Los asesinatos del Lago Bodom
Entre la noche del sábado 4 y el domingo 5 de junio de 1960, a la vera del lago Bodom de Finlandia, ubicado a unos 20 kilómetros de Helsinki, tres adolescentes fueron asesinados de manera brutal. Todo comenzó cuando, varias horas antes, los amigos Seppo Boisman y Nils Gustaffson, de 18 años, llegaron junto a sus novias Tuulikki Mäki y Maili Björklund, de 15. Armaron sus carpas, sacaron algunas de las muchas botellas de bebidas alcohólicas que habían llevado para la ocasión y se pusieron a divertirse, rodeados de naturaleza.
Al día siguiente, temprano por la mañana, un lugareño que se disponía a disfrutar un día en el lago junto a sus hijos descubrió un escenario macabro. Una carpa derrumbada en la orilla. Sangre, mucha sangre. Y cuatro cuerpos quietos. Tirados en el suelo. Mutilados.
Cuando la Policía llegó al lugar, constató todo lo que el hombre les había notificado. Y más.
Seppo Boisman y Tuulikki Mäki estaban adentro de su carpa. Muertos. Habían sido apuñalados y golpeados con un objeto contundente.
Maili Bjöklund fue encontrada no adentro sino sobre su carpa, caída cerca de la orilla del agua. Su cadáver estaba desnudo de la cintura para abajo, y presentaba múltiples heridas de arma blanca. Muchas de ellas, según se determinaría después, habían sido realizadas post mórtem.
Finalmente, y cerca de su novia, Nils Gustaffson fue hallado tendido en el suelo. También había sido apuñalado y desfigurado a golpes. Tenía múltiples contusiones y fracturas en la mandíbula y varios huesos de la cara. Pero, a diferencia de los demás, todavía estaba vivo, aunque inconsciente. Había sufrido una conmoción cerebral.
Tras cuatro días de permanecer en coma, Gustaffson recuperó el conocimiento y pudo contar lo que recordaba del hecho. Prácticamente nada. Según su relato, del ataque ocurrido en plena madrugada cuando ya todos estaban dormidos, de lo único que se acordaba era del presunto agresor, a quien había llegado a entrever. Un hombre rubio, vestido de negro y rojo intenso.
La investigación de la masacre, mal llevada a cabo por la Policía local, que no acordonó la zona y corrompió la escena del triple crimen, tuvo a cuatro sospechosos. Uno de ellos era el propio Gustaffson, a quien se acusó de cometer el sanguinario acto movilizado por presuntos celos que su novia Maili le habría despertado esa noche (lo cual, de acuerdo a esa hipótesis, explicaría la saña con la que ella fue ultimada, mucho mayor a la aplicada en las restantes víctimas). Sin embargo, no hubo pruebas contundentes contra ninguno de los acusados.
Al día de hoy, los asesinatos del lago Bodom contnúan impunes y siguen despertando el interés de miles de personas alrededor del mundo. El mismo que le habrá despertado, allá por fines de la década de 1970, a los responsables de uno de los clásicos ineludibles del cine de terror: Martes 13 (Friday the 13th, 1980).
Si bien ninguno de ellos admitió haberse inspirado en ninguna matanza real para crear aquella película, que derivaría en una de las franquicias más icónicas y rentables del género, muchos son los que ven importantes similitudes entre el caso real que abordamos líneas atrás y aquel film y varias de sus secuelas. Un camping a la vera de un lago alejado. Adolescentes solos y con ganas de divertirse. Sangrientos crímenes cometidos de manera brutal. Un asesino misterioso, que nadie se veía venir. Sin dudas, varias son las coincidencias.
Con los años, la saga Martes 13 -que comenzó con (alerta spoiler) la señora Voorhees como villana para, luego, cederle la posta a su legendario hijo Jason, uno de los personajes más famosos del séptimo arte- desarrolló su propia mitología. Pero varias son las muestras de que los asesinatos del lago Bodom plantaron su semilla.
Danny Rolling, el “Destripador de Gainsville”
En agosto de 1990, un perverso y brutal “serial killer” aterrorizó a la ciudad universitaria de Gainsville, Florida, en Estados Unidos. Durante ese mes, cuatro chicas fueron abusadas sexualmente y asesinadas de manera sádica, y un joven fue ultimado a puñaladas.
Las dos primeras víctimas del, por entonces, misterioso criminal fueron dos amigas, Sonja Larson y Christina Powell, que compartían un departamento en las afueras del campus. Larson fue encontrada sin vida en su dormitorio, con una cinta adhesiva cubriéndole la boca y varias puñaladas en su torso. Powell fue hallada en su propia habitación, también amordazada con cinta. Además de presentar múltiples heridas de arma blanca en su espalda, y a diferencia de su compañera, a Christina le habían atado las manos, le habían tajeado la ropa y la habían violado. Lo que ambas víctimas compartían en la macabra escena del doble crimen fue la forma en que sus cadáveres fueron hallados. A ambos, el asesino los había hecho posar en posiciones sexualmente provocativas.
Al día siguiente, el misterioso asesino volvería a atacar y se ganaría su tristemente célebre apodo de “Destripador de Gainsville”. En esa ocasión, y según pudieron reconstruir los investigadores más tarde, a Christa Hoyt, de 18 años, primero la sometió e inmovilizó mediante una llave de asfixia. Luego, le cubrió la boca con cinta adhesiva y le ató las manos detrás de la espalda. La llevó a su dormitorio, le cortó la ropa y la violó. Después la apuñaló varias veces por atrás y, una vez que estuvo muerta, la dio vuelta y le abrió el abdomen desde el hueso púbico hasta el esternón. Más tarde, y no contento con lo que ya le había hecho, la decapitó y puso su cabeza sobre una estantería, de cara al cuerpo.
Las últimas dos víctimas del asesino perecerían dos días después. Los amigos y compañeros de departamento Tracy Paules y Manny Taboada, ambos de 23 años, fueron encontrados muertos por la Policía a las pocas horas de que los mataran. El varón fue hallado en la misma posición en la que había perdido la vida, apuñalado en su cuarto. Paules, en cambio, tuvo un final casi idéntico al del resto de las fallecidas. Su cadáver maniatado, amordazado y dispuesto en una pose sexualmente provocativa presentaba signos de abuso sexual y tres puñaladas en la espalda.
Pero estos cinco salvajes asesinatos no habían sido los únicos. Un año atrás, un triple crimen había conmocionado a la ciudad de Shreveport, Luisiana. Un hombre de 55 años llamado William Grisson, su hija Julie de 24 y el hijo de ésta, Sean, de tan solo 8, fueron encontrados muertos a puñaladas. Y no solo eso: el cadáver de la joven fue hallado en una posición sexual inquietante. Al notar la similitud de este caso con los sucedidos en el lapso de cinco días en Gainsville, la Policía de Luisiana se puso en contacto con la de la mencionada ciudad de Florida. Y le aportó el nombre de un sospechoso a quien tenían bajo la mira, pero que no podían encontrar: un hombre de 36 años llamado Danny Rolling.
Rápidamente, los investigadores se pusieron en marcha y, para su sorpresa, descubrieron que ese tal Rolling estaba preso en el estado desde el 7 de septiembre por un robo a un supermercado. Y cuando empezaron a investigarlo se dieron cuenta de que, por fin, habían dado con el maniático que estraban buscando. Su sangre coincidía con la de algunos restos presentes en todas las escenas de los crímenes, al mismo tiempo que se le encontraron herramientas que coincidían con las marcas encontradas en los domicilios en los que el autor de los asesinatos había irrumpido. Pero el hallazgo más importante y revelador fue otro: una serie de casetes, en los que se escuchaba la voz de Rolling haciendo alusión, entre otras cosas, a su sangriento raid.
Poco tiempo después, y mucho antes de la ejecución mediante inyección letal de Rolling en 2006, los crímenes del “Destripador de Gainsville” inspiraron a un joven e inexperto guionista que quería “pegarla” en Hollywood. Y vaya que lo hizo. Su nombre era Kevin Williamson y se convertiría nada más y nada menos que en el autor de Scream: Vigila Quién Llama (Scream, 1996), uno de los máximos hits de aquella década que, posteriormente, sería una franquicia explotada hasta el día de hoy. Una escuela secundaria en un pequeño pueblo. Adolescentes desprevenidos. Un misterioso asesino que irrumpe en sus casas para asesinarlos con un cuchillo y causar pánico en toda la comunidad. En fin, una fórmula verdaderamente exitosa, inspirada en uno de los casos reales más terroríficos de la historia de Estados Unidos.
Ed Gein, el “Carnicero de Plainfield”
Uno de los asesinos más célebres del mundo, no tanto por su número de víctimas ni manera de matar, sino por la atrocidad de sus actos. Porque Ed no solo mató a dos mujeres y es sospechoso de otros siete crímenes más: también, mutiló de una manera muy perversa a sus dos víctimas confirmadas y se dedicó a robar cadáveres de cementerios entre 1947 y 1957.
Cuando la Policía de Plainfield (en Wisconsin, Estados Unidos), llegó a la granja de Gein, uno de los sospechosos de la desaparición de Berenice Worden, dueña de una ferretería local, se encontró con una escena de terror. En el granero, los efectivos dieron con el cuerpo de la mujer. Estaba colgando, atado de los tobillos al techo. Desnudo. Con un tajo que le recorria todo el torso. Destripado. Decapitado.
Pero no fue lo único que encontraron. Adentro de la casa de Gein, había una verdadera colección del horror. Huesos y partes de cuerpos humanos. Un cesto de basura, tapizados de muebles, pantallas de lámparas, un corset, polainas y máscaras, todo hecho con piel humana. Ceniceros y recipientes fabricados a partir de cráneos de personas y muchas otras calaveras distribuidas por toda la propiedad. Un cinturón hecho con pezones de mujeres. Nueve vulvas adentro de una caja de zapatos. Cuatro narices. Un par de labios. Uñas femeninas. La cabeza y el corazón de Berenice Worden. El cráneo de Mary Hogan, su primera víctima confirmada. Otra máscara, hecha con la piel del rostro de Hogan.
Al ser interrogado, Gein les contó a los investigadores que los cadáveres que había manipulado a lo largo de su vida le hacían acordar a su madre, una mujer híper religiosa y severa que le había inculcado que las mujeres eran la fuente de todo pecado. También les dijo que planeaba fabricar un “traje de mujer” (es decir, hecho con piel de mujeres), con el objetivo de convertirse en su madre y comprobar qué se sentía, literalmente, “estar debajo de su piel”.
El caso de Ed Gein -quien fue juzgado, encontrado inimputable por demencia y confinado hasta su muerte en una institución mental- no solo conmocionó a la opinión pública del momento, sino que, también, dejó un profundo impacto en la cultura popular, que perdura hasta nuestros días. Tan escalofriantes fueron sus acciones que, además de dejar una huella indeleble en la memoria de Estados Unidos, fue, quizás, el asesino que más villanos del cine de terror inspiró.
Algunos de ellos son:
-Norman Bates: el asesino psicópata de, valga la redundancia, Psicosis (1960) fue inspirado directamente por Gein, según palabras del propio Robert Bloch, el autor de la novela adaptada a la pantalla grande por el gran Alfred Hitchcock, quien además vivía a pocos kilómetros de distancia de donde Ed cometió sus crímenes.
-Leatherface: el villano más icónico del clásico de clásicos El Loco de la Motosierra (The Texas Chain Saw Massacre, 1974) y sus posteriores secuelas, precuelas y desprendimientos es otro fuertemente basado en Gein, ya desde su nombre mismo: “Cara de Cuero”. Quienes hayan visto alguna película de esta franquicia, sabrán lo mucho que le gusta la piel humana y los cadáveres a este personaje.
-Buffalo Bill: el verdadero villano de El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1991) -aunque, por supuesto, menos recordado que el icónico Hanibal Lecter, interpretado por Anthony Hopkins- fue inspirado no en uno, sino en al menos tres asesinos seriales reales. Uno de ellos fue Ted Bundy, otro Ed Kemper, y el tercero, claro, fue Gein. De quien nos compete en estas líneas, los autores tomaron la aficición de Bill por vestirse con ropas fabricadas a partir de piel humana.
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