Medio siglo quitando manchas a la ropa de los neuquinos

René Cuevas. Es el último tintorero artesanal que queda en la ciudad.

Nacido en Covunco Abajo, aprendió el oficio a los 18 años de la mano de los japoneses que arribaron al Alto Valle y abrieron tintorerías en la ciudad.

Luego de trabajar como empleado en otras tintorerías artesanales, en 1980 abrió la suya, hoy en la calle Linares.

PABLO MONTANARO
montanarop@lmneuquen.com.ar

NEUQUÉN
"Tintorero no es sólo lavar y planchar ropa, hay un montón de magia que ocurre dentro de una tintorería; hay que saber combinar productos químicos, que ahora vienen en preparados listos para ser utilizados, pero antes el ojímetro del tintorero era fundamental para que las prendas quedaran bien". Con estas palabras, que reflejan orgullo de hijo, Walter Cuevas presenta a su padre, René, el último tintorero artesanal que queda en la ciudad de Neuquén.

Con 50 años de oficio, René sigue atendiendo con una amplia y sincera sonrisa o alguna ocurrencia a su vasta clientela con el mismo entusiasmo con que lo hacía en las distintas tintorerías en las que fue aprendiendo de los maestros japoneses que se radicaron a mediados del siglo XX en el Alto Valle.

Pero antes de convertirse en tintorero, este hombre de 68 años recuerda las dificultades y limitaciones que transitó junto a sus padres y 16 hermanos. "Nací en Covunco Abajo, mis padres eran arrieros e iban a la cordillera para la veranada. Allí la vida era muy dura", comenta detrás del mostrador de la tintorería Paimún, sobre la calle Linares, frente a la cancha de Pacífico.

Buscando un presente más promisorio para una familia numerosa, el padre de René ingresó a trabajar como peón en el ferrocarril, en la época del Trasandino. Por eso se trasladaron a Cutral Co y finalmente arribaron a Neuquén, donde René hizo la primaria en una escuela del barrio La Sirena. Las necesidades y el vivir al día con muy poco no le permitieron pensar en qué quería hacer cuando fuera grande. "No teníamos la posibilidad de decir, por ejemplo, 'cuando sea grande voy a ser doctor'. Vivíamos como podíamos", cuenta.

Recuerda que en pleno invierno se iba a la barda a quemar leña en tarros de aceite de 20 kilos. "Era nuestra calefacción para pasar la noche. La vieja se levantaba a las 2 o 3 de la mañana a mover el carro", describe conmovido.

Apenas terminó cuarto grado y con 10 años, comenzó a trabajar: vendió diarios, lustró zapatos, cosechó frutas y verduras, cortó maderas en aserraderos y alguno más que algún otro oficio .

Un día puso la ñata sobre el vidrio de una tintorería de una familia japonesa que estaba en la calle San Martín casi Jujuy. Especialmente le llamó la atención la forma que tenían de planchar los sombreros, que en aquel tiempo se usaba mucho. Tenía 14 años y se dio cuenta de que estaba frente a su destino, a su forma de ganarse la vida. Unos días después, un amigo le comentó que un tintorero japonés necesitaba un lavandero. "Me presenté en la tintorería de Arakaki y de inmediato quedé. Comencé lavando y a los tres o cuatro meses ya sabía planchar", indica.

Confiesa que se cansó de planchar pilotos y de inmediato explica cómo hacía: "Después de engomarlo con un producto especial parecido al tragacanto, y lavarlo con agua caliente, quedaba arrugado y después con el vapor de la plancha se estiraba y quedaba perfecto". Mientras recrea esos momentos, recuerda los olores de los solventes que usaba.

Tengo clientes de 90 años y jóvenes cuyos abuelos me traían su ropa. Es muy emocionante sentir esa confianza".

Arakaki había llegado a Neuquén proveniente de Japón y le enseñó el oficio a René. Explica que no se aprendía de un día para otro, y por eso cada vez que dejaban una plancha libre la agarraba, y así fue aprendiendo.

No sólo desplegó el arte por el lavado y planchado en Japonesa sino también en la tintorería Central de Tamburri.

De su relación con los japoneses, destaca que "eran muy buenas personas, uno se iba acostumbrando a su idioma. Vivía y comía con ellos. Exigían que uno fuera perfeccionista porque en esos años la ropa era más delicada, mucha ropa de hilo, a diferencia de las que hay ahora".

Lamenta que los jóvenes no quieran aprender este oficio. "Se queman un dedo y ya dicen que no les gusta", comenta sin ocultar la risa. Y agrega: "Se entiende, porque uno vivió con otras necesidades, uno se hacía a los garrotazos".

Asegura que a fin de año dejará su lugar a Leandro, su nieto. "Estoy cansado. Desde los 18 años que estoy planchando y lavando", dice.

Bajo la atenta mirada de su mujer Hilda Guzmán, René expresa su deseo de disfrutar más su tiempo.

"Quiero viajar, subirme a la camioneta y enfilar para la cordillera, que a mi mujer y a mí nos gusta mucho. Mis hijos ya son grandes, tienen su vida armada. Y nunca les faltó la ropa limpia y bien planchada", concluye con una sonrisa.

De pibe, CANILLITA
La aventura de vender en el tren

Con la misma pasión con la que se refiere a su oficio de tintorero, René Cuevas también le hace un lugar en sus recuerdos a aquellos viajes arriba del tren que unía Neuquén con Zapala con apenas 11 años.

A esa edad, a las 8 se subía al tren para vender diarios y revistas y regresaba recién pasadas las 20. "Como mi papá trabajaba en el ferrocarril, tenía el carnet de medio pase. Era toda una aventura, y por ahí algún pasajero te largaba algo para comer. No sé si ganaba guita, pero algo hacía y con eso ayudaba en mi casa".

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