras ese breve, pero profundo silencio arranca: “esa noche (la de 15 y madrugada del 16) él le había pedido permiso a su jefe para hacer un adicional, lo que a los policías nos permitía hacer un dinero extra, pero le dijo que no y lo mandó a cubrir la guardia del destacamento”, detalló José que es consiente, a la distancia, que cualquiera fuera el policía que le hubiese tocado trabajar esa noche en el destacamento, los delincuentes lo iban a asesinar. “Lamentablemente, le tocó a mi hermano”, remató.

“A mí esa noche me había tocado trabajar, yo estaba en la sede que tenía Tránsito en calle Alderete donde supo estar Vialidad. Lo llamé por teléfono (fijo) tipo 4:30 y él estaba haciendo un crucigrama y estuvimos charlando un rato porque estaba todo muy tranquilo. En un momento me dice ‘te llamo en un rato por viene gente’ y cortó”, recordó José.

En cuestión de minutos, José comenzó a escuchar por la radio policial que se requería ambulancia para el destacamento del Don Bosco, que había un policía herido y salían móviles en apoyo para el lugar.

“Yo comencé a llamar al destacamento y nadie me atendía. Así que llamé al Comando y pedí que me dijeran qué pasaba y me decían que no me podían informar y que había un procedimiento en el destacamento. Hasta que me calenté y les dije: ‘el que está en el destacamento es mi hermano y quiero saber qué pasó’. Fue ahí cuando me dijeron que lo habían herido y que estaba siendo trasladado al hospital”, explicó el policía.

“Ahí nomás le dije a un guardia que se quedara a cargo que yo iba al hospital a ver a mi hermano y me fui corriendo hasta la guardia del Castro Rendón”, detalló el sargento retirado.

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“Lo vi morir”

Con el uniforme puesto no le fue difícil pasar los pocos controles que tenía el hospital en ese entonces, incluso el policía de consigna lo dejó ingresar a la guardia donde los médicos intentaban estabilizar a Néstor a quien el proyectil le había atravesado la cabeza, ingresando por a la altura de la sien derecha y saliendo por el lado izquierdo de la nuca.

“Cuando me vio el médico me dijo que saliera que no podía estar ahí y yo le dije ‘es mi hermano’ y el doctor me pidió que entregara el arma y me limité a decirle ‘solo cuando me retire de la policía’”, confió José.

La escena que vio y vivió fue terrible por todos lados. Néstor se desangraba y se estaba muriendo mientras los médicos de manera desesperada trataban de frenar el sangrado y salvarlo.

“Mi tío lo miró a mi papá y trataba de hablarle para decirle el nombre del asesino, pero se ahogaba en sangre”, confió Soledad mientras José fijaba los ojos en un pequeño retrato de su hermano que está sobre la mesa. “Yo lo vi morir ahí. Fue terrible”, resumió sin levantar la vista del retrato.

Soledad toma la posta de la charla y cuenta: “Esa noche cuando papá volvió a casa pegó un grito tan desgarrador que hasta el día de hoy lo recuerdo. En cada acto en memoria de mi tío cuando tocan el clarín para el minuto de silencio recuerdo ese grito de mi papá”, explicó sumamente emocionada.

La mañana de ese 16 de agosto, sin dormir, José se tuvo que encargar de todos los trámites burocráticos que conlleva la muerte de un ser querido y que hay que hacer de todas formas pese al dolor, la angustia y el cansancio.

Juicio e impunidad

Para José, que llevaba más de 20 años en la Policía por ese entonces, todos sabían donde estaba la “covacha” de los delincuentes e incluso la propia fuerza sabía quienes eran y cómo se manejaban. Una vez que los detuvieron hubo que esperar casi dos años para que la causa llegara a juicio tras un largo proceso de instrucción.

Había siete jóvenes detenidos y todo hacía prever que recaerían sendas condenas sobre ellos, pero el juicio tuvo un giro casi inesperado para la familia Sepúlveda y el sabor amargo de la impunidad todavía está presente.

“Se hicieron muchas cosas mal en el caso de mi hermano. La investigación fue mala y por eso quedó impune. Al final, en el juicio terminaron discutiendo mas por una serie de robos que tenían alguno de esos delincuentes y no del crimen de mi hermano”, dijo con amargura José.

La Cámara Criminal Segunda, en su sentencia, dejó en claro que la fiscalía no había podido poner en la escena del crimen a ninguno de los acusados, pero que sí había existido una conjura previa para matar y robar el arma del policía.

David “Pichu” Aravena (18) y Marcos “Caco” Figueroa (20) fueron condenados en carácter de cómplices penalmente responsables por el delito de homicidio criminis causa y robo. Aravena recibió 15 años de prisión y Figueroa, que ya arrastraba condenas anteriores, se le sumó un robo y le dictaron 15 años y 6 meses de prisión.

Los otros cinco acusados salieron en libertad, algunos de ellos con condenas en suspenso por diferentes robos. Pero nadie resultó responsable del crimen del sargento Néstor Sepúlveda.

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Descenso al infierno

Todo el dolor, angustia e impunidad por el crimen de Néstor, provocaron que José tuviera un descenso a sus propios infiernos y buscó refugio “en la bebida blanca” durante un periodo. “Gracias a mi familia y mis yernos y un médico muy humano pude salir adelante. Una vez recuperado, el médico me propuso dar algunas charlas a partir de mi experiencia para ayudar a otras personas que hoy en día, cuando me las encuentro, me agradecen por haberlos ayudado a salir adelante”, cuenta orgulloso José porque logró superar sus demonios.

A partir de ahí, y ya trabajando en el taller de la Policía, vio distintas situaciones que rozaban la corrupción de parte de algunos jefes y en una charla al sol de la playa de calle Richieri con un integrante del área administrativa vio que podía tomarse los tres meses de gracia que se otorgan al cumplir 22 años de servicio más un par de licencias acumuladas y estuvo prácticamente un año sin trabajar periodo en el que puso un puesto de canillita y distribuía diario.

Después de eso se retiró de la Policía con el grado de sargento ayudante.

Homenaje a Gilligan

José junto a su familia, se encargaron desde un primer momento de tomar la posta de realizar todos los 16 de agosto el homenaje a su hermano en el monolito que se levantó en el destacamento del barrio Don Bosco III.

“Yo no le pido plata ni recursos a nadie. Voy una semana antes y restauro, pinto y limpio la placa de mi hermano y después aviso a Prensa y Difusión de la Policía que el 16 vamos a hacer el acto de homenaje. El año pasado fueron todos los jefes de las comisarías y todo el personal que esta disponible y puede porque es horario de trabajo y tienen que cumplir con sus tareas”, aclaró José.

“En uno de los últimos actos -recordó Soledad- uno de los presuntos autores que ya recuperó la libertad estaba parado en el portón de su casa y miraba de manera sobradora. Eso nos dio mucha indignación”.

A la fecha, el crimen impune de Néstor “Gilligan” Sepúlveda sigue siendo una piedra en el zapato de la Policía y la Justicia.

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