Misofonía: cuando sonidos mínimos son una tortura

Desde la respiración de otro hasta el clic de la lapicera.

Amsterdam.- Caminar por la ciudad un día de semana y en horario pico puede ser angustiante. Ruidos de bocinas, autos y hasta alguna que otra protesta pueden generar una sinfonía muy molesta capaz de alterarnos.

Pero hay otro tipo de sonidos que también pueden generarnos estrés, como el clic de una lapicera, el ligero golpeteo de unos dedos sobre la mesa, el chirrido de una tiza en un pizarrón o el ruido que hace alguien al masticar.

Se trata de sonidos que para el común de la gente podrían pasar desapercibidos, justamente porque su volumen no supera en decibeles al de una conversación, pero que tienen tanto o más poder de provocar ansiedad, disgusto y hasta ira que la alarma de un auto que suena sin parar en la puerta de nuestra casa.

Exceso: Un sonido que mida 10 decibeles más que otro significa que será 10 veces más intenso.

Esto es lo que los neurocientíficos estadounidenses Pawel y Margaret Jastreboff llamaron, hace 15 años, misofonía, y que recién en 2013 se clasificó como un desorden psiquiátrico.

Significa literalmente "odio al sonido", aunque cuando se trata de ruidos casi imperceptibles se lo conoce como síndrome de sensibilidad selectiva al sonido (SSS).

"Afecta de forma diferente a cada persona pero, en la mayoría de los casos, los sonidos que más molestan son los de otra gente comiendo o respirando", contó a BBC Mundo Guy Fitzmaurice, quien sufre de este trastorno y ha fundado la organización Misophonia UK.

"Las reacciones suelen ser enfado, rabia y ataques de pánico", asegura el especialista.

Más allá de estos acercamientos, aún no existe un consenso científico respecto de qué provoca este trastorno. Incluso a nivel mundial existen pocas instituciones que la consideran lo suficientemente importante como para realizar investigaciones empíricas.

Entre estos establecimientos está el Centro Médico Académico de Amsterdam, uno de los pocos que lo reconoce como enfermedad.

Decibel: Es la medida del sonido. Una conversación normal mide 60 decibeles y un susurro, 30.

"Para las personas que llegan al centro, los síntomas son tan severos que claramente les provocan sufrimiento. No pueden comer con otras personas, dormir con alguien más en la misma pieza o a veces ni siquiera pueden ir a trabajar. La misofonía tiene un efecto tan potente en ellos que comienzan a evitar ir a ciertos lugares, y eso sólo lo empeora", explica Arjan Schröder, psiquiatra del centro que estudia este trastorno como parte del espectro obsesivo-compulsivo y que detalla que usualmente comienza entre los 13 o 14 años.

Dadas las imprecisiones respecto de su origen, su tratamiento es casi experimental. En general se trabaja con diferentes técnicas que han sido empleadas por terapeutas cognitivos conductuales. ¿El objetivo? Enseñarles a los pacientes a desconectar los sonidos de las emociones negativas que cada uno de ellos evoca.

"Es totalmente necesario, porque lo que se hace es, básicamente, reprogramar sus cerebros", resume Schröder, mientras investiga en qué regiones del cerebro se producen estas reacciones para poder acercarse a una cura.

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