Migración y memoria

Escuchar un acento extraño en la vida cotidiana plantea una suerte de bifurcación de los sentimientos: existen aquellos que se sienten víctimas de una invasión forzada y otros que ven en un rostro ajeno el esfuerzo que realizaron sus antepasados.

La presencia de un extranjero detrás de una caja registradora o atendiendo la mesa de un bar ofende a los que han perdido la memoria y ya no recuerdan el esfuerzo idéntico que hicieron sus abuelos o bisabuelos, cuando llegaron a una tierra promisoria sin otro capital que el puro tesón de sus manos vacías, y se esforzaron hasta el agotamiento en trabajos ingratos con el único fin de forjar una vida nueva. Recibir extranjeros de forma libre es cumplir con el preámbulo de nuestra Constitución Nacional y repetir el cobijo del pasado, pero también implica exponerse a una mayor competencia por un puesto de trabajo, una oportunidad de negocio o un servicio público.

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Los que se ofenden con la llegada de extranjeros se olvidan del esfuerzo idéntico que hicieron sus antepasados.

El verdadero desafío radica en aceptar esa competencia sin rencores y sin reclamos por prerrogativas de origen que nunca existieron. Los extranjeros que llegan a Neuquén confían en el slogan que la vende como una tierra de oportunidades y agradecen el trato de sus habitantes, porque aseguran que son más los que se conmueven por sus innumerables sacrificios que los que los se enojan y los mandan de regreso, como si, en Neuquén, la memoria de las migraciones pasadas estuviera más latente que en otras geografías.

O como si los neuquinos supieran que, en cualquier momento, ellos o sus hijos pueden necesitar buscarse una nueva vida por otros lares.

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