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La Mañana pandemia

Nacer y morir en tiempos de pandemia

Cómo se modificaron los hábitos y acciones en los momentos extremos de la vida con el coronavirus.

Por Mario Cippitelli - [email protected]

Una parejita espera ansiosa en la guardia del hospital. Ella está nerviosa. Él intenta calmarla y le acaricia la panza, que ya no da más de grande. En cuestión de horas (tal vez minutos) nacerá su primer hijo. Los dos jóvenes miran el movimiento que hay en el lugar. No es mucho. Está el personal mínimo y necesario que los asistirá.

Suena el teléfono y él contesta. Dice que no, que todavía no nació, que están esperando. El que llama es uno de los tantos familiares que no pudieron acompañarlos. En otro momento hubieran estado casi todos, inclusive los amigos. Pero ahora no; está prohibido.

Lejos de allí, otro hombre mira su teléfono. En la pantalla hay varios rostros que el programa Zoom administra y permite una comunicación entre todos. Podría tratarse de un home office que organizaron en el trabajo. Pero no es una charla colectiva común de rutina. Se trata de un velorio a la distancia por el fallecimiento de un amigo.

Desde hace un mes a esta parte, la cuarentena por la pandemia del coronavirus cambió radicalmente los hábitos de la gente, hasta los más sagrados como la celebración de una vida o la despedida frente a una muerte. Lejos quedaron los abrazos, los besos y el intercambio de lágrimas de emoción. Ahora todo lo cubre un velo de incertidumbre y temor. Y todo se hace con distancia social.

“La gente tiene miedo… en realidad, todos tenemos miedo”, asegura María Inés Martínez, jefa de Obstetricia del hospital Castro Rendón. Hasta hace poco, estaba acostumbrada a compartir estas celebraciones íntimas con gente desconocida, con decenas de mujeres que concurrían al centro de salud para tener a su bebé. Ahora lo sigue haciendo, pero bajo los estrictos protocolos que obliga la pandemia.

María Inés explica que a partir de las 37 semanas de embarazo el equipo comienza a dar las pautas de alarma a las futuras madres que vienen controlando la gestación desde el primer mes. Si tienen contracciones, pérdida de líquido o sangre, deben ir a la guardia tocoginecológica que está ubicada en el segundo piso del hospital. En el caso de que presenten fiebre o alguno de los síntomas del coronavirus, tienen que pasar primero por la guardia general donde se hacen las pruebas de COVID-19.

Si, en efecto, es una paciente común, los médicos le realizan un examen para luego decidir si queda en internación. Y lo hacen con medidas de seguridad que antes no se exigían: barbijo, antiparras, máscara facial. Es que el control a una mujer embarazada no se puede hacer a la distancia. Hay un contacto necesario e inevitable entre médico y paciente. Por eso los recaudos.

“Es medio chocante para las pacientes vernos tan disfrazados, pero tratamos de tranquilizarlas y hablarles. Es lógico: tienen miedo de parir en la pandemia”, reconoce.

Una vez que se decide la internación, la mujer será alojada en una sala de preparto. Podrá concurrir con su pareja o con quien ella haya elegido para acompañarla. Pero nada más que una persona.

Antes era común ver a los padres, abuelos y a un gran séquito familiar que hacía el aguante a la espera del nacimiento. En la sala de preparto, en los pasillos o en la vereda del hospital, era algo frecuente que se juntaran familiares y amigos ansiosos y expectantes. Pero el coronavirus cambió todo.

Finalmente, llegará el momento más esperado. Si se trata de un parto normal, podrá ingresar una sola persona que acompañará al reducido grupo de médicos y enfermeras que asistirán el nacimiento, porque en el hospital de Neuquén se viene implementando desde hace tiempo el “parto respetado”, es decir, más humanizado y tratando de que sea lo menos invasivo posible para la madre. Si es una cesárea programada, quedará la mujer sola con los médicos. Es otra de las medidas que se tomaron con los nuevos protocolos.

Cuando todo termine, la madre y su bebé permanecerán internados 48 horas en el hospital. Si se trató de una intervención quirúrgica, la estadía se extenderá un día más. Luego saldrán a enfrentar a este nuevo mundo atemorizado por la pandemia. Tampoco afuera habrá visitas masivas para conocer al nuevo integrante de la familia, ni se harán festejos. Es necesario respetar la cuarentena.

Esta escena se repetirá entre tres y cuatro veces por día, cifra que refleja la cantidad promedio de partos que se realizan en ese centro de salud.

Lágrimas virtuales

Durante siglos, los velorios fueron una ceremonia importante para cerrar el ciclo de vida de las personas y despedir a los seres queridos. Se dice que esta celebración tuvo su origen en la Edad Media, con el objetivo de constatar que las personas realmente hubieran fallecido, ya que en aquellas épocas eran comunes los envenenamientos que se producían por el contacto de los alimentos con el estaño, material con el que se fabricaban platos y recipientes. Esa combinación producía un estado de catalepsia que dejaba a la gente prácticamente sin signos vitales (al menos no perceptibles para la medicina de entonces) y, por este motivo, a través de este ritual se acompañaba al difunto hasta que se comprobara que efectivamente había fallecido. Podrá haber sido así o tal vez no, pero lo cierto es que esta práctica se extendió hasta la actualidad, aunque la pandemia por el coronavirus cambió los hábitos.

Lo comprobó el ingeniero neuquino Luis Agüero, pocos días atrás, cuando se enteró de la muerte del padre de un amigo.

Como tantas personas en el mundo, Luis integra un grupo de amistades a través de Whatsapp. Los integrantes, todos apasionados por la aviación, viven en distintas ciudades del país, se conocen hace al menos 20 años y hoy mantienen un contacto directo gracias a la maravilla de la tecnología.

Luis, que en su juventud fue piloto de planeador, se sorprendió el martes pasado cuando un amigo les informó sobre el fallecimiento de su padre y envió una invitación colectiva para participar del velorio a través de Zoom, una aplicación que sirve para que varias personas a la vez puedan comunicarse y verse y que ahora, en tiempos de pandemia, es muy utilizada para hacer reuniones de trabajo en las empresas.

El hombre fallecido era un vicecomodoro de la Fuerza Aérea Argentina, héroe de Malvinas y muy querido en el grupo. Es más, con muchos de los integrantes había compartido vuelos, historias y miles de anécdotas.

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La noticia conmocionó a todos los amigos, pero los sorprendió aún más cuando a las 14:30 (la hora de la cita) abrieron la aplicación Zoom para asistir a la ceremonia. En las pantallas de los celulares y las computadoras podían apreciarse los rostros de cada uno de los integrantes del grupo. En una imagen principal se veía un ataúd con los restos del hombre con el informe, la bandera argentina, el sable y la gorra de aviador. La despedida religiosa se estaba realizando en una pequeña capilla de Buenos Aires con apenas un puñado de familiares, quienes de a uno comenzaron a pronunciar palabras de despedida en medio del silencio virtual. Un hijo del hombre fallecido también envió un sentido mensaje desde Brasil, país donde vive.

“Fueron momentos emotivos como los que se viven en todos los velorios; fue una situación realmente atípica”, reconoció Luis.

En efecto, fue una circunstancia extraña ya que en ese momento cada uno de los amigos estaba en su rutina cotidiana. Algunos trabajando desde su casa, otros atendiendo a la familia. En definitiva, todas acciones domésticas que tuvieron que interrumpir porque comenzaba un sentido responso por un hombre que había fallecido.

Y como suele ocurrir en este tipo de ceremonias, siempre sucede algo inesperado que contrasta el clima que se está viviendo. En este caso, el protagonista fue uno de los amigos que no suele participar activamente en el grupo y que no había leído los mensajes anteriores donde se informaba lo ocurrido. Así, apenas vio la invitación de Zoom se conectó y lanzó un efusivo mensaje pensando que la convocatoria era para pasar un buen rato: “¡Hola, grupo! ¡Saludos desde Paraná!”, dijo, mientras su rostro aparecía sonriente en medio de todas las pantallas. Ante el silencio de los presentes y al ver las imágenes del velorio con el féretro, los deudos y la capilla, el despistado amigo se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y desapareció enseguida.

“Siempre pasan estas cosas, y todavía más si se trata de una ceremonia de estas características a la que no estábamos acostumbrados”, asegura Luis.

La despedida fue breve y transcurrió sin mayores sobresaltos. Algunos integrantes del grupo escribieron un mensaje o dijeron algunas palabras para saludar a su amigo; otros acompañaron en silencio hasta que finalmente el velorio terminó y cada uno retomó su rutina.

Despedir a un ser querido en un velorio virtual que se organiza a través de teléfonos y computadoras. Parir casi en soledad en un hospital blindado por temor al contagio de algo que no se ve, pero que está azotando al planeta.

El coronavirus está cambiando hábitos y culturas de toda la humanidad y también está estableciendo protocolos de actuación que hasta hace dos meses eran impensados. Son nuevas reglas a las que habrá que acostumbrarse porque el mundo es otro. Y porque hoy se abren inéditos desafíos hasta para nacer y morir en tiempos de pandemia.

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